La alhaja lejos de casa

Escribe Percy Vílchez Vela

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El ciudadano (na) que recorre en estos tiempos, cámara en mano y agua mineral en ristre, los ambientes de unos de los museos de la capital española, Madrid del agua inicial y de la pandereta, del que no se suicida por falta de coraje, no podrá dejar de encontrarse, súbitamente, con algunos  primores de la artesanía amazónica. De cuando en cuando daremos noticia de esos aportes nuestros que no están por acá, que están mejor guardados en otra parte, lejos de la tierra de las ardillas roedoras o del Dios del amor, al dinero. ¿Cuándo podremos conocer la destreza de nuestras gentes en un museo amazónico?

Es imposible reconstruir el itinerario que recorrió este primor de la creatividad artesanal amazónica, de la maestría cotidiana de las manos femeninas, para abandonar  su lugar de origen y arribar luego a uno de los ambientes del céntrico Museo Nacional Antropológico.  Desde hace tiempo, cuando en Iquitos la palabra museo era una insinuación descabellada o una ofensa de locales indignos o una burla de políticos de pacotilla, esa pieza ya estaba allí, convenientemente codificada, perfectamente cuidada y varias veces contemplada por los visitantes de uno y otro sexo.

Artesanías de esta tierra
Artesanías de esta tierra

En “Diario de un misionero de Maynas” el jesuita Manuel Uriarte menciona el asombro que le causaba la laboriosidad de la mujer iquita. Escribió que ellas se sacaban el ancho en cumplir con las tareas domésticas, las atenciones a la familia. Después, como si nada, como si tuvieran entusiasmo de sobra y energía para regalar, se dedicaban a sus primores de artesanía. En un lento trabajo, en una esforzada faena, fabricaban sus hermosuras, siendo las hamacas sus mayores logros. Logros que alcanzaron el reconocimiento de los unos y los otros. En ese encarnizamiento cotidiano, esa mujer le sacaba la mugre a la desidia, al deterioro de todos los días, al feroz paso del tiempo.

El adorno que figura como un bien intangible del museo madrileño es arte y obra de las mujeres iquita. Es decir, viene de las capas geológicas del talento ancestral, de los hallazgos de las abuelas, las madres, las esposas y las hijas del linaje que dio nombre a la ciudad más importante de la selva del Perú, así se dice siempre. Lamentablemente no se consigna el nombre en el idioma original de esa pieza, pero se sabe que es utilizado como una parte de la vestimenta de las danzarinas de ese pueblo originario.

Alhaja de la artesanía iquita
Alhaja de la artesanía iquita

La pieza del museo madrileño es una legítima  alhaja de los verdores, una preciosa joya que enaltece lo femenino de esta parte del país y que está tan lejos del meretricio tantas veces citado por escribas de escasa visión o talento. Y está lejos, muy lejos, de casa. En un museo de Madrid y a buen recaudo. No debería ser así. Pero así son las cosas, mientras las actuales mujeres iquita siguen repitiendo el manual de la labor encarnizada, de la continua búsqueda de la belleza, del combate contra las ruinas del tiempo.