Chicha, amigo

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                                                                                                              Por: Moisés Panduro Coral

Era todavía un mozalbete cuando asumí el cargo de jefe de Relaciones Públicas de la Corporación de Desarrollo de Loreto (CORDELOR) que tenía como Presidente a don Alfredo Guiulfo Suárez. Esa mañana de setiembre de 1985, al ingresar por primera vez a la oficina, me presentaron a quienes serían mis colaboradores, entre ellos se encontraba Rafael Lomas Bazán, “más conocido como Chicha”, agregó con una linda sonrisa la señora Nélida Retis de Moro, asistente de dicha oficina.

Rafael fue un gran colaborador en los casi cinco años que trabajé en la CORDELOR. Siempre atento a servir, a cooperar, nunca renegó de su trabajo aun cuando se requería de su presencia fuera del horario normal, era un tipo con disponibilidad las 24 horas del día. El gran colaborador se convirtió con el tiempo en un gran amigo de toda la vida; digo esto, porque cuando terminó mis funciones en la CORDELOR nos veíamos esporádicamente, sin embargo, donde nos encontrábamos y en cualquier lugar o momento nos estrechábamos en un abrazo o en un apretón de manos que expresaba nuestra cercana amistad por encima de todo.

Con su partida, Rafael se suma a los amigos que nos dejaron hace tiempo, y con quienes traté en las responsabilidades que me dio el primer gobierno aprista, primero como jefe de Relaciones Públicas, luego como jefe de la famosa Oficina de Comunicación e Información (ORCI), y finalmente como jefe del Programa de Apoyo a las Organizaciones Urbano Marginales, convertido posteriormente, a mi propuesta, en la Oficina de Desarrollo Comunal (ODECO).

Partieron en estas dos últimas décadas: César Vega Coriat, callado, circunspecto, soltero sempiterno, algo solitario, pero con una efectividad al cien por ciento para escribir las notas de prensa; le siguió Grey Guzmán, locuaz, de andar rápido y hablar pausado, uno de los camarógrafos más laureados en nuestra región; alzó vuelo después Carlitos García, el veterano del equipo, el que ponía la voz gravosa y formal (¡hay cada anécdota de los libretos y grabaciones!) a los documentales oficiales que producíamos en la ORCI, autor de la célebre frase “puedo tres sin sacar” cuando jugaba cachito en el bar de Pasquelito con Baldovino Montalván, Pepino Verea y otros frustrados aspirantes a tahúres de la época. Antes de todos, nos dejó Velita, el chofer que a las dos horas del atentado dinamitero que sufrí en febrero de 1989 fue el primero en presentarse a mi casa para manifestarme su solidaridad en ese momento intenso, dramático y lleno de soledad.

Ahora se nos fue Rafael, me resulta difícil extraer las palabras para referirme a él. Otros ya lo han dicho todo en el Facebook y en notas periodísticas, y yo, por supuesto, concuerdo con todas las expresiones que le describen en su dimensión humana: su admirable papel de padre, su entrega apasionada al trabajo, su entusiasmo para hacer las cosas; su predisposición a estar siempre en la salsa del servicio a los demás; su jovialidad persistente. Hombre además íntegro, sincero, fraterno.

Nunca imaginé que la tarde que nos saludamos en el Hospital de Es Salud sería la última vez que le vería. Estaba con su esposa y una de sus hijas. Cuánta razón tienen esos memes de las redes sociales que dicen: Cuando veas a alguien que estimes, abrázale, sonríele, puede ser la última vez que le veas.

Descansa en paz, Chicha, amigo.

 

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