Madres: Pautearlo y putearlo

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Se ha escrito tanto sobre la madre que en verdad ya produce arcadas tanta hipocresía que, por estas festividades, se mezcla con huachafería. Y en tiempos de la postverdad y de los link ante las publicaciones más desenfadadas voy a rememorar textualmente lo que hace unos años reescribió Beto Ortiz: “Creo que mi madre fue siempre fiel a la infidelidad de mi padre y eligió la castidad. La castidad de mi madre era peor que la de una virgen, porque ella había conocido el placer durante unos meses y luego renunció a él para toda la vida”, escribió Reinaldo Arenas, desde su Cuba natal.

Bastaría con darnos una vueltita por el asilo de ancianos de Iquitos cualquier día y a cualquier hora para conocer las historias terribles de viejitas que sólo hablan de los abandonos más novelescos que han propiciado seres que fueron engendrados por esos seres. Que a veces pueden ser exagerados, por supuesto, pero en esencia narran las crueldades cometidas por quienes tenían la obligación de cuidarlas.

Bastaría con agazaparnos en las puertas de los bancos de la capital loretana los días de pago a cesantes y jubilados para comprobar que esos individuos que acompañan a las personas de la tercera edad con toda la paciencia del mundo no están allí por un acto de amor a la madre sino por los pocos soles que juntan esas señoras como consecuencia de casi toda una vida entregada a mantener a hijos holgazanes.

Podemos darnos una vueltita por los mercados de abastos de Isla Grande y veremos a la parentela cercana y lejana y a las vecinas más encorvadas que padecen al levantar la canasta mientras el hijo “ricavida” aún permanece en la cama a la espera que le sirvan el caldo bien caliente o el mingado bien endulzado para luego hacer la rutina de siempre. Escuchen cotidianamente las expresiones de esos hijos que ayudan a las mujeres en los centros de abastos y sabrán que el sufrimiento no se minimiza con un poema al estilo “mamita querida, mamita adorada”.

Vean “Philomena”, ese film extraído de la vida real, para que comprueben que en todos los pueblos detrás de una madre hay otra madre –la mayoría de veces la llamamos monja- que desgarra y conmueve y que los seres humanos estamos hechos para lo mejor, pero también para lo peor. Lean cualquier página de “La distancia que nos separa” de Renato Cisneros y verán en sus letras la vejación a las madres que es lugar común en todas las sociedades.

Finalmente, vean la televisión local y las redes sociales y se conmoverán por los mensajes “tiernos” de varias autoridades y políticos con ganas de ser elegidos que abrazan, recuerdan y pontifican hacia sus madres pero con la terrible e inescrupulosa intención de dar la sensación que son buenos/as hijos/as. Como si el amor que se profesa a las madres hay que pautearlo que es una palabra parecida a putearlo.

 

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