Editorial – Noviembre 4

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La puerta clausurada 

El gran Julio Cortázar escribió un cuento, La puerta condenada, donde había un cuarto cerrado permanentemente, desde donde surgía el llanto de un niño inexistente. Toda puerta cerrada puede sugerir una serie de versiones sobre los hechos. Hasta rumores que nada tienen que ver con la cruda realidad. Eso podría ocurrir con la reciente reunión de autoridades e indígenas en uno de los ambientes del respetable IIAP. Ningún periodista, ni siquiera aquellos del rubro de oficialistas, pudo entrar a dicha cita. La puerta de ese importante evento, que tuvo una agenda trascendente, estuvo clausurada por alguna orden desventurada o autoritaria.

En instantes en que se trata de democratizar todo, en que muchos están de acuerdo en evitar el pacto infame de hablar a media voz, en que otros optan por abrir las puertas de tantas cosas, la puerta aludida estuvo cerrada. Con llave y candado, por decir una exageración. Como si se tratara de un hecho privado y particular, de una conversación sin importancia, no hubo ningún testigo que pudiera dejar testimonio de lo que se dijo, de lo que se acordó. En verdad no entendemos esa actitud cerrada, autoritaria, de evitar a la prensa.

¿Qué ocurriría si, gracias a esa puerta cerrada, otras entidades, otros promotores de eventos importantes, deciden no permitir el ingreso de nadie? No por terror a la claustrofobia ajena, sino para algo peor. Para dar una versión parcializada de los hechos. Para acarrear agua al propio molino y hasta para pescar en río revuelto. Y eso no se puede permitir. De tal manera que no podemos quedarnos callados ante semejante hecho. Protestamos  contra la persona o las personas que cerraron la puerta. Porque así no se contribuye a cimentar una sociedad abierta e incluyente.

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