En plena y ajetreada mudanza de esta primavera leía “Tombuctú” de Paul Auster, es una novela en que el mundo es visto con los ojos de un perro. Un can vagabundo que diferentes circunstancias va cambiando de dueños y de sueños. No era una vida fácil la de Mister Bones, así se llamaba el protagonista. Pero lo interesante es que se dio voz a un ser que lo tenemos al lado y pensamos que no tiene emociones. Hace un tiempo atrás también leía en esa misma dirección “El lamento del perezoso” de Sam Savage. Con esas experiencias narrativas me quedé reflexionando en il piccolo uficcio.. Seguro que hay más usos de la escritura bajo esa tesitura. En ese sentido, el mundo amazónico desde la lectura antropológica, el perspectivismo de Viveiros de Castro puede darnos mucha miga, claro, sin caer en ese plomizo antropologismo que inunda algunas cochas de la literatura amazónica de estos tiempos. Con estas cosas en la mochila he afrontado estos días la muerte de Bart, un amigo de Isla Grande, vivía en la casa de mi hermano. Confieso que me dio mucho dolor su partida, me quedé por unos segundos en blanco y derramé en silencio algunas lágrimas. Desde que lo conocí se produjo una empatía mutua. Era un Schnauzer de color gris, nervioso y algo gruñón, quizás por esto último habíamos coincidido. Mi hermano menor en casa era quien lideraba desde párvulos su apego a los perros seguido de mi hermana, creo que mi hermana ha incrementado su amor por ellos. Mis sobrinos y mi sobrina tenían un amor intermitente con Bart, lo digo desde lejos y pueda que yerre. De mi parte, trataba de generar cierta equidistancia o entregaba el cariño de manera gradual a los nuevos miembros de la familia. Recuerdo que nuestro primer perro fue atropellado por un camión en las calles de Isla Grande, dejándome cicatrices que hasta ahora duelen y por eso prefiero que el cariño sea paulatino. Pero la bonhomía de Bart quebró esa prudente distancia. Así desde que empezó nuestra amistad paseábamos por las calles de la isla de las iniquidades, como llama la poeta Ana Varela, a Isla Grande. Con él hice largas caminatas y en cada descanso le preguntaba cosas sobre la ínsula que poco entendía ¿cómo él había llegado a la isla desde tan lejos (su ADN genético estaba en Alemania)? Él se quedaba mirándome y hacía que mis preguntas se disolvieran como un azucarillo en el café, como reprochándome tú estás de paso y yo me quedo aquí, así que tranquilo. Recordaré siempre su mirada cuando lanzaba interrogantes en esa parte del trópico. Gracias, Bart por todo lo que nos diste. Caro amico, estarás en nuestra memoria.

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