ESCRIBE: Percy Vílchez Vela
En mi abundante álbum de fotos de tantos lugares tiene sitio especial y preferente la toma donde estoy acompañado del escritor acosado, perseguido y condenado a muerte por las sectarias hordas islamitas, los fanáticos criminales y creyentes en Alá. El encuentro con la víctima más notable del sectarismo homicida de nuestro tiempo convulso ocurrió en Arequipa, durante la celebración del Hay Festival. En ningún momento se me ocurrió que me iba a cruzar con el novelista indo-inglés Salman Rushdie que, desde hacía tiempo, huía de sus desquiciados perseguidores.
En pleno siglo XXI, tiempo en que debería estar desterrada la intolerancia, un escritor tenía que vivir en el miedo, debía estar alerta siempre o tenía que esconderse para conservar su vida. El delito del referido fue escribir y publicar Los versos satánicos. En nombre de la pureza de una creencia, en aras de la defensa de una divinidad, ciertos musulmanes determinaron que el autor citado había cometido una herejía y sin más decretaron su muerte. El espíritu de la terrible y atroz inquisición occidental resucitaba entre los torcidos y tarados seguidores de Alá.
Desde mi remoto lugar provinciano, con asombro y furia, seguí esa tenaz persecución como si se tratara de una muestra de la barbarie contemporánea, del nazismo senderista asesino. En mi país el criminal en serie, el descendiente del monstruoso Adolfo Hitler, mandaba matar a sus sicarios como una venganza con sangre. Los carniceros, los nazis de nuevo cuño, los terroristas, seguían entonces sueltos en una patria violenta. Lo peor de esa matanza ordenada por un inepto que vivía escondido como una rata de cloaca era el asesinato de indígenas. Uno tenía que vivir en el tiempo de los aliados del crimen, de los partidarios de la muerte. Eso también era el mundo que me tocó vivir. Eso también era la vida que había que padecer. La humanidad no había avanzado mucho después del asesinato de Cain.
He leído el libro censurado y cuestionado y no encontré ninguna ofensa al misericordioso Alá. He leído El Corán buscando algún párrafo que incitara al crimen para vengar una supuesta afrenta. Y nada de sectarismo, de venganza, surgía en las enseñanzas respetables de la divinidad musulmana. ¿Qué libro habían leído los fanáticos, los sectarios?
En mi modesto lugar, en mi remoto sitio, fui víctima del acoso de las brutas hordas senderistas, de las mediocres sentinas gonzalistas. En público fui acusado de fascista, servidor de curas y patrones, agente de la nefasta CIA. Uno de ellos, después de asesinar en Lagunas, de publicar libros basura, no soportó más y después de acusarme de estafador, destruyó, página por página, uno de mis libros con fotos de un joven artista loretano. Es decir, conocí la persecución de los necios y brutos, sabía del delirante intento de borrarme del mapa. No podía entonces dejar de sentirme solidario con un escritor acosado.
En Arequipa me sorprendió la repentina cercanía del novelista condenado a muerte. Todo el horror contemporáneo estaba con el hombre de aspecto apacible con huellas en el rostro del inevitable paso de los años. Y no tuve tiempo de decirle lo que pensaba de los fanáticos de porquería, de los asesinos todavía sueltos como perros condenados a la absurda venganza. Después me enteré, con pesar y furia, del atentado que padeció Salman Rushdie en una ciudad de los Estados Unidos. Un terrorista logró subir al lugar desde donde el novelista daba una conferencia y le asestó una puñalada en el cuello.
El novelista acosado es un varón sólido, macizo, fuerte. Y sus encarnizados perseguidores a lo largo de los años y los lugares, solo consiguieron rasguñarle. Nada era eso para el odio que sentían esos parásitos de la fe. Por fortuna, Salman Rushdie logró sobrevivir, lo cual fue una buena noticia para mi que recordaba lo que dijo en Arequipa como una sentencia fulminante: “La novela nunca morirá”.





