Estos días estivales no sé por qué razones no me encontraba motivado. Leía a ratos y escribía con mucha aflicción. El caos era de un peso preponderante durante el día, sentía que me hacía falta la rutina, a pesar que abomino contra ella. Soy una persona de horarios, que me cuesta salirme de ellos, pienso que después viene es el abismo. En mis largos soliloquios matutinos mientras camino, he encontrado que es una forma de motivarme, se me venía pensamientos sobre la vida, los años que pesan y pasan sin poder poner un dique de contención a su arrasador paso, valorando las decisiones que vamos tomando, los problemas cotidianos a los que nos enfrentamos y, sobre todo, pensaba en mis viejitos que son muy verracos y que están de un lado a otro del patio de aguas y que siempre están ahí cuando deben estar. Entre esas ideas al garbear recordaba que había leído una o dos reseñas de reciente libro publicado del escritor griego y sueco Theodor Kallifatides “Otra vida por vivir”, me gusta mucho que en la portada del libro se diga el nombre de quien hizo la traducción, en este caso era de Selma Ancira, del griego moderno decía, es un reconocimiento al muchas veces, incomprensible, trabajo de la traducción. Esos comentarios sobre el libro me empujaron ir a comprarlo. Desde que abrí la primera página no me despegué de él. Me encantó su estrategia narrativa que te envuelve y engulle como una dulce boa constrictora. Es un libro contado por un escritor mayor que en un momento de su vida se encontraba bloqueado y sus dudas razonables, el reconcomio era sí seguiría en este oficio de contar historias. Eran las circunstancias, él había escrito en sueco siendo griego y se sentía inseguro escribir en su propia lengua. Es inmigrante y convencido de los valores de la socialdemocracia y ve que todos estos valores de antaño se derrumban como que el Estado priorice la construcción de garajes a los de vivienda social o la xenofobia en ciertos corros políticos que enlodan la vida pública. En esos avatares de su vida junto a su mujer con quien envejece, es abuelo y con toda una vida hecha en Suecia, le llega una invitación de una profesora griega invitándolo a la inauguración de un colegio con su nombre, él acepta y viaja hasta su pueblo donde recibiría el homenaje en vivo – casi siempre los homenajes como estos son a escritores o escritoras ya fallecidas. Los párvulos del colegio había preparado la puesta en escena de una obra de Esquilo, que en su momento él la había representado. Ahí se produce ese mágico clic que le facilita la entrada a su lengua materna y le aleja de las seguridades al escribir, y cuenta la historia del libro en su lengua de origen. Es un bello libro que nos aparta del ensimismamiento estéril y rescata la importancia de la palabra hablada y escrita.

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