ESCRIBE: Jorge Nájar
Desde mucho tiempo atrás, el llamado de Francia ha sido una constante entre artistas, poetas y escritores de todo el mundo. En el caso peruano, la ciudad luz, París, esta imantación viene también de muy lejos. Se dice incluso que el primer escritor mestizo que parió América estuvo por sus calles. Desde mucho antes de la revolución de 1789, París, y Francia por extensión, ya era un mito. Con el correr del tiempo y el proceso revolucionario que acabó con el Antiguo Régimen y fundó las bases del Estado de Derecho, en el imaginario de muchos, toda Francia se fue convirtiendo en un mito poliédrico. ¿Por qué? Según Barthes, el mito es un mensaje que se transmite cuando un objeto, una imagen o una frase se asocia a un concepto o valor. Y en este caso se trataba de la libertad en el gran sentido de la palabra. Al inicio, algunos incluso consideraron que la capital de la sociedad francesa no solo era un espacio de liberación, sino también escenario de revelación y consagración. De manera evidente esta idea prosiguió creciendo durante el derrotero latinoamericano de la emancipación colonial a lo largo del siglo XIX.
Como se sabe, los poetas malditos, y sus propuestas de ruptura con las formas y la moral tradicional, junto a su irreverencia ante el progreso, elevaron la poesía francesa a posiciones iluminadoras. Así tenemos que, a nivel latinoamericano, también bajo la influencia de simbolistas y parnasianos, se desplegó la primera revolución de la literatura en lengua española conducida por Rubén Darío.
No solo los poetas, también los políticos e intelectuales de esa época vivían imbuidos de esa ilusión, además del sueño de impregnarse de los “secretos” de Lutecia y los encantos del Barrio latino.
La presencia de los poetas peruanos se vuelve más visible a partir de los años 20 del siglo pasado. Sin duda alguna el caso más notable es el de César Vallejo, quien llegó en julio de 1923 y permaneció en esta sociedad hasta su muerte, quince años más tarde. Después de la emergencia de Trilce que plantó uno de los hitos más importantes en la poesía mundial, el poeta Vallejo vivió en el exilio; y en la soledad de los hoteles de los barrios populares, en los merenderos más baratos de París, en los bares de su predilección escribió la parte más intensa y lúcida de su poesía. Es también señero el caso del poeta César Moro, seudónimo de Alfredo Quíspez. Vivió en París entre 1925 y 1933. En 1928, se incorporó al movimiento surrealista y empezó a escribir poemas en francés. Se puede, incluso, señalar que, a partir de estos dos casos, la relación de los peruanos con Francia se abre en dos bloques. Por un lado, el caso de quienes se enraízan en el espacio ajeno y, por el otro, el de los que van y vienen siempre en permanente búsqueda.
Lo señalado no es una singularidad peruana. Intelectuales latinoamericanos, artistas, exilados, activistas políticos y miembros de las élites convivieron por esos años en el mismo microcosmos urbano. París era el punto de encuentro dentro de la esfera intelectual. Ninguna otra ciudad en el mundo había albergado una comunidad tan amplia y diversa como la que tuvo la ciudad luz a inicios del siglo XX.
Al salir de la segunda guerra mundial seguía imperando en el caudal del gran río llamado poesía los remanentes del surrealismo, así como el desarrollo y expansión del existencialismo con su idea de la libertad y de la responsabilidad: “El hombre está condenado a ser libre, porque una vez que está en el mundo, es responsable de todo lo que hace.” A esa fuente acudieron algunos de los neo vanguardistas quienes habían comenzado a publicar sus poemas a fines de los años treinta. Por el cauce del río avanzaban, a su vez, las formas de pensar y concebir el mundo desde el marxismo.
Al panorama de estupefacción provocado por los estragos de la primera guerra mundial, en la sociedad peruana vino a sumarse la confrontación con la dictadura de Odría. El golpe de estado del 27 de octubre de 1948 dio inicio a una de las más feroces dictaduras de esos tiempos. La autodenominada “revolución restauradora” asumía el mando de la Nación para poner fin al “caos imperante” en todos los rubros de la administración pública. En paralelo, ante la migración del campo hacia la ciudad y el consecuente desborde popular, el gobierno se vio obligado a implementar una serie de medidas asistencialistas que consintieron y alentaron el reconocimiento de las primeras barriadas de Lima cerca de su casco urbano. Así, los usos y costumbres de la sociedad criolla se vieron confrontados por la presión de los cambios sociales y la imparable migración de la población provinciana que se daba cita en el centro hegemónico del país. Las universidades dejaron de ser reductos de la clase media limeña para poblarse de nuevos rostros y nuevas aspiraciones. En ese contexto afloró un grupo de intelectuales que modernizaron estrategias y propuestas analíticas. Desde ahí emergió la gran interrogante: ¿era la cultura un territorio aislado y basado en una experiencia individual desligada de los procesos de producción y de la trama material de la vida en común?
Un nudo cada vez más intrincado y de radical importancia.
Los elementos que caracterizan a los poetas de esos años, los del cincuenta, fueron el de acentuar la mirada, buscar el punto diferente, deslindar otra forma de concepción del lenguaje y otras técnicas, otro modo de plasmar una percepción de nuestra realidad. Algunos de ellos que habían transitado por la corriente surrealista y/o poesía pura, se inclinaron cada vez más hacia una poesía de claras reivindicaciones sociales. Además, este conjunto se vinculó entre sí no solo por aspectos interpersonales, sino que desde el punto de vista ideológico se relacionaron con el marxismo y el existencialismo, y sus poemas adoptaron un tono protestatario y de compromiso social.
César Vallejo era el paradigma estético y el pensamiento de José Carlos Mariátegui la antorcha intelectual. Sin dejar de lado a los herederos del surrealismo ni a los llamados Poetas del Pueblo, vinculados estos al partido fundado por Víctor Raúl Haya de la Torre, quienes también reivindicaron como paradigma al emblemático Vallejo.
Al espacio mental y físico d la Ciudad Luz convergieron algunos de esos nuevos petas. Por las calles y centros de estudios parisinos transitó Sebastián Salazar Bondy a finales de 1956. Fue el gran promotor de los nuevos escritores de su época. Llegó a París becado por el gobierno francés. No lejos también estuvieron Jorge Eduardo Eielson y Blanca Varela. En Francia todos ellos se impregnaron de la atmósfera de la post guerra europea. En el caso de Blanca Varela su palabra poética se abrió como una vía para ahondar en el subconsciente y en el sentimiento que provocan el tedio y el dolor; todo expresado con cierta ironía y a la búsqueda siempre de la expresividad.
Desde una perspectiva de deslindes, por esos días se volvió convencional caracterizar a unos poetas como “puros” y a otros como “comprometidos”, olvidando tal vez que el propósito de unos y otros era construir mundos verbales habitados por sus preocupaciones personales, pero siempre inmersos en las turbulentas aguas de su tiempo histórico. Aparte de estas tendencias, coexistieron diversas actitudes líricas que van desde propuestas que oscilan entre preocupaciones filosóficas y conceptuales hasta tendencias que rayan en la ironía o la angustia. Pero ya se sabe que la poesía es mucho más. Poesía también es la calle. Es la noche. Es el fondo del aire y del tiempo. ¿De qué color era ese fondo? Poesía llega incluso a ser la historia más íntima de la sociedad. Es la vida intelectual. Durante los años 60 el mundo entero era invadido por las tendencias del hipismo y de la revolución sexual, así como por el surgimiento de los movimientos feministas. En las principales ciudades del continente los masivos grupos de jóvenes imponían un nuevo estilo de vida que se extendería por todas partes. En ese ámbito, precisamente, la guerra de Vietnam, que redimensionó las tensiones de la Guerra Fría entre los bloques comunista y capitalista, marcó profundamente a los nuevos poetas. El caso más visible fue el de Hinostroza. En realidad, su poesía nutrida de poesía universal y de sus preocupaciones personales, sintetiza las características de la poesía de su época: las referencias pluriculturales, lo conversacional y la lúcida conciencia de la estructura del poema.
No fue tras las huellas que ellos dejaron en la sociedad francesa que los poetas de una nueva ola emprendieron el descubrimiento de Francia. Esta sociedad es mucho más compleja. Lo hicieron, en no pocas oportunidades, para navegar o naufragar en el aprendizaje de la alquimia verbal, sin por eso dejar de lado las luces y sombras de las promesas del mayo de 1968. Tal es caso de los poetas de Hora Zero y Estación Reunida, quienes, junto a otros poetas latinoamericanos forjaron y desarrollaron la experiencia de Ediciones del Correcaminos a inicios de los años ochenta del siglo pasado.
Ya se sabe, dar sentido al mundo que la juventud pretende modificar a su imagen se sostiene, precisamente, en la construcción de un conjunto de correspondencias o en una cadena de equivalencias entre las cosas, la gente, los objetos, los eventos, las abstracciones filosóficas y nuestro sistema de conceptos, o mapas conceptuales. En este sentido, en cuanto se entremezcla la relación del lenguaje con lo real y con lo imaginario, se pone de manifiesto la necesidad de bosquejar su relación con la realidad, cuáles son sus alcances, cuáles sus límites como representación y como expresión cultural.
Entre los numerosos poetas peruanos que residieron o residen actualmente en Francia que compartieron los altibajos de esta sociedad, que se impregnaron de sus usos y tradiciones o que acentuaron sus singularidades regionales y lingüísticas, han surgido unas veces brillantes testimonios. Y en otras, amargos contrastes. Pero no crean una tendencia y menos una escuela. Son más bien suma de testimonios, de confrontación entre tradiciones poéticas y la realidad en sus diferentes estratos históricos, sociales y culturales; aventuras estéticas individuales, esta poesía es sobre todo la expresión de un yo profundo en medio del incendio de todos los días.




