ESCRIBE: Percy Vílchez Vela

* “En la obra del ilustre narrador peruano la fronda es una isla alejada del fracaso, distanciada de la frustración. Es otro Ribeyro el que fabula lejos de sus ámbitos habituales. La tentación de la victoria interrumpe su sólido pesimismo, sus acertadas descripciones del fracaso nacional. Es como si para él la maraña fuera un incentivo para el encuentro del paraíso descrito hace siglos por el licenciado Antonio de León Pinelo”.

La desconsolada poótica del fracaso, podría ser una abusiva síntesis de toda la obra cuentística de Julio Ramón Ribeyro. Los protagonistas de casi todos los 95 cuentos publicados hasta la fecha, evidencian biografías opacas, destinos grises, itinerarios afectados por frustraciones sin cuento. El triunfo es ajeno o desconocido en esa galería de perdedores, ese álbum de fracasados. Sin embargo, en ese manual de derrotados el escritor concibió dos cuentos que acaban bien. Ambos tienen filiación amazónica.

El primero de ellos es Fénix, perteneciente al libro Tres historias sublevantes, escrito en París hacia 1962. El cuento es bastante ambicioso y trata sobre un circo ambulante que recorre el territorio peruano, dando funciones, donde un número importante es la pelea entre un oso y Fénix. Toda la acción ocurre en una aldea selvática, situada a orillas del turbulento río Marañón. Allí sucede que el animal cae enfermo y el dueño del circo, Marcial Chacón, releva al oso y pelea con Fénix. Este entonces se cobra viejas y atrasadas deudas y acaba con el patrón. Luego, sintiéndose una fuerza poderosa, Fénix se interna triunfantemente en el bosque.

El segundo cuento es Las tres gracias, perteneciente al libro Relatos Santacrucinos y publicado en 1992. En un barrio burgués de Lima aparecieron, de pronto, tres muchachas hermosas que no se dieron con nadie. Eran como una isla en la capital peruana. No tenían un solo amigo o relación en el barrio, no recibían a nadie en su casa, no respondían a ningún piropo callejero ni aceptaban ningún abordaje. Eran realmente irreprochables, dice el narrador sobre ellas.

El aislamiento de esas bellezas desató el manual del chisme, la habladuría. Entonces se las declaró sensuales loretanas, ardientes selváticas, dedicadas a la mala vida, al comercio carnal. La putería vinculante, para nombrar a la mujer amazónica, hervía en las conversaciones callejeras, en las tertulias domésticas. Pero todo era suposición, ejercicio del machismo primitivo. Nada confirmó después las sospechas de los limeños.

Las tres criaturas vivían sus vidas sin hacer daño o perjuicio a nadie. Un momento impresionante en el cuento ejemplar ocurre cuando uno de los empecinados pretendientes se acercó a una de ellas con el afán de abordarla o conquistarla o levantarla. La referida leía en aquella plaza la novela Los hermanos Karamazov. y clausuró todo intento erótico del referido. Y luego las damas, sin protestar, soportaron el turbio asedio de los vanidosos machos, los donjuanes de tres por cuatro, los conquistadores de pacotilla. Al final del cuento nadie, ni siquiera un mequetrefe que estudió en Estados Unidos, que se lucía en un carro descapotable, que suponía ser un playboy y que se empecina en tocar el claxon y el timbre de la casa alquilada de las selváticas, logró ni siquiera un saludo de las esquivas loretanas. El cuento se acaba con la partida de las tres criaturas.

En la obra del ilustre narrador peruano la fronda es una isla alejada del fracaso, distanciada de la frustración. Es otro Ribeyro el que fabula lejos de sus ámbitos habituales. La tentación de la victoria interrumpe su sólido pesimismo, sus acertadas descripciones del fracaso nacional. Es como si para él la maraña fuera un incentivo para el encuentro del paraíso descrito hace siglos por el licenciado Antonio de León Pinelo.

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