La multa inevitable

En la república de Miraflores, ese otro país en esta patria fragmentada,  la edilidad ha puesto las barbas y los bigotes en remojo y ha tomado por las astas al ruidoso toro de siempre. En forma legal ha decidido poner una multa de mil ochenta soles a todo desgraciado y degenerado que viole los decibeles establecidos, la sonoridad soportable por los humanos oídos. De esa manera, choferes y cobradores que griten demasiado tendrán que pagar ese billete. Por otra parte, todo aquel o aquella que ponga su cuadrafónico a todo volumen, que haga su fiestita sin insonorizar su espacio, que meta su parrilladita  sin considerar a los vecinos, será multado y cobrado coactivamente.  Inclusive con embargo de sus bienes si no tiene el molido o conchudamente no quiere pagar.

Celebramos con un minuto de silencio, sin bombos ni platillos, ni parrandas desbocadas,   que en esa república lejana se deje de lirismos miedosos, de batallas decorativas, de campañas sensibilizadores con minutos callados, y se pase a la acción. Es la mejor noticia que hemos escuchado hasta ahora en la guerra perdida contra ese flagelo de las sociedades primitivas. No importa que venga de otra república, pero por estos linderos se debería imitar el ejercicio de la multa, de la paga, del gasto. Allì, en el poderoso caballero que es don dinero, parece que se encuentra la clave de la derrota del ruido. En vez de perder tiempo en otras cosas, como el casquerío  afeante, la edilidad de Maynas debería poner una multa fulminante a todo inútil que suscriba lo ruidoso. En vez de seguir comprando inútiles sonómetros,  como haciendo el simulacro de combate contra esa lacra.   

Un platal recaudaría en poco tiempo la gestión actual. Porque en esta ciudad hay gente que hasta hablando hace ruido. Hasta roncando. Hasta pensando. Estamos tan extraviados en esa desgracia que el silencio es un olvido. Es una exageración,  desde luego, pero don Charles Zevallos no debería esperar ni un segundo para aplicar la estrategia miraflorina.