ESCRIBE: Jorge Nájar

Desde la primera juventud he vivido con la idea de escribir una novela que al mismo tiempo se ilumine con las cosmogonías de los pueblos oriundos y cerrara con el ciclo de las aventuras rurales. No volver a encarcelar a los indios como las únicas víctimas de la explotación cauchera y del mundialismo económico. Trasladar a quienes habían concebido esos mundos originarios hacia la urbe era el gran desafío. En las calles, en los puertos, colegios y comercios de esas urbes calcinadas estaban los seres de carne y hueso cuyas aventuras cósmicas y terrenales, cómicas y trágicas, pintorescas y cotidianas, algunas veces excepcionales y en otras ruines. Y la vida de ellos era lo que yo pretendía recrear.

Lo he intentado varias veces.

Como se trata de un anhelo que he mantenido vivo a lo largo de mi vida, las gavetas de mi escritorio están llenas de esas historias. Algunas de ellas fueron publicadas no sin una acusada precipitación. Por eso la llegada a la primera edición de El árbol de Sodoma, la del 2007, ha estado marcada por varios hitos. Su antecedente visible más lejano ha sido Morir en La Pedrera, de 1990. Tras su relectura años más tarde, algo que sólo sé definir como insatisfacción me llevó hacia su reescritura. La retoqué tanto que incluso, en la edición de 1999 cambió de título: Nadie escucha el canto.

La materia de una y otra ha seguido siendo siempre la misma.

Entre tanto, en una edición que nunca llegó más allá de unos cuantos amigos de Pucallpa apareció Ángeles y diablos de Mayushín.

En el conjunto quedaba planteado el propósito, el escenario y los protagonistas de mis obsesiones.

Ese anhelo de no anclar las historias en el paisajismo vendría a ser con el correr del tiempo El Árbol de Sodoma. Atenazado por las “inminencias”, en la edición del 2007 el árbol resultó demasiado frondoso. Acababa de jubilarme y estaba bastante asustado sobre mi porvenir. El árbol tenía demasiadas fibras, muchas hojas, algunas plantas parásitas y, por lo mismo, ciertos frutos se volvieron invisibles. Aun así, dicha edición se ha agotado y yo he decidido corregir el tiro. La novela vuelve a su concepción primigenia, un tríptico habitado por la ambición de un retablo sagrado: Un Buick de alerones cromados, La Compañía del Alto Putumayo, Nadie escucha el canto.

El hilo que los une es el derrotero de un pintor amazónico que va y viene de Mayushín a Lima, de Lima a Europa. El otro hilo es la evolución de “La Musa” y “los Tigres”, desde la adolescencia hasta la inmersión de cada uno de ellos dentro de los engranajes de la corruptela institucional. Cada segmento, cada cuerpo, se puede leer independientemente. Pero el conjunto es el anhelo. En cada uno, el personaje masculino es el mismo. Y en cada uno el personaje femenino también. Pero en diferentes momentos de la existencia. Son seres que van mutando por los efectos de la vida. Van mutando ellos y los personajes que los rodean dentro de los escenarios en los que se mueven: Lima, Iquitos, Mayushín, Madrid y Barcelona.

El escenario principal es Mayushín, tierra colorada o tierra del diablo, si se quiere. Una urbe imaginada. La idea de inventar escenarios urbanos para los personajes de ficción me viene de Onetti y su Santa María. De García Marqués y su Macondo. O de Faulkner y su saga en el condado de Yokanapatawpa. Ciudades o espacios más o menos inventados para que dentro de ellos se despliegue el drama de los personajes.

Las mutaciones de los protagonistas van desde la adolescencia en la que algunos de ellos fueron miembros de un grupo de amigos, “Los Tigres” enamorados de la misma «Musa». Él es un pintor amazónico sumido en la bohemia de Lima. Él es un artista acusado de terrorista en los primeros años de la violencia que terminaría por desplegarse a lo largo de todo el país. Él es un peruano sumido en los trabajos oscuros de la inmigración en España. Ella es la hija de una antigua familia de caucheros. Ella es una estudiante de ciencias médicas en Lima. Ella es la amante de un traficante de droga.

Y de por medio también está la historia negra del incesto.

Un mundo revelador de la «realidad» amazónica.

En el fondo subyacen las diferentes versiones del sacamantecas y sus implicaciones en el sombrío caso del tráfico de niños.

En todo el conjunto resuena la voz del Yobe, es decir del maestro de ceremonias en los rituales shamánicos.

Todo estos componentes ya estaban en la versión anterior, pero como dije el árbol estaba demasiado frondoso.

He hecho arreglos para que todo se vuelva más visible. El trabajo de la forma, eso que a veces otorga la nitidez del diseño o los precipicios de las imágenes congeladas; eso que en ciertos caso concede nitidez a la melodía; eso que brinda nitidez en los colores. O eso espero. Los diablos del avernos nos libren de las gélidas catedrales.

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