Escribe: Percy Vílchez

En la Amazonía del Perú podría hacer una gran labor la parlamentaria surcoreana Han Jeoung – Ae. Ella es una decidida defensora de los legítimos derechos de los perros y otros animales de 4 patas y un rabo. En su país ella se hartó de tantos moradores que disfrutan a sus anchas de potajes preparados a base de carne de perro, y presentó un proyecto para prohibir el consumo canino. Su lucha no es de ahora y tiene varios años, desde que se desempeñó como ministra de Medio Ambiente. El mejor amigo del hombre y de la mujer no puede seguir satisfaciendo paladares atrevidos o exigentes que llevan a las cocinas a los autores de los célebres ladridos. En la Amazonía no es costumbre comer a los canes.


En el pasado colonial expediciones ambiciosas y delirantes introdujeron a la floresta a los perros como elementos de guerra. Es posible que en un principio jamás imaginaron devorarlos. Pero ante la falta de alimentos, ante las exigencias de la panza, tuvieron que zamparse esa carne junto con otros potajes de última hora. Pero la costumbre de comer carne de perro no se asentó en estas orillas y el can se convirtió en una normal mascota. Pero no todo es color de rosa en relación con ese animal que tiene una sabrosa carne para los surcoreanos.


El inconveniente que podría tratar de solucionar la congresista referida es la abundancia de perros ambulantes, mendigos y pordioseros. Es increíble la avalancha de canes en distintos lugares de la fronda. Esos perros errantes, sin dueño ni hogar, pululan en las calles, las esquinas, los sitios donde se vende comida. A cualquier hora están allí, como estorbos, como obstáculos, sin que nadie haga nada para acabar con esa invasión perrestre. Es posible que la solución se perdió antes, cuando un candidato ofreció alguna vez construir una perrera. Pero la obra nunca se hizo y los perros siguieron en lo mismo. Como los selvátivos no comen carne de perro tienen que soportar a esos animales en los ámbitos de sus vidas cotidianas. Si comieran esa carne sería el despelote y hasta habría bandas dedicadas a la cacería canina.


La parlamentaria mencionada podría venir a estos lares y ayudar a elaborar una ordenanza regional o un edicto edil no para prohibir la abundancia de perros callejeros, sino para multar o castigar a aquellos ciudadanos que abandonan a la deriva a esos animales. Allí comenzaría esa campaña necesaria y cívica para que la Amazonía deje de ser una despensa de perros sueltos y errantes.