¿Les suenan estos nombres?

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Amigos y amigas lectores ¿les suena estos nombres de ciudades? Isla Grande, Fordlandia, Laranjal do Jari. Son nombres de ciudades amazónicas que han surgido, por lo general, al ritmo y respiro del caucho Hevea brasiliensis, de la goma, del oro blanco como le llamaban entonces. En la inmensidad del palustre trataron y delinearon su propia Arcadia. Cada una de ellas ha tomado su propio rumbo. Algunas andan por estos días muy desbrujuladas, urbanísticamente hablando, y otras son urbes fantasmas, donde duermen las fantasías y los fantasmas de una época de boato en la historia social de la floresta. Así tenemos el caso de Fordlandia que contó con los auspicios del magnate del automóvil Henry Ford. Trató por razones de costes de diseñar, hercúleamente, una urbe al estilo norteamericano (las fotografías que se muestran de la floresta descepada para edificar sus casas son dignas de verse, son de espanto), y de paso, sacar provecho a la extracción del caucho por razones de cercanía. Por muchos motivos la ciudad fue un fracaso y terminó abandonada en plena floresta. A las ciudades de la floresta les persigue la larga sombra de la utopía y terminan arrasadas por la más brutal desilusión. En el caso de Laranjal do Jari, Estado de Amapá, en Brasil, surgió a raíz del caucho y fue promovido por un cacique local, el coronel José Julio de Andrade. En 1948 luego de inquinas locales el pueblo se vendió a un millonario norteamericano Daniel Ludwig que en su enfebrecida mente trató de sustituir la vegetación de la floresta por la Gmelina arborea, para la fabricación de celulosa – materia prima del papel, pero tampoco el proyecto y ciudad llegaron a buen puerto. Y el municipio ahí anda entre picos y altos. Por último, el caso de Isla Grande surge por el boom cauchero. La pequeña ciudad de entonces se ha convertido en una ciudad caótica con múltiples problemas, para muchos es una ciudad que presenta síntomas de ciudad fallida ante la desidia de sus autoridades y población. Se anda a bandazos. Como podrán entender, los ecos de lo que fue la explotación del caucho todavía siguen. Es una larguísima sombra que no nos podemos librar.

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