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EL CLAN DE LA GARZA BLANCA 

ESCRIBE: Christian Bendayán

EL CLAN DE LA GARZA BLANCA 
Santiago Yahuarcani / Nereida López / Rember Yahuarcani

Allí donde chorrea el agua, en ese montón de piedras hundidas, donde el Putumayo se hace remolino, allí empezó todo un día en que Juma —el dios garza— dejó su túnica en la orilla para bucear en busca de pescado, pero al regresar esta había desaparecido. El dios buscó en los ríos hasta llegar al mar sin encontrarla. Cuando regresó a su tierra, halló una fiesta en la que todos reían a carcajadas y se burlaban entre sí al probarse sin éxito su túnica, que había sido tomada de la orilla por unos niños. Al ver que a nadie le quedaba el traje, invitaron a un viejo alto y delgado que permanecía solitario en un rincón. La túnica le quedó perfecta, pero a pesar de ello, nadie había notado que se trataba del dios garza, por lo que no guardaron reverencia y siguieron festejando. De pronto, Juma invocó a un rayo que al estallar hizo un hueco en el suelo. Así la maloca y toda la gente que celebraba dentro se hundieron convertidos en piedra. Desde entonces los Aimen+ o Clan de la Garza Blanca aprendieron a ser honrados y a no tocar los objetos ajenos, así como a respetar a los abuelos, pues son los sabios que transmiten los conocimientos para vivir en armonía con el mundo.

Durante siglos la armonía gobernó esas tierras habitadas por huitotos, hasta que esta se rompió con la llegada de los caucheros, que sembraron conflictos y horror, casi exterminando a pueblos enteros. En esta zona conocida como La Chorrera estaba instalada la Casa Arana, la empresa más grande de extracción de gomas silvestres en la Amazonía. Al decaer el negocio de esta empresa, los caucheros empezaron a trasladar a los jóvenes huitotos a otras tierras para continuar explotándolos. Entre ellos alistaron a Gregorio López, el único del clan Aimen+, que llegó en ese entonces a los campamentos que se instauraron por el río Algodón, allí donde se origina el río Ampiyacu, mientras se preparaba una guerra con Colombia. El apellido de Gregorio era español, pero en aimen+ su nombre era Ibe, que significa pluma de un ave o también podía ser hoja de un árbol. Fue a los dieciséis años que lo sacaron de La Chorrera y lo llevaron a trabajar a lugares como Pucaurco y La Chorrera Nueva. Aquí los huitotos prepararon la chacra con la promesa de que pronto recibirían a sus familiares, pero quienes llegaron solo fueron más jóvenes de distintos grupos étnicos como los boras, ocainas, andoques, entre otros. Así fue como Gregorio conoció a su esposa Josefina Pinedo —cuyo nombre en huitoto era Safiango, que significa flor— ella era nonuya, del clan del Achiote. Juntos se asentaron en Pucaurquillo y tuvieron hijos. Gregorio enseñó sus conocimientos a su hija Martha López, quien se desposaría con un kukama de apellido Yahuarcani que no conservaba mucho de la tradición y la lengua de su pueblo.

Cuando Gregorio cumplió sesenta años decidió regresar a La Chorrera en busca de sus padres y hermanos, de quienes no había tenido noticias desde su partida. Al llegar allí, esas no eran más tierras peruanas. Los aimen+ se identificaban como colombianos y le recriminaron a Gregorio el ser compatriota de esos genocidas caucheros peruanos que esclavizaron, torturaron y aniquilaron a los abuelos, jóvenes y niños huitotos. Sus hermanos salieron a su encuentro —sus padres ya habían fallecido— y lo invitaron a quedarse en su tierra natal, pero Gregorio decidió regresar con su familia y seguir compartiendo con su hija Martha toda la sabiduría del único aimen+ que migró hasta el río Ampiyacu. De ese modo Martha aprendió y luego enseñó a su hijo Santiago y a su nieto Rember las historias de los abuelos y de sus dioses, como Buinaima, el creador y todo poderoso, o Juma el dios de su clan. Pero, sobre todo, cultivó en ellos el entusiasmo de Fídoma, el primer pintor, que extrajo la pintura de semillas, frutos y hojas para darle color a los seres del bosque que antes eran solo blancos y pintó así a las mariposas, las aves, los árboles y las hojas.

De este modo Martha educó a sus descendientes. Los miembros de la familia Yahuarcani —Santiago, Nereida, su esposa, y Rember— decidieron dar forma y color a aquellas historias que enmudecían con los años y que con dificultad sobrevivieron. Desde pinturas, murales, esculturas y máscaras hechas a partir de frutos de wingo, los Yahuarcani incorporan los conocimientos del bosque al imaginario nacional, trayendo al presente la voz de los abuelos, de los espíritus y los dioses, honrando así la memoria de Juma, el primer aimen+, que les enseñó a ser honestos y a valorar la sabiduría de los abuelos. Cien años después de la migración del bisabuelo Gregorio, los Yahuarcani viajaron a la Chorrera y allí, acompañados por la abuela Martha y seguramente los espíritus de todos sus ancestros, pintaron un gran mural que cuenta la historia del pueblo huitoto. Una pintura sobre la pared de la que fuera la Casa Arana, emblema del dolor y abuso cometido contra la gente del Putumayo, que ahora se erige convertida en un símbolo de resistencia y unión de los pueblos indígenas. Allí donde empezó todo, en La Chorrera, donde chorrea el agua y donde al mermar el río, entre remolinos, todavía se logra ver una maloca y mucha gente convertida en piedra.

Inauguración: miércoles 21 de febrero a las 7.30 pm
Galería del Centro Cultural El Olivar
Calle La República 455 – San Isidro
INGRESO LIBRE


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