Vale la pena llorar por ti

Vale la pena llorar por ti

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A raíz de una fotografía que publiqué en mis redes sociales, donde yo estoy llorando tras el empate obtenido frente Argentina y encontré con que era la forma de testimoniar mi felicidad y mi agradecimiento a los muchachos de la selección de fútbol, fui motivo de una serie de comentarios y reacciones, unos a favor y otros en contra o tan solo burlándose. A mi nada de eso me afecta en lo absoluto. Porque ocultarlo, porque callarlo, porque esconderme, porque frenar mis emociones.

En mi familia saben todo lo que yo vivo, siento y como me toco de nervios cuando juega la selección de fútbol de Perú en la situación o lugar que este en las tablas de posiciones, y también me pasa con las chicas del vóley, o cuando en las olimpiadas corrió Gladys Tejeda, o cuando ganó el título Kina Malpartida o Linda Lecca. Cuando cayó derrotado recientemente Jonathan Maicelo. Pero es mucho más fuerte con el deporte rey. Ahí me transformo, me preparo, quizás, por eso soy de los que le gusta ver en casa estos partidos, sin mucha gente, solo con los cercanos, con los que ya no se asustan cuando me paro, salto, grito, puteo, río y lloro.

El jueves pasado, por lo tanto, no fue diferente. Fue el mismo escenario, mi sala. El mismo ambiente, mi hijo Alex con su novia Laury, mi cumpa Alonso y mi madre. Desde Tacna, Marinita y Sary, por WhatsApp trataron de controlarme. “ya tomaste tu aspirina”, “no estés emocionándote mucho, contrólate por favor”, “tengan agua a la mano”, entre otras ya clásicas expresiones en momentos como estos.

Entonces, como creen que podía controlarme, ¿cómo? No había forma. Ese empate con sabor a triunfo, nada más y nada menos en la Bombonera de Boca Juniors, si señores, allí en la misma Buenos Aires, nos dejaba con vida. Nos permitía llegar sin respirador artificial al último partido de la clasificatoria mundialista. Sin esa vaina de echarle números a nuestras posibilidades con eso de “matemáticamente aún se puede”. Para nada. Lloré con más ganas que nunca, explotó mi corazón de felicidad porque los muchachos del profe Gareca saldrían a jugar contra Colombia sabiendo que dependen solo de su esfuerzo en la cancha durante esos 90 minutos que serán de infarto. Sera todo a pulmón, como dice la canción. Ganar y punto. Sin esperar otros resultados, sin que nos interese la suerte de las otras selecciones, para llegar a Rusia.

Este martes, después del Claro y Meridiano en Arpegio Mix, luego del almuerzo en casa, no me encuentran. Me plastaré en mi mecedora de siempre, frente al televisor con la adrenalina al tope. No necesito de colas virtuales ni de entraditas caprichosas para el estadio. No, me basta y me sobra mi palco privado en mi hogar. Mi corazón estará en el mismo círculo central de la cancha del Nacional, y yo, desde aquí, desde mi casa en Iquitos, haré tal barra que se escuchará hasta la mismísima Valledupar, Cali o Bogotá.

Si por eso me tildan de lo que les dé la gana, háganlo, como dicen los españoles, me vale. O como dirían los mexicanos, me chinga. O mejor como se dice en esta mi bendita tierra, no jos on. Así que, si no te gusta el fútbol mira tu novelita turca, EEG o Combate. Pero a mi déjame tranquilo con mi pasión. Lo bueno de todo, es que mañana mi corazón y no la razón me dirá que debo hacer, me quedaré sin voz pero con la alegría de que mis hijos sabrán lo hermoso que es saltar de felicidad por ir a un mundial. Yo tengo ya tres en mi haber: México 70, Argentina 78, España 82 y ahora -y lo firmo- Dios me dará la satisfacción de ver a mi país en Rusia 2018.

Y como diría cantando el gran Iván Cruz, “déjenme vivir mi vida yo no soy malo con nadie”. Y sí, cualquiera que sea el resultado de hecho que voy a llorar. Sin vergüenza alguna. Le lloro a mi mujer por amor, a mis hijos, que tantas veces secaron mis lágrimas. Y si soy un llorón cuando algo toca mi corazón, entonces, como no va a valer la pena llorar por ti, mi amado Perú.

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