¿Qué mal ha invadido esta tierra sin mal?

ESCRIBE: Jaime Vásquez Valcárcel
vasquezj2@hotmail.com

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Entre ríos y bosques, entre hombres y mujeres, entre caucho y petróleo, entre libros y libros, entre obispos y sacerdotes, entre recuerdos y afirmaciones, el autor intenta celebrar este aniversario de la ciudad de Iquitos no con pompas y platillos, sino con datos verificables, quizás un tanto desordenados, este artículo nos toca la dermis y la masa encefálica para resumir en un pedido a todos: elevemos la autoestima que solo así elevaremos nuestra condición de ciudadanos.

Por estas calles han paseado personajes vestidos con el mejor lino blanco y los bigotes más teñidos que recortados para demostrar que billetera siempre matará galán y que la bonanza económica siempre ahondará las diferencias sociales. Esta ciudad está hecha de ciudadanos. No solo es flora y fauna. Es naturaleza. Y ella está conformada por todos y todas.

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Esta ciudad, que no tiene fecha de fundación, que ha fracasado en todos los intentos por establecer un día en el año para celebrar su aniversario, es una de las más lindas del país. Con todas sus fealdades es la más linda. Con ese edificio inconcluso de diez pisos y que es un monumento a la pendejada eterna de la clase política limeña es la más hermosa del país. Con esa sede municipal que fue destruida ignorantemente y que hoy nos muestra con un centro de la ciudad sin encanto y descolorido es la más linda de la patria. Por su gente y por los que vinieron de otros lados en busca de El Dorado, en busca de una fortuna que les fue esquiva. Esta ciudad que dicen tiene una historia ligada a la Marina de Guerra del Perú ni siquiera puede establecer con exactitud la fecha en que llegaron los bergantines. Esta ciudad que con más temeridad afirma en el idioma madre que “tus hijos harán tu grandeza” no es más que la suma de proyectos abortados. Esta ciudad donde antes se podía comer con facilidad los jamones europeos antes que los jamones de la Costa y la Sierra hoy parece que no sabe a dónde mira. Esta ciudad que antes tenía colegios emblemáticos que fueron borrados por proyectos que los denominaron así como una manera de otorgarles la partida de defunción y por cuyos pasillos hoy se pasean alumnos y profesores que en su recorrido dan cuenta del deterioro de un sistema que se ha alejado del ser humano sigue teniendo ese encanto natural.

Y, claro, hemos sufrido un alcalde que ha pintado la ciudad con los colores de Breña como quien empreña a una adolescente para luego negarla en todos los idiomas. Hemos sufrido también un burgomaestre que se llevó unas pinturas del grande César Calvo sin saber que con eso se llevaba parte de nuestra alma, románticamente si quieren, pero se llevó algo de nosotros. Y nosotros, más pusilánimes que nunca, más complacientes que nunca, lo dejamos hacer y decir cuando lo correcto era impedírselo. Hemos tenido un alcalde que se ufanaba de ser descendiente de una estirpe que reclamaba solemnidades cuando lo que debía provocar no era más que arcadas porque amasó su fortuna humillando a los nuestros. No hablo de matanza porque la humillación fue lo que nos marcó la historia como pueblo del nunca jamás.

Esta ciudad, que albergó entre sus calles a extranjeros que luego fundaron un banco regional y que pertenecían a una clase empresarial que aspiraba no solo a acumular riqueza sino que se preocupaba por adquirir libros que luego obligaba a sus descendientes a leerlos, hoy está en busca de un empresariado que se muestra con clase. Por estas tierras han paseado su humanidad empresarios que no reclamaban incentivos tributarios para convertirse en evasores de impuestos, sino que apostaban por traer modernidad para sus fábricas hoy carece siquiera de un gremio sólido que lo represente. Por las calles sombreadas han caminado obispos que –a decir del libro biográfico de Avencio Villarejo, agustino él- eran mirados con desdén a tal punto que nadie los socorría al verlos tirados en el piso y llamaba a los clérigos despectivamente gallinazos también ha recibido entre sus arterias a sacerdotes que han evangelizado y predicado con el ejemplo, el bueno por supuesto. Por estas calles han paseado personajes vestidos con el mejor lino blanco y los bigotes más teñidos que recortados para demostrar que billetera siempre matará galán y que la bonanza económica siempre ahondará las diferencias sociales. Esta ciudad está hecha de ciudadanos. No solo es flora y fauna. Es naturaleza. Y ella está conformada por todos y todas. Y desde su fundación no supo a dónde mirar, por dónde crecer. Si por el norte o por el sur. Aunque dice la italiana Rafaella Carrá que para hacer bien el amor hay que venir al sur lo más probable es que terminemos mirando el norte.

Por eso los Iquito, con su idioma y todo, están en vías de desaparición y algunos españoles, similares a esos que nos trajeron de mala gana la Biblia, andaban más preocupados en los quelonios que en los seres humanos. Arrinconados como si fueran parias en un territorio que todos alaban, los Iquito como idioma y como raza están condenados a la desaparición a pesar que un pedagogo llamado Gabel Sotil y un escritor nacido en Panguana cuyo nombre es Percy Vílchez, se empeñan en defenderlos en su habla y en su autoestima. Morirán en el intento, qué duda cabe, pero la persistencia y sapiencia con que hacen su trabajo demuestra la inmortalidad de la estirpe, la perseverancia de los nuestros. El diccionario que uno promovió y el libro que el otro escribió debería ser parte de un plan lector regional que los maestros tendrían que incentivar y que las autoridades deberían promover hasta el último rincón de la tierra con o sin mal, pero tierra nuestra al fin y al cabo. Y eso de tierra, por si las moscas, está conformada por la flora, la fauna y los seres humanos. Todo incluyente, nada excluyente.

Cómo nos toca la realidad en este aniversario de la nada. Mal. Qué quieren que les diga. Que andamos en el mejor de los mundos. Que aquí están los mejores empresarios, los mejores promotores de la justicia social, los mejores administradores de los recursos que hoy llueven como brota el oro negro que provoca miles de danzas de petroleros. Y que los que protestan contra esa danza no es que desean que el terruño se convierta en el mejor lugar para vivir sino que pertenecen a esa manada de vividores que desprestigian cualquier lucha y se han profesionalizado en tender la mano para esconderla después no de lanzar piedras sino de recibir “monedas que dan los blancos” como cantaría más hipócrita que nunca un tal cholo Berrocal. Pero el pesimismo no nos invade. Hay razones para pensar que habrá días mejores. Ejemplos, ejemplos pide el respetable. Solo uno donde se mezcla lo individual y colectivo. El proyecto “Vistámonos de Iquitos” que, para variar, ha recibido poco apoyo de los empresarios y de los medios de comunicación y de un tipo que se sostiene en la mediocridad más notoria y que lleva en el pecho el logo del ente promotor de la cultura. Julio Guerrero es uno de los tantos flacos que ha parido esa institución llamada “La Restinga” y que junto a otros y otras más flacos y flacas que él, ha preparado un proyecto donde a través del diseño y la vestimenta se intenta rescatar los monumentos que todo turista debe visitar. Así, entre línea y línea, podemos apreciar la belleza de la mujer loretana y el llamado vociferante para rescatar el patrimonio que se va como agua entre las manos. Son ocho diseños, yo los conozco y no tienen nada que ver con la canción de los orozco. En esos diseños se resume la personalidad de los Iquito. Porque a través de esos trajes ellos nos están diciendo aquí estamos. Tómennos en cuenta. No como un llamado nostálgico por el pasado que nunca volverá, sino como un pedido impostergable de sacarlos del anonimato. Lo que falta a esta ciudad es que todos nos vistamos de Iquitos. Compositores, arquitectos, ingenieros, empresarios, ambulantes, alumnos, padres de familia, escritores. Etcétera, etcétera. Hagamos que de esta tierra la verdadera casa del Dios del amor con el que algún día soñó musicalmente Raúl Vásquez y hay que sentir orgullo de haber nacido bajo el manto esplendoroso de este cielo más que tropical. Busquemos pájaros sin nombre que luego se conviertan en perlas de paraísos que algunos creen encontrar, añoremos aquello que el poeta describió como que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero no nos quedemos en eso, sino que rescatemos lo pretérito para levantar la autoestima de nuestra gente que es la única forma que han encontrado los pueblos para superar los dolores históricos. Sin autoestima no hay progreso que sea nuestra frase y veremos que el crecimiento económico será el sustento para mejores cosas. Que el chorro de petróleo no solo sirva para la estadística, sino para elevarnos como personas. Y cómo nos elevamos como personas. Ampliando nuestro humanismo a través de la lectura. Y lectura es lo que hemos dado a esta parcela donde nos invade el calor. A las pruebas nos remitimos.

Ni bien iniciado el año ya presentamos varios de ellos. “A diez días del paraíso” tiene que estar en la biblioteca personal de los oriundos, no solo como un reconocimiento al autor español, Javier Juárez, que tuvo a bien investigar a ese señor llamado Alfonso Graña y que fue reconocido como el rey de los jíbaros, sino porque con su trabajo nos regresa a un período cuestionado y esplendoroso donde en Iquitos, muchos años antes que llegara la Armada Peruana, se estrenaban hoteles, se recibían foráneos, se complacía a diplomáticos, con el mismo garbo de las mejores ciudades. “Resplandor” de Paco Bardales es un modo novedoso en la literatura amazónica de universalizar la escritura y un intento por alejarse –no por mala sino por estética- de las frases comunes que han prevalecido en los autores. “Fulgor de luciérnaga” es una obra de Miguel Donayre Pinedo que nos combina lo rural con lo urbano y novelescamente nos traslada a un territorio que de alguna forma todos detestamos y todos amamos con el añadido que con Miguel se inicia, y ojalá no se termine, una militancia de las letras. “Río Putumayo” es más que un homenaje póstumo a Jaime Vásquez Izquierdo, ese literato parcialmente homónimo de quien escribe estas líneas, que anduvo dedicado a escribir y que no fue publicado como debería. La nueva publicación de su obra lo inmortaliza quizás llegando a la eternidad. “La tierra con mal” del profesor Gerald Rodríguez, novel poeta que a decir de Percy Vílchez tiene un futuro por delante, redundancia que no es solo licencia de los poetas, sino que nos permite repetir esa primera frase “dime sin demora el secreto de tu ombligo” con que empieza el poema de la página 29 y que provoca leerlas completitas. Ojalá se convierta en un poeta completo con lo que nos permitirá decir a los editores: “la tierra se ha salvado”.