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ESCRIBE: Jaime Vásquez Valcárcel

Cuando a uno de sus profesores de “La roshaca” le pregunto sobre ella me dice que la recuerda como una adolescente recontra extrovertida y que muchos de sus compañeros y profesores confundían esa característica con un figuretismo que opacaba a las chicas de su alrededor. Como era obvio, las miradas de los jóvenes se dirgían hacia ella. Y ella lo sabía. Lo sabe hasta hoy. Hoy que radica en Chile. Hoy que lleva un bebé en sus brazos. Hoy que está feliz de la vida entre tres. Hoy que de vez en cuando se da un saltito a Perú, porque sobre su pecho lleva sus colores y están sus amores. También, y no va ser, regresa de tanto en tanto a Iquitos y tiene orgullo de haber nacido bajo el manto esplendoroso de este cielo tropical.

La señorita que provoca este primer párrafo tiene como nombre Helmy Vargas. Debo decirlo ya, sin más enigmas. Sin esperar los toques de alguna fanfarria. En las últimas semanas me he sumergido en su vida y ella, artista al fin, ha convenido en darme algunos detalles de su tan detallosa como hermosa existencia. Y hemos loreado como si fuéramos grandes amigos. Sin embargo, con la prudente distancia, hemos sido cómplices para que este artículo no pierda su esencia.

Estudió Primaria y Secundaria en “Rosa Agustina Donayre de Morey”. No le aceptaban en un colegio parroquial porque tenía cinco años. Al comienzo no le gustaba, pero luego se dio cuenta que fue una buena decisión el acudir a esas aulas donde convivió con distintos niveles socioeconómicos. Vivió en sus aulas y pasadizos una realidad inolvidable. Tan inolvidable que a pesar de la distancia y el tiempo aún recuerda sus tardes de voleibolista. Ocupaba el puesto de armadora. Le gusta el deporte y lo practicaba con mayor frecuencia antes de quedar embarazada. “En el colegio vi desde qué es tener una mochila súper moderna del alumno expulsado de un colegio particular que llegaba porque en ningún lugar lo aceptaban hasta el alumno que iba con una bolsa de plástico como mochila”. Eso, inevitablemente, te forma. Y así se formó ella. Con profundo amor a su tierra.

Por eso cuando se le presentó, allá en la tierra de Pablo Neruda y Violeta Parra, la oportunidad de regresar a Iquitos como organizadora de un certamen de belleza no lo pensó dos veces. Así, la tuvimos en la fiesta sanjuanina cuidando todos los detalles de “Miss San Juan”. Ella trata de no salir del rubro del glamour y los concursos. Cuando nota que se está yendo por otro lado, trata de reinventarse, innovarse y escalar. ¿Los concursos de belleza no encasilla a la mujer en un tema que siempre es polémico?, le suelto la pregunta. Muy suelta, responde: Esas actividades siempre son una oportunidad nueva, obvio que todas quieren el cetro pero se elimina a muchas y ellas no siempre están contentas, obvio. Todas se meten para ganar, pero si no se logra debe verse como una oportunidad para trabajar como modelo, impulsadora, imagen de alguna marca o anfitriona, dice y añade: “Para mí fue siempre muy estratégico estar en cada concurso y cada casting, siempre me llevaba a otras puertas abiertas que podía elegir y, si estaban cerradas, hacía todo lo posible para abrirlas, total de eso se trata la vida, ¿no?”.

Muchos que la vieron por primera vez en el “Miss San Juan” no sabían de ella. Los que la volvieron a ver, coinciden en decir que sigue siendo la misma de siempre. Poniéndole su toque personal a cada detalle. “No descuidar los detalles, eso es importante”, comenta mientras recuerda que ese concurso fue una propuesta que iba muy bien con el hecho de regresar a organizar eventos. “Aunque en Chile estoy de cuando en cuando animando show infantiles en los centros comerciales grandes, lo de San Juan fue un reto y por los resultados todo salió bien, ¿o no?”. Coincido con ella pero mejor cambiamos de tema.

¿Recuerdas qué te puso mal cuando eras una niña? Y no deja que termine la pregunta y confiesa que andaba enamorada de un chibolo que nunca “le dio bola”. Cuando ya creció un poco era ella la que hacía lo mismo, me confiesa luego de llevar la conversación por terrenos peligrosos. En Primaria la pasaba mal porque no se entendía con las niñas. “Con los niños la pasaba mejor”, y suelta una breve carcajada. Ya en Secundaria le disgustaba no aprender Matemáticas. “A pesar que la maestra Patricia Gástelo era y es la mejor en ese curso”. También sufrió con esa materia en la Universidad y pasó raspando porque no era su fuerte, aunque tuvo la fortaleza necesaria para concluir sus estudios en la Facultad de Educación de la UNAP.

Quienes la recuerdan en Iquitos, básicamente sus amigos de juerga y algunos de la universidad y colegio, la tenían como una triunfadora en este sitio cargado de ensueños. Ni se imaginaban que ella pensaba migrar. Salir de Iquitos. Primero a Lima, luego a otro lugar. Así llegó a Chile. “Sentí y vi que ya había llegado al límite, tocado techo, que es diferente a ‘tocar fondo’, no te confundas”. Ya no había más que escalar en el rubro que ella estaba, básicamente narrando noticias. Era la conductora del noticiero local “24 horas” de Iquitos. Ya había culminado la universidad y siempre le gustó la aventura. Aquel 2013 cuando decidió salir, quizás para después buscar un río para regresar, sentía que había llegado el momento de dejar la capital loretana y cogió sus maletas y, como dice, “me fui por la vida”. Tuvo miedo en esta etapa de su vida. Sí, tuvo harto miedo. Le es imposible negarlo. Pero en los momentos de miedo recordaba las palabras de la profesora Sadith, de Ciencias Sociales, quien no se cansaba de repetir: “Cuando un@ es solter@, sin hijos, puede ir hasta el poto del diablo y buscar nuevos horizontes siempre para mejorar”. Y ese horizonte siempre fue su norte, aún estando en el sur.

Ya que habla de soltería es momento de ingresar a su hogar. El dulce hogar que ha formado y que le ha permitido radicar en Chile. “Mi nena ocupa el 90 por ciento de mi tiempo, recién tiene diez meses y hay que darle dedicación porque también soy ama de casa y trabajo fuera en distintas actividades, sin descuidar mi papel de esposa y mujer”. Bien dicho, ¿no? Cuando ya su nena duerme ella se pone a trabajar en todos los proyectos que emprende. Ese ritmo, a veces frenético, le hace recordar cuando estaba en exámenes finales en la universidad y llegaba a su casa en la madrugada. Desvelada y todo cogía las separatas para lograr buenas notas. Ser profesional era su desvelo. Ella es profesora y tiene buenos recuerdos de quienes la enseñaron en las aulas. Marthina en Inicial, Elena Rodríguez en Primaria, en Secundaria Elva Dawa, Milkar, Raquel Acosta, Patricia Gastelo, Olga. Mientras que en la universidad Julio César Olórtegui, Sadith, Gabel Sotil, Edgar Reátegui. “Tuve mucho pushushuy”, me comenta y como nota mi sorpresa, añade: “Mi fortaleza fue mis ganas de no solo estar de juerga todos los fines de semana en el Pardo o el Complejo, que los disfruté, pero ya se sabe que todo en exceso es dañino”. Como todas las cosas en la vida, tenía razón en parte. Aunque no sabía que parte de su vida iba a ser escrita fuera del país, como sucede actualmente. Hoy vive con 3 grados y, a veces, con 40 de temperatura. Ese clima y sus ganas de superarse le han temporizado el carácter que, como sus amigas recuerdan, siempre fue de una jovialidad sorprendente.

Mientras se apresta a tomar un vuelo para regresar por pocos días a Lima me recuerda sus pinitos en la capital de la República. Fue en medio de ese clima sonso y ese cielo gris que, tal vez recordando que nació en el trópico, impulsó su propia agencia. Hasta ese momento a ella la llamaban, ahora tenía que llamar. No sólo eso. Como los contratos se multiplicaban, le faltaba personal y tenía que apelar a todos los medios, especialmente las redes sociales. Ingresó a una vorágine que sólo paró cuando tuvo que viajar a Chile. Fueron días intensos, recuerda. Difíciles, también. Porque los pagos no se hacen inmediatamente desde las empresas que contratan los servicios, pero ella era la empresaria y debía cumplir. Se hizo de deudas, pero cumplió con todas. Se quedó, hoy lo dice con cierta sonrisa, “con un sol y medio” en la cartera. Son esos momentos difíciles que hay en la vida donde en su mente se dibuja la figura de su madre Orfelina y su tía Robertina, a quien considera su segunda madre. Ellas acuden en su ayuda, desde donde se encuentren. “Todo lo que tengo en la vida se las debo a ellas”. Nota, seguro, la indiferencia que pongo ante una frase muy de cliché y añade: “Les debo tanto que ni con toda mi vida les pagaría”. Otra frase cliché. Pero se entiende porque cuando comienza a hablar no hay quien la pare y su entusiasmo no es que sea contagiante sino que contagia.

Se entenderá que en la distancia afloran los recuerdos, con mayor nitidez talvez. Son esos recuerdos que sirven para fortalecerla. No olvida que el negocio familiar que tenían entró en crisis por la crisis de los 90, cuando los precios de los productos subieron de un día para otro. Literal. Diez, veinte y hasta cincuenta veces. También recuerda que desde los 15 años tuvo que trabajar fuera de casa, su casa. Así que trabajo nunca le ha faltado. Ya sea porque la llaman o porque lo busca.

Tratando de volver a los años en que ella andaba de colegiala, vuelvo a uno de sus profesores para preguntarle, ¿qué características tenía?. Pues quizás no se haga difícil verla saltando por las veredas, esquivando los carros y las miradas de los transeúntes. Ella es la más esbelta palma, lo lleva en el alma, sus pies descalzos, no hay duda pues que tiene un algo sin igual. El profesor ante mi insistencia es contundente: Helmy opacaba a las demás chicas. Opacado en mi propósito, solicito a ella que me envíe una foto cuando estaba en “La roshaca”. Me envía una de aquella noche cuando se graduó en la UNAP. Lo que certifica que está hecha para triunfar en su tierra y otras más a donde le lleve la vida.

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