Conocí a una de las abuelas. Natividad no pudo ir al colegio porque su padre le dijo que eso no son cosas de mujeres. Aún así Natividad siempre luchó y era sabia con las propiedades de las plantas del bosque. Tuvo once hijos y muchos nietos, y algunos bisnietos. Me encantaba escuchar sus historias. Durante su vida no la tuvo fácil, siempre se sobrepuso a las adversidades. De cuando en cuando fumaba el cigarro mapacho, disfrutaba el olor a tabaco. Murió el abuelo y Natividad tuvo una larga peregrinación y está enterrada en un cementerio limeño, lejos de la floresta donde vivió sus sueños y sudores. Su mirada de regocijo era como la de mi madre. A la abuela paterna la conocí de oídas, por mi padre. Él nos alimentó con sus historias. Ella llevaba un merendero y trabajaba de sol a sombra. Seguro que era diestra para los negocios habilidad que no tengo. Tuvo también varios hijos y nietos, solo la vi por fotografía y por un cuadro grande que tenía mi padre en el comedor –mi padre como los jugadores de fútbol antes de salir al campo, él le hace una reverencia a la nonna antes de salir a la calle. Mi madre estudió la educación primaria, el abuelo privilegió a los varones continuar con los otros estudios. Tampoco la vida le fue un camino de rosas. En su juventud jugaba al baloncesto. Por eso la recuerdo a la mia mamma siempre robusta y fuerte, ahora luce frágil como una taza de cristal tras el zarpazo del cáncer. Es muy ocurrente aunque su humor es caustico que te puede quemar. De la educación de las abuelas y la de mi madre a pesado, y hay mucha, injusticia epistémica. Es decir, al ser mujeres venció el prejuicio en la educación, las postergaron. Mi hermana es médica y ejerce su profesión fuera del país. En eso mi padre siempre alentó y nos exigió con los estudios por igual, a los hombres y mujeres. Pero ella también tuvo que superar cortapisas en el exilio que tampoco es sencillo. Es una historia de la floresta.

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