«Cuando desaparece un centro de respuesta ante desastres, lo que desaparece es la capacidad de llegar a tiempo para salvar vidas.»
¿Quién estaba preparado para ayudar?
En el Perú existía una respuesta.
El Centro Iberoamericano BUSF de Respuesta ante Catástrofes Naturales de Arequipa (CRAC) que no fue construido para exhibirse en ceremonias ni para engrosar memorias institucionales. Fue concebido para un único propósito: salvar vidas humanas.
Sí señores Edgar Salomón Castañeda y Antonio Nogales Rodríguez: cada curso impartido, cada rescatista formado, cada ambulancia, cada vehículo especializado, cada equipo de rescate y cada metro cuadrado de aquella infraestructura tenían un solo destinatario, y ustedes dos lo sabían muy bien: la vida de personas que algún día quedarían atrapadas bajo los escombros de un terremoto, aisladas por una inundación o amenazadas por cualquier desastre natural.
Por eso, permitir la desaparición de un centro especializado en desastres como el CRAC de Arequipa constituye una de las formas más graves de irresponsabilidad humana e institucional.
CUANDO LA IRRESPONSABILIDAD TAMBIÉN MATA
Hay irresponsabilidades que cuestan dinero.
Hay irresponsabilidades que cuestan prestigio.
Y hay irresponsabilidades infinitamente más graves: las que terminan destruyendo la capacidad de salvar vidas humanas.
Porque eso fue lo que ha ocurrido en el Perú.
No desapareció solamente un edificio.
No se perdió únicamente una infraestructura.
Lo que se permitió desaparecer fue una institución especializada en rescate y respuesta ante catástrofes, creada precisamente para estar presente cuando la muerte golpeara con mayor fuerza.
Y eso no tiene justificación ni ética ni moral, mucho menos como expertos en emergencias: los autores materiales y cómplices del crimen deben de responder ante cada vida que se ha dejado de auxiliar en Perú como en el resto de Iberoamérica: hoy en Venezuela.
EL VALOR DE UN CENTRO NO SE MIDE POR SUS PAREDES
El verdadero patrimonio del Centro Iberoamericano de Respuesta ante Catástrofes nunca fueron sus oficinas.
Ni sus vehículos.
Ni sus ambulancias.
Ni sus equipos.
Su verdadero patrimonio era el tiempo.
Ese tiempo que separa la vida de la muerte.
Ese tiempo que un rescatista entrenado puede ganar entre un edificio colapsado.
Ese tiempo que una ambulancia especializada puede recuperar.
Ese tiempo que una logística eficiente convierte en esperanza.
Quien destruye esa capacidad no destruye fierros.
Destruye oportunidades de salvar vidas.
CUANDO LA SOLIDARIDAD ES TRAICIONADA
La cooperación internacional no invirtió millones de dólares en Arequipa para levantar monumentos.
Se invirtió el dinero para construir capacidades permanentes, materiales y humanas.
Para que, cuando llega el terremoto, la inundación o cualquier otra tragedia, existan hombres y mujeres preparados para responder.
La solidaridad no entregó los recursos para alimentar la codicia de unos pocos.
Se donaron los recursos para rescatar personas.
Por eso resulta tan doloroso, duele solo de pensar que la obra de Arequipa concebida para proteger vidas termine desapareciendo por la irresponsabilidad de quienes tenían la obligación de protegerla y custodiarla.
Porque administrar una institución humanitaria no es un privilegio.
Es un deber moral.
Y quien incumple ese deber no le falla solamente a una organización.
Le falla a la humanidad.
VENEZUELA NOS ESTÁ HACIENDO LA PREGUNTA INCÓMODA
Hoy Venezuela llora.
Y mientras observamos la devastación, una pregunta también debería estremecer al Perú.
¿Dónde está aquella excelente capacidad regional, nacional y para Iberoamérica, que fue creada para responder precisamente a tragedias como esta?
No hablamos de una fantasía.
Hablamos de una realidad que existió.
Una realidad que hoy debería estar movilizando especialistas, coordinando ayuda internacional y demostrando que la cooperación entre los pueblos también salva vidas. Porque cuando en el 2010 sucedió el terremoto en Haití, BUSF intervino con bomberos y voluntarios del Perú pertenecientes al CRAC de Arequipa para salvar muchas vidas, dentro de las diferentes etapas de rescate y posteriores en segundas fases.
Ese espíritu se esforzaron en hacerlo desaparecer.
Y su ausencia no es obra de la naturaleza.
Es consecuencia de decisiones humanas.
¿En qué momento estas cabezas responsables, el médico Edgar SALOMÓN en Arequipa – Perú, los señores Fernando CARBALLO y Antonio Nogales en España, fueron influenciadas, por alguien desde dentro, para cambiar el sentir humano y solidario por traición y codicia?
La estafa LINCECI creada simultáneamente en Arequipa y España, de forma siniestra, coincidiendo en fechas como también los protagonistas, sin duda ha tenido mucho que ver en esta trama; lo cual desgranaremos próximamente como merece.
MAÑANA PUEDE SER EL PERÚ
Ayer fueron las inundaciones en Arequipa.
Hoy es Venezuela.
Mañana puede ser Lima.
Puede ser nuevamente la propia Arequipa.
Puede ser Cusco.
Puede ser Iquitos, donde igualmente hicieron lo peor contra el magnífico proyecto humano SAMUR AMAZÓNICO.
Puede ser cualquier rincón del Perú.
Los terremotos no preguntan si una institución resolvió sus conflictos.
Las inundaciones no esperan que terminen las disputas internas.
La naturaleza no negocia.
Simplemente llega.
Y cuando llega, cada capacidad de rescate perdida se convierte en una tragedia anunciada.
EL PEOR DESASTRE NO SIEMPRE ES NATURAL
Nos hemos acostumbrado a pensar que los desastres son terremotos.
Que son inundaciones.
Que son huaicos.
Pues nos equivocamos.
También existe otro desastre.
El desastre provocado por la indiferencia.
Por la irresponsabilidad.
Por la codicia que incapacita comprender que una institución de rescate vale exactamente lo mismo que las vidas que algún día podrá salvar.
Y ese desastre siempre deja menos titulares.
Pero puede producir consecuencias mucho más profundas.
EL JUICIO QUE TARDE O TEMPRANO LLEGARÁ
Las responsabilidades legales las determinarán las autoridades competentes.
Pero existe otro juicio del que nadie escapa.
El juicio de la historia, de la propia vida.
Porque llegará el día en que alguien pregunte:
¿Quiénes fueron los encargados de hacer desaparecer el CRAC de Arequipa, construido y equipado por completo para salvar vidas humanas?
Y ese día no bastarán los silencios.
No bastarán las explicaciones burocráticas.
No bastarán las excusas administrativas.
Porque frente a la pérdida de una capacidad destinada a proteger vidas humanas existe una verdad imposible de esconder:
La mayor irresponsabilidad no es destruir un edificio, o apropiarse ilegalmente de sus equipos. La mayor irresponsabilidad es hacer que desaparezca la esperanza de quienes, algún día, necesitarán ser rescatados.
«El peor desastre no siempre es natural. A veces comienza cuando una sociedad permite desaparecer las instituciones creadas para salvar vidas.»









