Estos días hurgaba en ciertos libros de viajeros que habían pasado por la ciudad insular y dejaron testimonios a través de sus apostillas. Unos con más reconcomio, otros con más apegos. Por ejemplo, el viajero Aurelio Miro Quesada, de fina prosa y zahorí, se paseaba por la ciudad por los años treinta. Decía este amante extranjero: «Fuera del jirón Lima, que es el más importante por su animación y su comercio, las demás calles de Iquitos son tranquilas. Las casas comerciales o las residencias particulares que hay en ellas, llevan una vida sin ostentaciones y sin ruidos» Encuentra Miro Quesada una ciudad tranquila y poco ruidosa —me llamó la atención cuando señalaba que es poca ruidosa. Muy diferente a lo que hoy es la ciudad bullanguera hasta ensordecernos ¿Cómo ha cambiado tanto? La ciudad boom que vio Miro Quesada ha cambiado drásticamente por los pendulares ciclos económicos y con un magro Estado que no ha respondido a la altura de las circunstancias. También añadir que uno de los retos mayores del Estado peruano ha sido la construcción jurídica (fallida) del mismo en el palustre. La vasta área geográfica, la diversidad del paisaje humano, el frágil ecosistema, no ha sido suficientemente digerida por el actor o los actores estatales. Por eso se traduce en políticas equívocas donde paga pato la florestanía (la ciudadanía de la floresta) y el bosque. Lamentablemente, los que gobiernan han sido miopes con lo que ocurre en la ínsula. Un viajero medroso, como Javier Reverte, de este siglo, señalaba sobre la ciudad: «Es ruidosa, más pobre que antaño, bullanguera y nostálgica de su esplendoroso pasado. Y todavía sigue queriendo ser francesa». Un viajero de paso, como Reverte, puede darse el lujo de soltar mayúscula superficialidad. Tengo la sensación que le faltó sumergirse en el contexto. No creo que Isola Grande todavía quiere ser francesa ¿Lo fue alguna vez? Lo que uno advierte desde hace un buen tiempo, disculpen la franqueza, es que la ciudad está gobernada por ineptos que no han sabido leerla quedándose, lamentablemente, en la superficie (cuando digo gobernada, para referirme a las instancias de poder local, regional y nacional, suman un cóctel de ineptitudes). Es por eso, que sus males persisten y agudizan, dando esa imagen, y realidad, que es una ciudad que ha perdido el norte.

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