POR: Joaquín Andoa

Cuando este diario era semanario salía los miércoles. En esos años últimos de la década del noventa, cada portada era, como ahora, una provocación. Eran los tiempos universitarios de quienes hacíamos lo que el inolvidable Guillermo Flores Arrué, bautizaría como “el bitinto”, por los colores verde y negro que le caracterizaban. La emprendíamos contra los del ARE, esa agrupación aprista hoy ya inexistente y, a veces, contra la FER, esa versión izquierdista más inexistente aún. En ambos casos, se alborotaba el gallinero unapense, término que al ser usado provocaba la ira constante del sacerdote agustino, José María Arroyo.

Cuando “golpeábamos al ARE”, era inevitable que nos cayera una carta aclaratoria de los apristas que, entre estudiantes, docentes y dirigentes convocaban a sesión extraordinaria para “responder los agravios” de los comunistas, sachacomunistas en verdad. Los llamados comunistas estaban en todas las facultades, pero principalmente en la Facultad de Educación y Humanidades, donde hasta hoy tienen primacía en los órganos de gobierno de la facultad y en otras instancias de la UNAP.

No sé si por un error de percepción o conveniencia mutua, los izquierdistas creían encontrar en Pro & Contra un órgano que publicaba sus demandas y se enfrentaba a “los búfalos”. Mientras que los apristas, jóvenes dirigentes universitarios -hoy dispersos ejerciendo su profesión en diversos lugares-, tenían en el bitinto un medio sino amigo por lo menos una tribuna donde se les permitía expresar sus ideas. Nosotros, por lo demás, nos sentíamos satisfechos en medio de tantos fachos.

En ese grupo de izquierdistas prevalecían los troskistas. Por más bulliciosos, más sectarios y, en menor intensidad, más analíticos. Eran los años universitarios de ellos y postuniversitarios nuestros. Como era lógico, generacional y emocionalmente, unos nos envolvíamos con las universitarias porque creíamos que la coincidencia ideológica nos aseguraba una vida feliz. Creíamos que de dos sectarios podría salir una pareja de avanzada, racional. En esos vaivenes, uno de los camaradas insistía en decirme que el peor error era involucrarse con una dama con similares pensamientos. La coincidencia de ideas jamás provoca coincidencia de vida en pareja, decía y daba explicaciones, a manera de parábolas, sobre su teoría. Después me confesaría que él, más que yo, estaba enamorado de la misma dama.

Pasaron los años y mi amiga, esa amiga entre comillas, trotskista desapareció de Iquitos y de la vida universitaria. La perdí el rastro, aunque algunos aseguraban que se había ido a Brasil. Más de una década después, me sorprendió verla en marchas callejeras en Lima, ella como militante de izquierda y yo como periodista freelance. Pocas veces coincidimos en una que otra actividad académica. Sin embargo, en los últimos años, hemos compartido mensajes sobre la situación política, sobre todo después de triunfo electoral y fracaso gubernamental de su colega Pedro Castillo. Inclusive saboreamos un ceviche en un distrito de clase media limeño. Ella, dice, sigue siendo trotskista y se empeña en afirmar sonriente y provocadoramente, que yo fui siempre fujimorista. Por más que me empeñe en negar sus afirmaciones, ella está segura de sus conclusiones. Tal vez esté equivocada en ambas apreciaciones: que es trotskista y que su amigo es fujimorista.

Hace unos días, luego de no responder mis mensajes, me ha escrito para recordarme esos años universitarios y, ya sin ella, he recordado cómo los jóvenes de ese tiempo gritaban en defensa de la educación pública y hoy se han convertido en empleados/empresarios de la educación privada; cómo han pasado de la promesa de vivir en barrios marginales a establecerse en zonas residenciales; cómo pasaron de despotricar de la enfermedad estalinista de la burocratización a presionar por un puesto en la burocracia municipal y ministerial, cómo de estar convencidos en una integración mundial para la revolución se hicieron agentes aldeanos con un localismo mediocre.

Le he escrito con esos mensajes y ella, lacónicamente, ha respondido: hay que tener miedo de ser tu amiga. Quise responderle para que compartamos un ceviche y ya no pude porque me había bloqueado. No sé si lo hizo por terquedad, provocación o porque, como en esos años universitarios, los trotskistas de su minúsculo grupo le habían prohibido juntarse conmigo. Así que me dejó con las ganas de decirle: “es extraño que teniendo nombre de santa, te comportes como una pecadora”.

Días después, sumergido en sus recuerdos, me atreví a enviarle un mensaje con la frase “… examiga, eres una extrotskista…”. Ella ya me había desbloqueado y respondió: “Te debo un cebiche, quedará en mi conciencia cumplir o no». Ahora ya no sé si perdí una amiga o el trotskismo tiene una ex.

Hasta el próximo viernes.