ESCRIBE: Percy Vílchez Vela
*Todos los años, de un tiempo a esta parte, aparecen cada 5 de enero unos parásitos con el cojudeo reaccionario y colonial del cambio de fecha, del cambio del día y otras vainas ridículas. Ahora el cuestionador de pacotilla, el pillo de turno, es un nazi o neonazi de cocha, un asesino abimaelista y gonzalista que funge de historiador llamado Martín Reátegui Bartra.
En la vasta historia de la navegación acuática, vinculada a la ciudad de Iquitos, hay un hecho bochornoso, un capítulo vergonzante. En la flota de barcos que el timbero Ramón Castilla mandó construir en los astilleros de Londres figura una nave que después fue bautizada con el nombre fluvial de Napo. A lo largo del tiempo y de los desengaños sesudos historiadores de pacotilla, diestros conocedores del pasado iquitense, expertos en agasajos y celebraciones, mencionan a ese barco como uno de los fundadores de la ciudad isleña y parrandera. Nada más falso.
En honor a la estricta verdad de la milanesa histórica, el Napo no arribó nunca a Iquitos en avatares y azares de navegación. El pésimo combustible o la errónea estructura no le dieron para tanto, para alcanzar el puerto de aquella urbe orillera o ribereña. El 6 de noviembre de 1864 la nave Pastaza, que por primera vez arribó a Iquitos el 26 de febrero de 1864, trajo desde la distancia de El Parà los restos del malogrado barco Napo. Es decir, esa nave recién comprada, recién estrenada, se había fundido en un determinado tramo de su viaje hacia la antigua Santa Bárbara.
Era entonces un trasto que no servia para nada. Los nefastos constructores ingleses habían hecho la pendejada de entregar un barco en mal estado. Los estafados compradores peruanos pusieron gritos y pataletas en el cielo, no supieron qué hacer con ese barco inútil que no servía ni para taco de escopeta y, al final, lo mandaron reparar en el astillero de los Wesche. No sabemos si los hijos de puta de ingleses estafadores pagaron por ese trabajo adicional. Conocemos sí que el Napo se incorporó después a la navegación fluvial. Es decir, las naves fundadoras de Iquitos fueron tres y no cuatro como se repite con el idioma de los papagayos o los simios.
Es increíble que los connotados y prestigiosos personajes, convocados por el comerciante Julio Reátegui Burga para buscar la fecha de fundación de Iquitos, no se hubieran percatado de la existencia o presencia de ese barco inútil. Tampoco se detuvieron en la fuga precipitada del primer barco designado para arribar a la isla, el Morona, que desató sendos balazos de la capitanía de El Pará y que acabó detenida en el puerto de Manaus, hecho del que hablaremos en próxima crónica. Es decir, esos expertos andaban perdidos en supuestas grandezas navegantes, en probables hazañas acuáticas, y eligieron el 5 de enero como día central de la fundación iquitense. Pero basta y sobra esa nave inútil y malograda para que sea cuestionada esa decisión errante y equivocada.
Todos los años, de un tiempo a esta parte, aparecen cada 5 de enero unos parásitos con el cojudeo reaccionario y colonial del cambio de fecha, del cambio del día y otras vainas ridículas. Uno de esos oportunistas fue el velasquista recalcitrante, aprista eventual, fujimorista emboscado y eterno gobiernista militante, Róger Rumrrill, que hace algo así como 20 años pretendió acabar con la fundación cauchera, pero sin esgrimir argumentos. Nosotros, en su momento, desmontamos su contrabando que era pura baba bubinzánica.
Ahora el cuestionador de pacotilla, el pillo de turno, es un nazi o neonazi de cocha, un asesino abimaelista y gonzalista que funge de historiador llamado Martín Reátegui Bartra. Su principal argumento es nada. Ni siquiera baba. Ignorantes de la historia, ignorantes de lo más elemental del pasado, ignorantes de las urgencias del presente, se arrodillan ante la visión excluyente y mentirosa de los centralistas de antes, y ni siquiera sospechan que para los oriundos iquitos de hoy esa fundación oficial y amañada no existe.
