La reforma del presidencialismo
El bufalesco Alan García Pérez, en vez de andar metiendo públicas patadas a retrasados mentales y severas cachetadas a los que dicen la verdad, debería cumplir con una de sus más interesantes promesas electorales. Tiene un pie en el estribo, otra fuera de la puerta y ya se está yendo con su música a otra parte, pero ya no se acuerda que, con su habitual elocuencia, prometió reformar el vetusto presidencialismo peruano. Oficio inestable desde su nacimiento, cumbre del procerismo nuestro, herencia más notoria y visible del caudillismo de siempre, esa profesión es anacrónica.
El presidencialismo de la blanca y roja nunca ha modificado su heredad colonial, ni se ha adaptado al cambio de los tiempos. Se ha petrificado en un protagonismo de exclusión, en una concentración de excesivo poder en una sola persona que castra las otras iniciativas, que anula posibilidades interesantes, que aplasta cualquier aporte. El caudillo, que por lo general arriba a la mansión de Pizarro, acapara todo, monopoliza todo y hace y deshace a su antojo y voluntad. Así, esa isla rodeada de servidores obsecuentes, no responde a los reclamos del desborde popular, a la poderización de las masas, a la necesidad de horizontalizar esta sociedad multicolor y múltiple.
Es muy posible que el mandatario Alan García, que está saliendo sin pena y sin gloria, ya no se ocupará del presidencialismo. Otro promesa que quedará en nada. La reforma de ese oficio pasatista tendrá que esperar. Esperar a un colectivo capaz de sumar voluntades para democratizar esa profesión. En las elecciones que se vienen el pueblo peruano votará, una vez más, por un presidente con las gollerías, las gangas, los excesos, del máximo cargo. ¿Cuánto tiempo esperará para que el presidencialismo se modernice?