Bien, Mónica

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Cruzó los Andes con días de anticipación y lo preparó de tal forma -con la complicidad de mis hermanas y las suyas, además de los sobrinos más cautos- que la sorpresa sólo pude percibirla la noche del sábado cuando llegué a la casa de “la Trujillo” listo para esperar con mis hermanas las doce de la noche.

¿Cuál es el cumpleaños que celebré por primera vez? La verdad, verdad. El del año 1985 -el primero que pasé en Lima- cuando fueron hasta la capital de la República Carlos y Julia y mis hermanas para cantarle el feliz cumpleaños al huincho de la estirpe. Aún recuerdo el abrigo amarillo con gris con el que apagué las diecisiete velitas de ese invierno limeño. Y se comprenderá también que viniendo de una familia jaranera por el lado paterno y materno los cumpleaños son el motivo perfecto para dar rienda suelta a los altos instintos.

Como ese apego al baile y a la jarana es una herencia recibida y trasladada a los hijos que me mandó la vida se entenderá también que cuatro celebraciones anuales como que necesitan un tipo de parámetros. Requisitos, pues. Así que en diálogo con Mónica -quien proviene de una familia que tiene varios cantautores que mezclan muy bien la bohemia con la alcoholemia- y Daniela de Fátima y Maurilio llegamos al acuerdo que solo se celebran los onomásticos que sean múltiplos de cinco. Demás está decir que los cuatro hacemos las artimañas necesarias para buscar un orificio y celebrar como si fuera el último cumpleaños.

Pero los múltiplos de cinco tienen un escenario especial. Y mejor si se llega a las cinco décadas. Así que llegado el momento dije a Mónica que si se va celebrar que sea como ella mande. Ella entendió -amorosamente, como siempre- que esa era una licencia para no sólo celebrar a mi manera sino con sorpresa incluida.

Cruzó los Andes con días de anticipación y lo preparó de tal forma -con la complicidad de mis hermanas y las suyas, además de los sobrinos más cautos- que la sorpresa sólo pude percibirla la noche del sábado cuando llegué a la casa de “la Trujillo” listo para esperar con mis hermanas las doce de la noche. Sé que Mónica lo planeó todo. La música, la comida, los invitados, los licores y el rompe filas que toda celebración que se respete necesita.

Gracias a la vida, que me ha dado tanto. Y gracias a Julia Judith, la madre con la que me premió papá Dios y también premió a los seis hermanos, cinco de los cuales se reunieron aquella noche. Si la felicidad se puede probar en un baile, esa noche con “la bicileta” resumí los 50 calendarios que han pasado por mi existencia, de años bisiestos y de los otros. No es para gritar “soy feliz”, tampoco tampoco. Pero si tengo la posibilidad de -cinco días después de esa celebración- brindar con un café recordando esas horas maravillosas también quiero compartirlas con ustedes, lectores. Porque, como en el poema de Vallejo, esos momentos son como si la resaca de todo lo vivido (sufrido dice en Los heraldos negros) se empozara en el alma. Salud.

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