ESCRIBE: Jorge Najar

En una de las librerías más notables del Barrio Latino, L’ecume des pages, a fines del mes de mayo del 2026, la editorial francesa Arpents du Sud, presentó la más reciente creación de Irma del Águila: La isla de Fushía. Una obra insólita dentro del contexto de la literatura peruana. Insólita porque juega en paralelo con un personaje creado por Vargas Llosa, pero para trascenderlo con la metáfora de la isla, un espacio donde buscan armonía la bárbara ralidad y la ficción. Insólita porque desde la mirada y la conciencia de una mujer madura y moderna, la escritora pone en escena los recuerdos de una niña, en Moyobamba, en la casa de su abuela -pariente de uno de los feroces caucheros que provocaron el primer genocidio de “los paganos”, es decir los oborígnes, a inicios del siglo XX. Esta niña evoluciona hacia el periodismo, y con el correr del tiempo Cristina emprende, como una profesional del género, una pesquisa en torno a los usos y costumbres de uno de los personajes más crueles de La Casa Verde.

¿Y qué descubre? Su creación -combinación de reportaje y ficción- evoluciona por los hilos de ese deslinde y su confrontación con la realidad.

En la citada presentación parisina, entre explicaciones sobre el entramado, los personajes reales y ficticios, la autora sostuvo además que en la Amazonía aún no se había investigado lo suficiente sobre los estragos engendrados durante el período cauchero. No era una afirmación lanzada al desgaire. No estaba pasando por alto la existencia de El Libro Azul del Juez Valcárcel, los trabajos de Alberto Chirif, el libro de Manuel Cornejo, el del argentino Ovidio, la literatura de Miguel Donayre, la trilogía del caucho integrada por «Relatos de caucho y oscuridad» de Paco Bardales, «La casa de las fronteras» de Gerald Rodríguez y «Época del caucho – retratos del horror» de Percy Vílchez Vela. Sin dejar de citar los libros colombianos que hablan sobre el caucho peruano. Conviene recordar además que la Editorial Tierra Nueva de Iquitos ha publicado más libros sobre el período cauchero que nadie en la historia de nuestra literatura. Así y todo, también hay que señalar que faltan algunas investigaciones, pero gran parte de lo que se debió conocer ya se sabe.

¿Por qué entonces Irma del Águila lanzó esa afirmación?

Los estragos del holocaustro cauchero en la Amazonía peruana siguen siendo un tema que intriga y cautiva. Falta tal vez penetrar más en el caso de Fitzcarrald. Sin olvidar que Santos Granero publicó un libro muy interesante sobre su sucesor, Tasorentsi, el ashaninka que esclavizó a sus hermanos para la extracción del caucho. Un ashaninka cauchero, esclavista de sus hermanos, y ellos felices de ser esclavos de un indio y no de un blanco. Novelesco.

Una vez leída la novela La isla de Fushía el lector comprende que los aportes de Irma del Águila van por el lado de la vida de las mujeres en la época del caucho, tanto de las mujeres de las urbes como de las ribereñas. Y en efecto, ese aspcto de la tragedia humana durante dicho “esplendor”, no se ha investigado hasta ahora lo suficiente.

La fusión de los tiempos, escenarios y personajes hacen que La isla de Fushía trascienda las marcas de una novela más sobre la explotación cauchera. Es mucho más que una historia del caucho; es también el análisis del rol del periodismo en medio de ese pandemonio. Es una obra en la que el lector consigue visualizar la confrontación de estrategias entre la prepotencia de los grandes patrones caucheros y la de los agentes políticos-administrativos, así como las responsabilidades de los periodistas.

En la abundancia de publicaciones sobre el período cauchero, he de señalar que no había leído antes nada semejante. En la creación de Irma del Águila se entrelaza la violencia amazónica ejercida entre peruanos contra los pueblos originarios del país. Con todo ese material la autora consigue organizar y poner en marcha una maquinaria de fusión de acontecimientos históricos, antropológicos y geográficos con escenarios, historias de vidas y desarrollo de pasiones de naturaleza varias. Estamos ante la fusión de los distintos tiempos de los múltiples acontecimientos que en la novela convergen. La fusión geográfica. La fusión cultural. Y el lector que se confronta con todo eso, de pronto, ingresa a otro mundo: el mundo de la ficción engendrado por la efervescencia verbal.

¿Y qué descubre en el develamiento de ese aspecto de la realidad? Que la crueldad del cauchero Fushía tiene fisuras. Y que dentro de esas fisuras se esconde el alma no solo de un ser perverso, sino también de un amante de la belleza de la mujer aborigen. También que en la crueldad que lo consume se esconde un coleccionista de la impresionante orquídea Cattleya y su vibrante mezcla de colores cálidos que van del amarillo al fucsia intenso. Belleza exótica que aquí simboliza elegancia y pasión, una joya viva de la naturaleza. Y él es un apasionado de esa belleza.

La Isla de Fushía recicla toda la información hasta ahora conocida y aporta una visión contemporánea del mestizaje en la región; lejos de la desactualizada separación entre indígenas y colonos, lejos de los mitos y leyendas engendrados por “el esplendor” del caucho; estamos también ante las secuelas de la estandarizacción de usos y costumbres de la juventud desesperada por los anhelos de la modernidad vía Internet, a pesar de las deficiencias del abastecimiento eléctrico en los pueblos que siguen olvidados de ese mínimo servicio en los rincones del bosque amazónico.

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