UN MITO LLAMADO ROBERTO BOLAÑO (III)

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Por: Gerald  Rodríguez. N

Si cabe decir algo de esta obra es únicamente para recordar a su malogrado autor, no porque constituya una novedad bibliográfica, ya que la primera edición data de 2002. En cualquier caso, no es ociosa la relectura de esta novela corta, que, como otras del escritor chileno -Nocturno de Chile o Monsieur Pain, por ejemplo-, acreditan una indudable habilidad narrativa, pero producen siempre la impresión de ser bocetos preparatorios, ensayos de adiestramiento para llegar a obras magnas del autor, como Los detectives salvajes o 2666.

La localización de Una novelita lumpen en Roma -una Roma casi únicamente nominal y topográfica-, la confesión inicial de la narradora Bianca -poco más que una adolescente- de haber llevado una vida delictiva, acuciada por su orfandad y la estrechez económica, parecen introducirnos en un mundo cercano al del primer Pasolini, pero muy pronto se desvanece la impresión. En realidad, los hechos narrados por Bianca, obligada a sobrevivir difícilmente con su hermano tras el accidente en que mueren los padres, no son siquiera delictivos. El hermano encuentra un trabajo mísero en un gimnasio y Bianca en una peluquería, y lo único que sucede es que, instigados por dos extraños amigos que invaden su vivienda, planean robar a un antiguo actor de cine que vive solo y ciego una vez que Bianca se haya ganado su confianza. Pero ni siquiera ese proyecto llega a realizarse, y cuando Bianca corta la relación con el antiguo actor y con los amigos de su hermano, el relato concluye y -es de suponer- también la tentación delictiva.

Como este breve fragmento de la historia se narra muchos años después, la afirmación inicial con que arranca el discurso de Bianca (“Ahora soy una madre y también una mujer casada, pero no hace mucho fui una delincuente”) no tiene apoyo alguno en el texto y parece más bien un artificio para despertar el interés del lector desde la primera frase, o bien una invitación a que éste imagine por su cuenta una historia posterior a los hechos relatados y que en el libro no figura. Las reflexiones de Bianca, y el propio personaje, están recogidas de tal modo que planea sobre cada página una sensación de indiferencia, de atonía anímica y moral que no es rara en Bolaño y que ayuda a esbozar apenas unos personajes descarnados, elusivos, casi abstractos, de los que ni siquiera conocemos su aspecto físico, como no vemos el escenario romano. Todo está envuelto en la oscuridad y la indiferencia -la misma Bianca no sabe nunca cuál de los dos amigos de su hermano la visita por las noches en su habitación-, y, paradójicamente, el que ostenta una mejor visión de hechos y lugares es el ciego, antiguo culturista y mediano actor formado en el género del peplum, en las películas históricas de Maciste, que no dejan de ser una recreación de cartón piedra, una falsificación de la realidad. No creo que este guiño sea deliberado por parte del autor, pero revela una intuición narrativa sobresaliente. Hasta en las obras menores o de encargo queda algún flanco por el que asoma el artista.

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