Gerald Rodriguez Noriega

*La historia del caucho demuestra la capacidad de resistencia de los pueblos amazónicos.

Muchas veces me he preguntado: ¿Qué es el hombre amazónico?, y camino por Iquitos, por las diferentes provincias de Loreto, y veo a un viejo o adolescente, a un criollo o a un mestizo, a un ambulante, a un obrero o un campesino, y veo ahí al hombre amazónico porque el hombre amazónico se me aparece como un ser que se encierra en su pasado, en su memoria, y se preserva ahí, detrás de esa máscara que es ese pasado que esconde su rostro o lo muestra y no lo queremos ver.

Lo veo ahí, plantado en su arisca soledad de su pasado, de su dolor, de su lucha por no ser colonizado, espinoso ante lo moderno y cortés a un tiempo nuevo. A lo largo de los siglos, todo le ha servido para defenderse de sus vecinos, de sus invasores, de los otros, de ellos, de nosotros, y hasta de él mismo. El hombre amazónico ha desarrollado una relación profunda y armoniosa con la naturaleza, eso es su legado.

Esta población es denominada por Jorge Gasché Suess y Napoleón Vela Mendoza como la Sociedad bosquesina (Instituto de Investigaciones de la Amazonia Peruana, 2012), y para los autores, el hombre bosquesino no es simplemente el habitante rural de la Amazonía, sino el integrante de una sociedad con características culturales, económicas y sociales propias, diferentes de las de la sociedad urbana. El concepto incluye tanto a poblaciones indígenas como mestizas ribereñas que viven vinculadas al bosque, los ríos y los recursos naturales amazónicos.

Alguna vez escuché decir a Jürg Gasché que el hombre amazónico es una persona que organiza su vida a partir de una estrecha interacción con la naturaleza. Su existencia no se limita a una sola actividad económica, sino que combina agricultura, pesca, caza, recolección y pequeños intercambios comerciales. Además de ello esa relación estrecha también es “espiritual”, que su comportamiento está guiado por valores como la reciprocidad, la solidaridad, la autonomía y el respeto mutuo, elementos que constituyen la base de la identidad bosquesina.

El bosquesino conoce los ciclos de los ríos, las temporadas de pesca, las propiedades de numerosas especies vegetales y las formas adecuadas de aprovechar los recursos del bosque sin destruirlos. Estos saberes, acumulados durante generaciones, constituyen una fuente invaluable para promover el desarrollo sostenible y la protección de los ecosistemas amazónicos. Que el hombre amazónico es un custodio de la memoria colectiva amazónica. Sus conocimientos, mitos, leyendas, prácticas productivas y formas de organización comunitaria forman parte del patrimonio cultural del Perú. En las comunidades se mantienen vivas expresiones culturales que fortalecen la identidad amazónica y enriquecen la diversidad cultural del país. La transmisión oral de saberes sobre el bosque, los ríos y la convivencia comunitaria constituye un legado que debe ser preservado y valorado.

Y ahora que él no está, no puedo preguntarle qué opina de estos conflictos entre los bosquesinos y las empresas petroleras, la minería ilegal. Porque el hombre bosquesino del siglo XXI enfrenta desafíos inéditos derivados de la globalización. La expansión de los mercados, el acceso a nuevas tecnologías, la influencia de los medios de comunicación y la creciente presencia de actividades extractivas han transformado profundamente la realidad amazónica. La globalización ofrece oportunidades para mejorar la educación, la comunicación y la comercialización de productos amazónicos; sin embargo, también genera riesgos cuando promueve modelos de consumo que debilitan los valores comunitarios y favorecen la explotación indiscriminada de los recursos naturales.

Para comprender estos desafíos actuales resulta indispensable mirar el pasado, especialmente la época del caucho. Entre finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la Amazonía vivió uno de los procesos más dramáticos de su historia. La explotación cauchera generó enormes riquezas para comerciantes y empresas nacionales e internacionales, pero también provocó sufrimiento, explotación y violencia contra miles de indígenas amazónicos. Muchos pueblos fueron sometidos a trabajos forzados, desplazamientos y abusos que dejaron profundas heridas sociales y culturales. Por ello, el hombre bosquesino debe observar la época del caucho no como una época de gloria económica, sino como una lección histórica sobre los peligros de un modelo de desarrollo basado exclusivamente en la extracción de recursos y en la subordinación de las poblaciones locales a intereses externos. La memoria de ese período permite comprender que el verdadero desarrollo debe estar acompañado por el respeto a la dignidad humana, la justicia social y la protección del medio ambiente. Al mismo tiempo, la historia del caucho demuestra la capacidad de resistencia de los pueblos amazónicos. A pesar de la explotación y las adversidades, las comunidades lograron preservar gran parte de sus conocimientos, prácticas culturales y formas de organización. Esa resistencia constituye hoy una fuente de inspiración para enfrentar los desafíos contemporáneos. Porque el hombre bosquesino, amazónico, siempre ha peleado, ha luchado por no dejar de ser esa parte del bosque, del árbol, del espíritu de los ríos.

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