EL VETO A LA GORDURA

En el censo de la gordura universal, la obesidad terrestre, es impresionante que el México del intrépido charro, del chavismo  del  8, del tequila como petardo, de tantas cosas más, ocupe el primer lugar. El dato es de este año y es como para revisar tantas cosas. Los chatarreros norteamericanos, que tenían entre sus filas a los más gordos del mundo, han sido desplazados por un país del tercer mundo. Algo inusitado, inesperado, por decir lo menos. Nadie hubiera sospechado que los mexicanos de buenos ingresos iban a apoderarse  como mensos de la vanguardia de la epidemia del siglo XXI.

Ese es el nombre que la Organización Mundial de la Salud da a la gordura, la panzonería, la obesidad, sin alusiones personales a nadie. Menos a candidatos carnudos y barchilones. De manera que los mexicanos tienen que poner los tacos en remojo, renunciar a tantos venenos con buen sabor y  mejor sazón, dietar como  locos para no seguir en la punta de ese indeseable campeonato.

El Perú, con tanta propaganda sobre la buena mesa, el sabor nacional y la exposición constante de Gastón  Acurio con sus sartenes,  no está  libre de esa peste letal. En los censos, las cifras, las panzas peruanas ya se muestran. Y no precisamente gracias a la carne de gato. Esas barrigas blancas y rojas, aunque no ganen en el pelotismo, amenazan con agrandarse, estirarse hasta la esquina, y disputar la corona al más pintado. El progreso, de algunos, está sirviendo para comer peor. No se nos ocurre nada novedoso o eficaz para evitar caer en el mexicanismo panzón y grasiento. Tal vez sirva de algo suspender las tres comidas de rigor,  por decreto marcial. No hay ninguna  ley para comer tantas veces en un solo día. De anchas o mangas,  algo hay que hacer para no cometer  errores ajenos. Para evitar que el Perú, flaco de carnes, disminuido de seso,  sea una nación de gordos y de obesos a granel.