Una ventana y una silla

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Andrea Todde
Escritora y escolar
hola@andreatodde.com

Huilloc, una pequeña comunidad en Cusco a la que me he referido en un artículo anterior a este y del cual quiero hacer mención nuevamente, puesto que es un lugar diferente. En el que puedes encontrar ovejas caminando junto a quien las pastorea y gente muy amable que cuando va a recibir visitantes, se reúnen con sus trajes típicos para darte la bienvenida.

Tuve la oportunidad de viajar junto a un grupo de voluntarios liderado por Jans Quispe, quien mientras conversaba con el líder de la comunidad de Huilloc, los demás voluntarios y yo, aprovechamos para conocer más el lugar y a su gente. Algunos voluntarios entablaban conversaciones con los pobladores. Yo que soy un poco más tímida, me quedé callada observando todo lo que ocurría.

La tarde fue realmente agradable, aunque un poco complicada para mí, que por no hablar quechua, no podía comunicarme libremente con los demás chicos. Sumando a eso que como dije, soy tímida.

Me pase la primera parte del día paseando por el pueblo, observando las casas y las personas pasar. Una vez miré todo el pueblo (o todo lo que pude antes de que mi pecho empezara a dolerme, lo cual no fue mucho pero no le digan a nadie), fui a ver lo que los demás voluntarios estaban haciendo. La mayoría estaban explorando el lugar, mientras dos chicas daban charlas sobre el empoderamiento de la mujer a la gente de la comunidad.

Una vez anunciaron que era mi turno de darles una charla a los niños sobre la importancia de la lectura, me encaminé hacia ellos. El traductor que me acompañó nos invitó a ponernos en círculo para que podamos escucharnos mutuamente. Sin embargo, un grupo de niños murmuraban y se reían entre ellos. Al verlos, se me ocurrió que quizá le debía una disculpa a mi profesora de historia, por haber hecho lo mismo en alguna de sus clases, murmurar y reír.

Afortunadamente, todos los niños se fueron callando poco a poco. Al final de mi charla, los chicos hicieron un par de preguntas e hicieron una lectura comunitaria entre ellos. Fue inspirador verlos leer en comunidad.

En la tarde, yo estaba mirando a los chicos dibujar en el taller de la artista Angela Mirro que había venido a New York para poder enseñar a los niños a cómo pintar, tomando las flores, como inspiración. Lo extraño era, que la ventana estaba demasiado alta como para que los pequeños se estuvieran empinando para llegar a ver. A no ser, que fueran así de altos, lo cual me deprimiría bastante, viendo que yo apenas podía ver, y era cuatro veces mayor que ellos.

Salí de la clase donde el taller de dibujo se estaba dando, para encontrarme a tres niños pequeños, dos hombres y una mujer, agarrados de los barrotes de la ventana con sus pies en los ladrillos de la pared. Si yo hubiera hecho eso a su edad, me hubiera caído de espaldas y me hubiera roto el cráneo. Estos niños serian mejor en mi clase de educación física que todo mi grado. De todas formas, noté que se estaban esforzando mucho en no caerse para atrás, así que fui en busca de sillas para que se pudieran subir en ellas y poder ver por la ventana sin problema.

 El único problema fue que una de las sillas tenía una pata rota, así que me quedé sosteniendo al niño arriba de ella para asegurarme de que no se cayera.

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