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Un pata cámara en mano, subido de peso y mofletudo, sale por las calles, callejas, jirones y pasajes de la gran ciudad a descubrir y preguntar quién es el escritor o escritora más famosa de la ciudad ¿estará escondido en su castillo de marfil?, ¿acaso los escribas están alejados del ruido urbano y escuchando su propia voz? Así con esa entrevista trata de tapar las críticas a su parcialidad política en las últimas justas electorales, comentan en los pasillos de la redacción. Algunos señalan que el reportaje  es una puñetera maniobra de distracción a la audiencia. Otros bisbisean es puro cinismo. En su recorrido entrevista a la gente de la calle de todos los perfiles, a tipos con pose intelectual, una pandillas de amigos punks y todos sentencian sin pestañear quien es el famoso sin tener en cuenta ningún criterio- se sabe que en la ciudad de cada diez personas ocho nunca van a leer un libro durante el año, pero opinan quien es el letraherido o letraherida de mayor relevancia ¿para qué es importante conocerlo o conocerla?, ¿es un plus a la literatura en esta ciudad que no se lee? Pero nadie da en la diana, es decir, el nombre que él quiere escuchar o excluir de los sanedrines literarios. No se amilana y sigue en su aventura de malmeter pero nadie le sigue el rollo, salvo sus turiferarios con rostros compungidos y resignados. Se detiene en un antiguo café, medita en voz alta y todo en directo sobre la situación crítica que vive la literatura. Era un café al que acudían gente de las letras pero hoy los parroquianos tienen otros lugares y rincones. El periodista con rostro ceñudo y mirando a la cámara profiere, señores y señoras, aquí no hay nadie de las letras, es un síntoma que a la ciudad le va mal. Antes estaba abarrotado de intelectuales, el pobre diablo y poco despabilado no se ha dado cuenta que los tiempos han cambiado que esos centros no existen, hay muchos centros en la ciudad. Se muestran en las imágenes a personas con sus preocupaciones cotidianas como la subida del recibo de la luz o del resultado del partido de fútbol del último fin de semana. Se coge la barbilla y dice en tono de reproche que ya no hay intelectuales de antes: estos eran los mandarines de la vida política ¿acaso con sus opiniones cambió la forma de hacer política? Se escucha desde fondo, una voz en off, corten, corten… es solo un relato de ficción.

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