La muerte no avisa, pero deja preguntas. En el bosque silencioso de la ciudad universitaria de la Universidad Nacional del Altiplano (UNA) de Puno, fue hallado sin vida Noé Mejía Tapia, estudiante de 27 años de la Facultad de Ciencias Biológicas. Su nombre ahora no solo figura en un parte policial, sino en una estadística que incomoda: la de los jóvenes que cargan solos el peso del fracaso académico y la presión institucional.

De acuerdo con un informe de la Oficina de Tutoría Universitaria, el estudiante se encontraba en riesgo académico durante el presente semestre, al cursar dos asignaturas en tercera matrícula, una condición que, en el sistema universitario, suele significar advertencia, angustia y amenaza de expulsión encubierta.

Acompañamiento que no alcanzó

La responsable del área de Tutoría, Sayda Paredes, informó que Mejía Tapia recibió orientación y acompañamiento académico conforme a los protocolos establecidos. Sin embargo, la pregunta inevitable queda flotando: ¿basta un seguimiento administrativo cuando el problema no siempre es solo académico?

El joven había iniciado su vida universitaria en la Escuela Profesional de Medicina Veterinaria y Zootecnia, carrera que abandonó años atrás, antes de trasladarse a Ciencias Biológicas. Un cambio que habla de búsqueda, pero también de un trayecto marcado por la incertidumbre.

Universidad y responsabilidad compartida

Tras conocerse el hecho, las autoridades universitarias y el Consejo Universitario expresaron públicamente sus condolencias a la familia del estudiante. Asimismo, reiteraron el llamado a los alumnos que atraviesan dificultades académicas o emocionales para que acudan a los servicios de Bienestar Social y Tutoría.

Pero la tragedia obliga a ir más allá del comunicado formal. La salud mental en las universidades públicas sigue siendo un discurso correcto y una práctica insuficiente. El riesgo académico no es solo una cifra en un reporte: es, muchas veces, el síntoma visible de una presión silenciosa.

El último adiós

Los restos de Noé Mejía Tapia serán sepultados hoy miércoles en el Cementerio Satélite de Juliaca. Mientras tanto, la comunidad universitaria guarda silencio. Un silencio incómodo, cargado de duelo y de una pregunta que no aparece en ningún sílabo: ¿quién cuida realmente a los estudiantes cuando ya no pueden más?

Porque cuando un joven muere dentro de una universidad, no solo se apaga una vida. También se apaga una alerta que el sistema insiste en no escuchar.

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