CONTRA LAS FALSAS ILUSIONES
El que inventó el fuego tuvo que almacenar agua para combatir los incendios, para evitar acabar achicharrado. O se vio precisado a inventar un primitivo servicio de bomberos voluntarios o a la fuerza para no acabar entre las cenizas. El progreso de ese entonces, el fin de las tinieblas circundantes, sirvió para tantas cosas. Para calentarse junto al fogón, para mejorar el sabor de los alimentos, para quemar papeles sospechosos y comprometedores, pero no fue la panacea. Igual sucedió con todos los inventos para la humanidad de tantos tiempos y lugares.
En el presente, globalizados y todo, incorporados al mercado y sus afluentes, embarcados en modelos ajenos, se sufre igual con el llamado progreso. Un invento mejora las cosas pero cobra muy bien su aporte. Con creces. La mejora de las comunicaciones, algo que no significa andar por todas partes con cuatro celulares, tener teléfono fijo y móvil, adquirir servicios pre o post pagos, sino mejorar la calidad de esas comunicaciones, permite el abuso de las falsas llamadas. Ello se ha convertido en un verdadero problema porque puede afectar a la comunidad en general.
El Congreso de la República emitió hace poco una ley contra esa necedad burlesca, esa estupidez de ociosos que no miden las consecuencias de sus actos. Nos parece bien esa iniciativa de ese poder del Estado. Lo que lamentamos es que nadie de la tierra, en ninguna parte del mundo, pueda hacer nada para acabar con las falsas ilusiones. Nada desgasta tanto como esperar en vano años de años. Nada engaña tanto como los extravíos ilusos. Un claro ejemplo de esa desgracia: en vez de soñar como tontos con ir a un mundial de la pelota, en vez de perder el tiempo con inventar el privilegio de jugar algunos partidos en esa justa universal, deberíamos pisar tierra y pasto y transformar las estructuras viciadas de nuestro pobre y triste fútbol.