Editorial – Agosto 27

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Nada contra el ruido

En la ruidosa, estridente, pomposa, campaña electoral de estos días no faltan los perifoneos agresivos, las caravanas gritonas, las concentraciones vociferantes, las parrandas con exceso de decibeles. Todo un arsenal incontrolable que constantemente agrede los pobres oídos de los sufridos ciudadanos. Lo que no hay, por ningún lado, ni en los afiches optimistas, ni en las pintas victoriosas, ni en las declaraciones reiteradas, una mención contra el temible, terrible y brutal ruido de todos los momentos urbanos. Menos una propuesta seria para acabar con esa peste en ascenso.

Entre tanta bulla y despelote, producida  por ellos mismos, los candidatos no tienen ni tiempo ni lugar para tomar nota de que ese tormento es uno de los grandes males que afectan a los unos y a los otros. No se trata sólo de la simple perturbación auditiva que aniquila el sosiego, la calma y la tranquilidad del morador. Se trata de que el ruido afecta seriamente la salud de quien la padece. Ese es el problema crucial. Allí está la clave del asunto. ¿Cuántos males aparecen gracias a la influencia del ruido, cuántas enfermedades sin curación posible surgen gracias a que nadie ha podido acabar con ese daño?

Nada contra el ruido, es hasta ahora la consigna colectiva y encomandita de los señores candidatos. Esa conducta no puede ser. Es inadmisible que los que buscan, afanosamente, el poder no tengan en su cartera de propuestas una política contra ese mal. Ni siquiera una campaña de sensibilización para que la población se percate de que vive en un vivero de plagas provocadas por el ruido. En otras partes el ruido ha desaparecido cuando las autoridades han tomado cartas en el asunto. Eso nos ha faltado.  ¿Qué podemos esperar nosotros de candidatos ruidosos cuando arriben al poder?

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