La ciudad perdida (2)

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Una de las visitas obligadas cuando llego a la isla es la del cementerio. Mi padre y mi madre, a la que se suma mi hermano, tienen trazada una romería por las tumbas de familiares y amigos que han partido. Es un ritual simbólico a los ancestros y amigos. El camposanto es uno de los espacios e indicadores de Isla Grande donde se puede visualizar que estamos ante la ciudad perdida. El osario del palustre ha sido declarado bien cultural, del patrimonio inmobiliario de la ciudad. Bueno, dentro de él las normas que rigen sobre este bien cultural, es letra muerta. Se debe a la ineptitud de las autoridades y la actitud desafiante de la ciudadanía frente al mínimo orden que debe primar en este espacio urbano. He visitado muchos cementerios en los lugares que he podido viajar y son sitios para el descanso de las almas. En el cementerio de Ginebra, donde está enterrado Jorge Luis Borges, y motivo de mi visita, prima el verde y la quietud, allí están enterradas también otras personas ilustres. El cementerio de Dublín guarda también la paz, allí está enterrado Roger Casement y que al día siguiente de mi visita había una charla sobre él en uno de sus auditorios. En estos lugares hay unas reglas que las personas vivas deben cumplir y se cumplen. En el cementerio insular estamos ante las reglas que imponen los deudos de los fallecidos ante la dejación de funciones de la autoridad. Los columbarios por ejemplo, en vez de permanecer homogéneos y con dimensiones que están en el reglamento, son de mucho colorido y heterogéneo. Cada uno lo hace como quiere o le den los recursos, es el alpinchismo – que es la patología peruana del individualismo, a la enésima potencia. Allí parece que en lugar del descanso eterno pareciera que estamos ante una fiesta perpetua, se ha subvertido el orden. Los espacios verdes han sido invadidos por más sepulturas con el añadido que en cada sepulcro los deudos, como no, lo edifican a su mejor arbitrio ante la falta de autoridad de hacer cumplir la ley. Hay mausoleos de los más pintorescos. Como uno que parece un campo deportivo o una lancha amazónica, seguro, que será en honor del que partió pero alteran la armonía arquitectónica, el interés común. Lo curioso es que en cada uno de ellos están construidos  con sus respectivos asientos para quienes pasen por allí, pero esta idea de lo más excéntrica ha cundido en el camposanto. Porque en el cementerio judío que está dentro del osario de la ciudad en una de las tumbas también he visto ese bendito asiento ¿? Pensé que la comunidad judía iba aplicar con rigor las normas sobre los bienes culturales – recordemos que este cementerio ha sido declarado patrimonio cultural pero se han saltado con la pértigaa la ley. En la ciudad todo está patas arriba y el cementerio, donde se debería descansar, es una muestra de ello.

  1. D. Con el mejor ánimo, seguro, en el cementerio se ha elaborado una guía de tumbas ilustres pero ante el desorden reinante esta buena iniciativa ha quedada minimizada. Es más, me cuentan que una de las rutas lleva el nombre de uno de los ancestros de quien ejercía como autoridad del cementerio, claro, sin venir a cuento. Cosas que suceden en la ciudad perdida.

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