Que se vayan todos

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Todos se quejan. Y una frase constante leo en todas partes: Que se vayan todos. ¿Todos? ¿Y quiénes se quedan? Los de siempre. Los que ayer fueron y ahora quieren seguir siendo. Los que siempre comen el pan antes que se queme en la puerta del horno. Los que siempre venden la harina con al levadura exacta para levantarse, literal, el país. A ver, hagamos una lista de quiénes se quedan.

La historia del Perú es eso. De los que se quedan y se van. Un cholo sano y sagrado, un chinito que con su “honradez, tecnología y trabajo” se paseaba en un tractorcito y “nos salvó” de la avalancha terrorista y recuperó la economía nacional. Luego de esa estabilización forzada con marcha de varios suyos que nunca eran nuestros volvimos a tropezar con la misma piedra y reelegimos a quien tenía el orgullo de ser peruano y, además, ser feliz, de haver nacido en esta hermosa tierra del sol. Y aquí en Loreto, en Iquitos, nos volvimos a alegrar porque se dio una segunda oportunidad a quien ahora dice que a la tercera va la vencida. Y la vida continúa.

Tuvimos de todo. Repasemos la historia reciente. Solo desde que formalizamos el retorno a la democracia. Ahí estaba el arquitecto Fernando Belaunde –que en su primer período tenía a un colaborador de nombre Pedro Pablo Kuczynski, en el segundo lo tuvo como ministro y cuando Alejandro Toledo triunfó con el discurso de la lucha por la democracia consiguió ser titular de Energía y Minas y Presidente del Consejo de Ministros- con plazas llenas y unas frases para la histeria. ¿Se acuerdan cómo se burlaban del fundador de Acción Popular con la afirmación que vivía en las nubes y las broncas intestinas entre un senador llamado Javier Alva Orlandini y otro, también senador, de nombre Manuel Ulloa Elías? ¿No recuerdan los inmemoriosos de toda la vida que un diputado de nombre Hugo Blanco Galdós pidió la vacancia presidencial por “incapacidad moral” del arquitecto y removió el gallinero?

No nos olvidemos del quinquenio de Ollanta Humala que llegó a la Presidencia bajo el lema maravilloso de “elegir entre el cáncer y el sida” y poco a poco nos fuimos dando cuenta que “el remedio era peor que la enfermedad”. Y ese presidente de bluejeans y camisa blanca estaba empeñado en demostrar que su antecesor había cometido delitos y hoy le han metido a prisión por semejante atrevimiento.

Repasemos los periódicos de ayer. Para algo deben servir. ¿O es que debemos quemar las hemerotecas donde está la confesión sincera del mayor empresario del país sobre la entrega de dinero para la campaña del presidente más joven que tuvo la casi bicentenaria República? Dirán: No olvides a Valentín Paniagua. Y respondo: no hay que olvidar el espacio-tiempo-histórico en que le tocó asumir la Presidencia y no confundamos un gobierno de transición. Así que releamos la historia y verán que, con variantes, son los mismos protagonistas de siempre. Hablando, no puede ser de otra forma, en nombre del pueblo. Mejor me voy, para asegurarme de estar en la lista de los que se van. Pero antes hay que mirar quiénes se quedan.

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