ESCRIBE: Jorge Nájar.

He aquí una de las aplicaciones más logradas del concepto y la materialización de la metáfora para abordar el problema de la violencia urbana: la mascota que nos cuenta su propia vida aventurera por los techos de Chorrillos y Breña, abriendo así el camino de esta estupenda novela urbana, es decir la configuración discursiva que provee el prisma desde el cual se reconstruye el drama de los personajes. Y desde ese ángulo, precisamente, vemos la vida de los jóvenes estudiantes en una sociedad sin posibilidades de desarrollo profesional. Asistimos también al drama del anhelo de escritura que degenera en prestación de servicios fotográficos en bodas y reuniones familiares. Y en el fondo de todo, el entorno socio político en el que se engendran los poetas obesos antes de “pasar a los actos”.

Felizmente la novela no quiso restringirse solo a la historia de una joven pareja junto al gato que adoptaron. No hay más ciudad está habitada por una ambición mayor. Claudia es presentada como estudiante de enfermería al tiempo que financia sus estudios exhibiendo las bondades de sus formas en un bar solo para hombres, y luego como una candidata más al exilio ante la asfixia socio profesional en la que se halla. Él, Germán, es un ser hundido en la rutina, un cineasta frustrado que trabaja en lo que antes despreciaba, a la espera del momento para comenzar a filmar en serio y hacer cine de verdad, un momento que nunca llega.

Detrás de esa desventura entra en acción el verdadero motor de esta novela; es decir, la necesidad de poner en situación, analizar los pasos, las circunstancias espacio temporales y los motivos que llevan al deseo de querer escribir. A entrar en escritura, como decía Barthes. Y en ese proceso el lector va descubriendo el medio familiar y social del estudiante degnerado en fotográfo y que a la hora de decidir qué hacer con su vida no sabe tomar las buenas decisiones.

En otro hilo vemos un incendio que consume una casa y sus habitantes, en Breña, en medio de la noche. Al interior, Esteban Grignoli muere junto con otras trece personas en plena celebración de su cumpleaños. Al otro lado de la ciudad, en Chorrillos, Héctor, la mascota abandonada, observa cómo la noticia de esa inmolación es presentada y deformada en los medios; situación que le lleva a reflexionar sobre el rol del periodismo en la pintura de la “realidad” y, claro, también en lo que ha sido su vida hasta ese momento: los días en Chorrillos, sus encuentros con Telma y Kurt, los tiempos felices vividos junto a Claudia y Germán, antes de la separación de ambos.

¿Cómo se fusiona todo eso en No hay más ciudad? La necesaria fusión de esos componentes encierra algo esencial para la narrativa de nuestros días. La reconstruccción de ese mundo inicialmente se centra en la pulsión o el deseo de escribir del personaje creado por Izquierdo Quea. El padre de Germán le ayuda a descubrir que la escritura significa muchas veces someterse enteramente a la mirada del otro, a la autocrítica y la censura. Pero pese a la tremenda advertencia, el deseo de escribir persiste. Pero ¿qué es exactamente lo que lleva a escribir? Al respecto, ha dicho Roland Barthes, que tal impulso es en realidad un «fantasma»; un fantasma como el deseo de estar a la altura de una o dos novelas entre miles. Un deseo de caprichosa emulación.

¿Qué hay detrás de No hay más ciudad? Quizá todo lo que el autor pudo tomar de la historia urbana de nuestra novela, es decir miserabilismo, la pintura de personajes opacos hundidos en la supervivencia como sea. Y desde esos socavones él vuelve a su tarea con la firme determinación de ver la vida a través de sus propios ojos. En la novela de Pancho Izquierdo no hay Asentamientos Humanos en confrontación con la pituquería de Barranco y Miraflores, fragmentos urbanos que se han convertido en lugares comunes dentro de nuestra narrativa. Tampoco hay regionalismos ni historicismo. Ni cholos contra blancos. Lo que sí hay es un evidente trabajo de escritura para metaforizar las confrontaciones entre los anhelos íntimos de individuos escapados de diferentes sectores sociales.

Se intuye que este lienzo ambiciona la pintura de un drama generacional. Para tal propósito, se puede uno imaginar que el autor ha comenzado con fragmentos que, junto a otros, luego se fusionan como unidades mínimas del tejido último gracias a la incorporación de pequeñas escenas como unidades intermediarias entre lo mínimo fragmentario y la novela en su integalidad.

Así pues, en No hay más ciudad, a partir de la anécdota inicial del gato techero que regresa mal herido a la casa de Chorrillos, se ingresa en la textura y en el matiz de los sentimientos que el manejo de la lengua ha puesto en acción. El problema no ha sido armar la trama, sino encontrar el tono del relato, el ritmo, la respiración del lenguaje, al tiempo que va presentándose ante los ojos del otro, el drama individual y social: el crimen colectivo en el que entran en acción Matsahide y Bautista, los poetas obesos, los mejores amigos de Germán. Los tres se conocieron en la Facultad de Letras de San Marcos, más precisamente en el afamado Taller de Poesía. Y los tres estaban convencidos de que escribirían en el futuro libros claves para la literatura peruana.

Unos años después, el trío pasa sus días en la cocina de Germán, obsesionados con la idea de que deben hacer algo para cambiar las cosas. Pasar a los actos, dicen. Ya no se trata de escribir, sino de engendrar algo más grande, más ambicioso. Un hecho que trascienda a la escritura y justifique la pulsión inicial, y junto a esa pulsión la urgencia de encontrar el tono, la voz y la frase como vehículo de todo ello.

La tarea de construcción para Pancho Izquierdo Quea ha sido hacer que se fusionen todos esos componente y que trabajen simultáneamente hasta cuajar en el lienzo de toda una generación amenazada por la espada de Damocles: pasar a los actos. El avance de la historia depende siempre del tono personal, del movimiento, de algo que pasa entre las palabras. Todo se puede ficcionalizar, sin olvidar que el personaje de la novela y su situación es la preocupación principal del relato. Y por ahí van los hilos hacia el cual uno dirige la mirada. Chorrillos, Breña, los poetas obesos, las frustraciones que muchas veces engendran los estudios universitarios, los nuevos roles sociales y psicológicos de la mujer en la sociedad de nuestros días. Y en medio de eso emerge la sociedad peruana y sus frustraciones. La supervivencia de una generación que se vio en la encrucijada de pasar a los actos como solución final a sus propios dramas.

Esa es la clave de No hay más ciudad. Lo enigmático, ha confesao Barthes, es el problema de las soldaduras y los montajes, las transiciones para obtener el efecto de la ficción, es decir un discurso que no pretende ser ni verdadero ni falso. En ese matiz indecible entre la verdad y la falsedad se juega todo el efecto de la ficción. Incluso podría argüirse que hay novelas que nacen del matiz y otras que nacen de las escenas; es decir, novelas que nacen de la textura y novelas que nacen de las ideas.

*Francisco Izquierdo Quea nació en Lima, Perú en 1980. Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Lima) y en la Université Sorbonne Nouvelle (París). Autor del libro de cuentos «Bonitas palabras» y codirector de la revista El Hablador (www.elhablador.com). El 2021 publicó la novela «No hay mas ciudad» para el sello editorial Animal de invierno. Ha realizado trabajos periodísticos y de edición para El Comercio, La Primera, Radio Programas del Perú, Radio France International, ESAN, y el Grupo Chaski; y de docencia en la Maison d’Éducation de la Légion d’Honneur y en la Université de Versailles. Actualmente es profesor de la Université Cergy-Paris.

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