DILES QUE NO LOS MATEN
Por Gerald Rodríguez
Amanece en Loreto con una lentitud húmeda. El río no despierta porque ya estaba despierto desde antes que los niños. Bajo el techo de calamina de una escuela ribereña, una olla comienza a hervir mientras el aula se llena de voces pequeñas, mochilas gastadas y uniformes que traen todavía el olor de la canoa. En la Amazonía, llegar a clases es también una forma de resistencia. Algunos escolares han cruzado agua, barro, calor y mosquitos antes de sentarse frente a una pizarra. Llegan con hambre, pero no todos con el mismo hambre. Hay un hambre antiguo, visible en la talla baja, en la anemia, en el cansancio prematuro. Y hay otro hambre más reciente, menos comprendida, que se disfraza de abundancia: calorías baratas, galletas, panes dulces, bebidas azucaradas, productos fáciles de transportar, fáciles de repartir, fáciles de comer. Entre ambas se mueve la infancia loretana. No es una contradicción. Es la nueva geografía de la malnutrición. El Reporte de avances en salud en el marco del Acuerdo de Gobernabilidad de Loreto 2023–2026, elaborado por la Mesa de Concertación para la Lucha contra la Pobreza de Loreto, señala que la desnutrición crónica infantil continúa asociada a pobreza, inseguridad alimentaria, bajo consumo de alimentos proteicos, enfermedades respiratorias y diarreicas, limitado acceso a salud, educación, agua potable y saneamiento básico. No lo dice como metáfora, sino como una cadena de causas que se empujan unas a otras. En Loreto, la desnutrición no llega sola: llega con el agua contaminada, con la posta lejana, con la madre adolescente, con el río crecido, con la comida que no alcanza. La anemia tampoco abandona la escena. El mismo reporte advierte que, en 2023, la anemia en menores de tres años alcanzó el 58.1 %. Es decir, más de la mitad de los niños pequeños carga una falta invisible en la sangre. Pueden jugar, correr y reír, pero debajo de esa apariencia el cuerpo trabaja con menos hierro, con menos energía, con menos reserva para aprender y enfermar menos.
Pero en la otra orilla del mismo problema aparece el exceso de peso. El artículo científico de Pedro Francke, Gustavo Acosta y Diego Quispe, Efectos del Programa Nacional de Alimentación Escolar del Perú (Qali Warma) sobre el sobrepeso y la obesidad en niños de 36 a 59 meses, advierte que los programas de alimentación escolar, aunque nacen para combatir déficits nutricionales, pueden producir efectos no esperados cuando los alimentos entregados se suman a la dieta del hogar o cuando la modalidad favorece productos industrializados. La pregunta, entonces, ya no es solamente si el niño come. La pregunta es qué come, dónde lo come, qué reemplaza esa comida y qué costumbre deja instalada. Francke, Acosta y Quispe no miran Qali Warma como si fuera una sola cosa. Esa es una de las claves del estudio. No es igual entregar desayuno listo para consumir que entregar productos para preparar. No es igual una galleta fortificada que una comida cocinada. No es igual desayuno solo que desayuno más almuerzo. Según estos autores, la obesidad disminuye únicamente cuando el programa funciona como desayuno más almuerzo mediante productos para preparar. Allí, en esa diferencia técnica, casi administrativa, se esconde una diferencia humana: la distancia entre abrir una bolsa y encender una cocina. En la escuela ribereña, esa diferencia cabe en una olla. Cuando hay productos para preparar, alguien lava, corta, hierve, mezcla. La comida pasa por manos locales, por saberes domésticos, por una cocina que todavía reconoce el territorio. Cuando hay raciones listas, el alimento llega cerrado, sellado, repetido: pan dulce, galleta, barra, bebida. Sirve para resolver la urgencia logística, pero también puede enseñar al paladar infantil que lo industrial es normal, que lo dulce es cotidiano, que comer rápido es parte de la escuela. El estudio de Francke, Acosta y Quispe advierte precisamente ese riesgo: los panes dulces, las galletas y las barras de cereal presentes en las raciones listas para consumir se aproximan a la categoría de alimentos ultraprocesados. Y los ultraprocesados, cuando se vuelven costumbre, no sólo llenan el estómago; también educan el deseo. En Loreto conoce bien la paradoja de la abundancia frágil. Hay pescado, plátano, yuca, frutas, saberes culinarios, ríos cargados de vida. Pero también hay mercados lejanos, creciente y vaciante, comunidades aisladas, caminos que desaparecen con la lluvia, ingresos irregulares, agua insegura. La selva no es una despensa automática. También es distancia, precio, pérdida y estación.
El Instituto Nacional de Estadística e Informática, en Loreto: Enfermedades No Transmisibles y Transmisibles, 2023, muestra que el problema nutricional no se agota en la infancia. En la población de 15 años y más, el consumo de frutas y verduras es insuficiente, el sobrepeso aparece como factor de riesgo importante y el índice de masa corporal promedio anuncia una transición nutricional en marcha. Los niños no viven fuera de ese mundo. Comen dentro de hogares donde los adultos también están cambiando su dieta, su actividad física y su relación con el mercado. En una comunidad amazónica, la lonchera cuenta la historia del hogar. A veces trae masato, plátano, arroz, pescado seco. A veces trae galletas compradas en la bodega. A veces no trae nada. La intervención pública entra entonces como un segundo hogar alimentario. Puede corregir, acompañar, complementar. También puede deformar. Por eso Qali Warma no puede ser visto únicamente como reparto de alimentos. En Loreto, es una política que viaja por río. Depende de proveedores, comités escolares, madres que cocinan, docentes que supervisan, almacenes que resisten humedad, embarcaciones que llegan o no llegan. El alimento escolar es una promesa que debe cruzar la geografía. A veces llega como comida. A veces llega como paquete. A veces llega tarde. A veces se reparte entre hermanos. A veces se convierte en la única comida segura del día. Francke, Acosta y Quispe recuerdan, además, que el registro administrativo de un niño como beneficiario no equivale necesariamente al consumo real del alimento. Un niño puede figurar en el programa y no comer toda la ración; puede recibir el alimento y compartirlo; puede desayunar en casa y volver a desayunar en la escuela. Allí aparece una clave silenciosa: cuando el desayuno escolar no reemplaza nada, sino que se suma, el cuerpo recibe más energía. Si esa energía viene de productos densos en azúcar o harinas refinadas, el programa puede combatir el hambre de ayer y alimentar el riesgo de mañana. La obesidad infantil en Loreto no debe imaginarse como problema de exceso de riqueza. Muchas veces es la obesidad de la pobreza: alimentos baratos, llenadores, disponibles, publicitados, transportables. La pobreza no sólo adelgaza. También puede engordar. El Boletín Epidemiológico N.º 08 de la Dirección Regional de Salud Loreto recoge una alerta global difundida por la Organización Mundial de la Salud a partir de un estudio publicado en The Lancet: más de mil millones de personas vivían con obesidad en 2022, y desde 1990 la obesidad se ha multiplicado por cuatro entre niños y adolescentes. Esa cifra mundial parece lejana hasta que uno mira la bodega frente a la escuela, la bebida azucarada en la mano de un niño, la galleta que reemplaza al desayuno, el paquete que viaja mejor que la fruta.
La doble carga de la malnutrición no es una teoría lejana. Es la posibilidad de encontrar, en una misma aula, un niño con anemia y otro con exceso de peso; incluso un mismo niño puede haber sufrido desnutrición temprana y luego ganar peso de forma no saludable. El cuerpo guarda memoria. Primero aprende a ahorrar energía porque le faltó alimento; después, cuando llegan calorías rápidas, las almacena. La crónica termina donde empezó: en la olla. La cocinera mueve el cucharón y el vapor sube como una nube doméstica. Los niños hacen fila. Nadie habla de puntajes, regresiones ni desviaciones estándar. Nadie pronuncia “doble carga de la malnutrición”. Pero todo eso está allí, en el cucharón que reparte, en la bolsa que se abre, en el agua que se bebe, en el cuerpo que crece o no crece. La infancia loretana no necesita sólo comer más. Necesita comer mejor, enfermar menos, beber agua segura, moverse más, recuperar alimentos del territorio y recibir una alimentación escolar que no sea únicamente logística, sino cultura, salud y futuro. El desafío no es elegir entre combatir la desnutrición o prevenir la obesidad. El desafío es entender que hoy ambas viajan juntas, como dos pasajeros de la misma canoa, río abajo, hacia la escuela.







