Tombuctú

En los momentos difíciles se valora la actitud de las personas. No en los buenos tiempos o cuando estos saben a dulce. Nos dan una falsa imagen, la adversidad dibuja mejor a las personas. El 6 de abril de 2012, Ismael Diadié y su familia abandonaron furtivamente la ciudad de Tombuctú y portaban en el zurrón un valiosísimo legado para la memoria de la humanidad. Esta ciudad está ubicada en la República de Mali, África. Ha sido un foco intelectual en los siglos XV y XVI y muy famosa por sus edificaciones de barro; en su biblioteca se guardan valiosos escritos y originales [algunos de ellos hablan de la presencia de judíos comerciantes, señalan]. Por esos días crueles de abril [es un eco de Elliot, poeta inglés] amenazaba a la ciudad la presencia de los radicales musulmanes y uno de los puntos de atención de estos radicales, posiblemente, era la biblioteca donde trabajaba Ismael. Había recibido amenazas y acciones vandálicas contra la biblioteca. Este malí era responsable de la Biblioteca Andalusí o Fondo Kati, que alberga miles de manuscritos —muchos de ellos vinculados a la historia de Al Andalus—. Su desprendida actitud de esconder parte de los libros en el equipaje pudo costarle la vida, es un acto elogiable de gran civismo y de resguardo de la memoria. Felizmente él pudo esquivar la intolerancia religiosa, recordemos que la Inquisición también quemó libros. Aquí en Madrid pasó una situación similar cuando ciudadanos responsables salvaron los cuadros del Museo del Prado ante el avance de las tropas franquistas y el bombardeo de la ciudad, hay valientes testimonios de esa gesta. En la floresta peruana no podemos decir lo mismo, en un aciago octubre del cual no quiero recordar quemaron los archivos judiciales y la mayoría de los otros archivos. Dijeron adiós a la memoria de la región, del país. Por eso personas valientes como Ismael Diadié necesitamos a miles.

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