La plazuela olvidada

De maravillas nos parece que el distinguido burgomaestre del Alto Nanay, Charles Constantino… gane un premio, dos o tres premios como si se tratara del famoso pandero. Nos sumamos, con todos nuestros corotos y las ganas de brindar por la suerte ajena, a la feria de vanidades si gana varias medallas, si suma a sus diplomas todas las condecoraciones del mundo entero. Donde nos alejamos de él, y rápido como quien roba, es cuando nos enteramos que hasta ahora no cumple la promesa que hizo varias veces en el distante pueblo de San Antonio de Pintuyacu, la sede actual de los indomables Iquito que dieron nombre a la hermosa ciudad del Dios del amor, a los chicharrones, al trabajo ajeno y a la comida chatarra.

En sus buenos tiempos, en el tiempo de campaña cuando ansiaba hasta un voto, cuando todo eran sonrisas por aquí y sonrisas por allá, apretones de mano por acanga y por allanga, promesas por doquier, se ofreció sin que nadie se lo pidiera para construir una modesta plazuela en ese lugar. Era su obra maestra para ganar adeptos, pero no ha regresado a ese sitio. Ahora que ha ganado un premio por su excelsa labor en la inclusión social, nos permitimos recordarle que debe una a una comunidad de hombres y mujeres que pertenecen a los predios de la exclusión, a los duros terrenos de la marginalidad regional. Y, por ello mismo, no merecen ese maltrato.

Es posible que el nombre de San Antonio de Pintuyacu parezca a tantos algo remoto, folclórico, sin ninguna importancia. Es posible que nadie o pocos entiendan que allí viven ahora los que hace siglos poblaron esa isla que pasó luego a llamarse Iquitos. En el presente, cuando la inclusión social anda de moda, no podemos evitar aguarle la fiesta a un alcalde  que parece un aguerrido luchador contra esa lacra. Pero no cumple una simple promesa, no es capaz de hacer una plazuela en el lugar de los que tantas veces han sido marginados a lo largo de la historia.