La ciudad de la mala novela

“No hay ciudad más novelesca que Iquitos”, dijo hace tiempo el escritor Jean Echenoz. Nosotros, miembros del rubro procontrario al entusiasmo fácil en las cafeterías, a las mentiras oficiales y sus cifras que no cuadran con la realidad, a los autobombos altisonantes, estamos de acuerdo con ese elogio, esa alabanza, pero agregamos que se trata de una pésima novela si revisamos lo que es esta ciudad en su 149 aniversario de fundación oficial. Un siglo y medio ha pasado desde el arribo de los famosos barcos, instante en que la novela parecía brillar, asomándose a un estallido de maestría. Pero, hoy por hoy, dicha obra tiene una inocultable tendencia al mamotreto, al párrafo incomprensible, como redactada por un escriba errante, un escribiente sin talento ni natural furia creadora.

100 Era una ciudad tranquila
Era una ciudad tranquila

En la novela “Al piano”, el escritor francés describe al Iquitos que conoció y su balance es lapidario: pésimo servicio de agua, exceso de suicidas, abundancia de sectas de todo tipo, ceremonias de discursos anodinos y comilonas entre las autoridades locales, propensión al delito de algunos ciudadanos. El personaje central de su obra, un músico solitario y alcohólico, viene a esta ciudad no a fomentar el turismo, sino a delinquir cambiándose de identidad. Esa realidad novelada no ha cambiado. Y, lo que es peor, hasta ha empeorado. El ruido es un termómetro letal.

Desde que apareció en la novelesca urbe el primer ruido fatal, el sonido abusivo del claxon, nada se pudo hacer, pese a las advertencias iniciales de un anónimo periodista. Nadie, ahora, puede nada contra ese abuso. Todos y todas nos quejamos del ruido, del otro y la otra. Pero somos incapaces de pensar en un colectivo real que acabe con esa plaga. Esperamos, seguramente, que el ruido se extinga de un momento a otro y por arte de magia. Cada año que pasa el ruido es más brutal. Nadie puede hacer nada para organizar el tráfico vehicular. Las calles centrales se han convertido en vulgares parqueos de motos y autos. Andar por allí es un caos, una ofensa. La biblioteca, el verdadero centro de cualquier urbe moderna, es una crisis.

La grandeza que sus hijos harán algún día, lema posible que se encuentra en el escudo edil, no es tal. Todavía. Es apenas una frase, un conjunto de palabras vanas que más enardecen la mitomanía local. En este nuevo aniversario la ciudad parece al borde del colapso, gracias no solo a la labor de los insensibles chinos, que hasta la fecha hacen lo que les da la gana sin fijarse en muertos y heridos y daños a lo que ya existía, sino a sus males estructurales. ¿Cómo es posible que tantas calles, por ejemplo, se deterioren con tanta rapidez? ¿Cómo es posible que las lluvias fomenten crecientes en cualquier parte? ¿Cómo es posible que la decisiva calle Venecia, por donde entran los productos que vienen del campo y tantas naves que arriban a Belén, sea una verdadera pocilga intransitable?

El escritor español Javier Juárez, cuyo libro “A diez días del paraíso”, se acaba de presentar en un enero impresionante de ediciones, de obras, de actividades culturales, organizado por la ya legendaria Tierra Nueva, dijo con inocultable emoción que le gustaba Iquitos. Nos sumamos a esa declaración de amor. Pero el amor no es solo ceguera complacida o disculpa enamorada de errores. Es también encendido fuego y búsqueda de la verdad. Y, en este nuevo aniversario de la ciudad oriental, no podemos dejar de decir lo que decimos. Con absoluta sinceridad de amantes sin engaños de la animada urbe donde pueden ocurrir todas las cosas, como si fuera una síntesis del mundo.

El destino de las ciudades no está escrito en ninguna parte. Siempre es posible cambiar de rumbo, enmendar errores, salir del abismo. Contra todo pronóstico nefasto, contra nuestros propios pesimismos, contra el raje de los unos y los otros, el mayor deporte de la urbe oriental, consideramos que el porvenir existe para esta ciudad de sabor único e inconfundible, de perfil irrepetible, de seducción aplastante, que nació casi por azar en la antigua aldea de los indios Iquito, que surgió aislada del resto del mundo y que sigue edificada al pie de los montes y al borde del mayor río del mundo.

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