ESCRIBE: Percy Vílchez Vela
* En ninguna parte del Perú o del ingrato mundo he comido tan bien como en Arequipa. He comido tan bien y en abundancia, como una fiera con el paladar desatado. En casa del docente y periodista Héctor Tintaya Feria disfruté del mejor desayuno de mis días mistianos, devorando un delicioso y suculento adobo.
En un extremo de la pared de mi sala hay un sencillo diploma que me gusta conservar como una reliquia. Me parece un logro muy importante en mis andanzas fuera de casa que es todo viaje. Unos artistas de Arequipa me obsequiaron ese diploma cuando visité por primera vez esa ciudad impresionante. No es lo único valioso que me queda luego de varios viajes a esa urbe señorial y solariega, tan española y tan andina. En mi memoria queda el magnifico día en que se agotó uno de mis libros, Los dueños de astros ajenos, antes de la presentación. Un hecho sin precedentes en las tantas presentaciones de mis obras.
El majestuoso espectáculo del Misti soñado es lo primero que me impresionó cuando visité esa metrópoli sin par. De todas las urbes peruanas la Ciudad Blanca es la que más me atrae, fascina. E invita a imaginar el regreso. De buena gana agarraría mis escasos porotos y zarparía a vivir un tiempo en esa metrópoli que parece no necesitar de nadie, que se basta así misma. Es como si fuera una isla señorial y caballeresca, de clima agradable, de calles bien puestas, de gentes de otro lote.
La fresca campiña arequipeña me recuerda a los fecundos pastos de mi infancia panguanina. En la cálida y templada urbe refractaria a los abusos y excesos del reaccionario centralismo, me gustaría publicar todos mis libros. En ninguna parte del Perú o del ingrato mundo he comido tan bien como en Arequipa. He comido tan bien y en abundancia, como una fiera con el paladar desatado. En casa del docente y periodista Héctor Tintaya Feria disfruté del mejor desayuno de mis días mistianos, devorando un delicioso y suculento adobo.
En Arequipa he sentido, con nitidez, el espíritu autónomo de las provincias en ebullición, el cultivo cotidiano de la independencia lejos de los dictados de la horrenda capital peruana. En todo instante Arequipa hacía justicia a su historia de furias y rebeldías contra los abusos ajenos, algo que le emparenta con los amazónicos que han sabido sublevarse a lo largo y ancho de la historia.
Desde la cumbre del Misti hasta el modesto y remoto nacimiento del grandioso Amazonas, en el alto nevado conocido como Mismi, no hay mucha distancia. Hay una cercanía geográfica que enlaza espiritualmente a la Ciudad Blanca con Loreto. Ambas regiones han combatido para conquistar viejas y sentidas reivindicaciones. En el presente, ambas regiones siguen luchando contra la dominación descarada o escondida del terrible centralismo. Es decir, ambas regiones apuestan por el porvenir.




