Un buick negro de alerones cromados

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La configuración urbana de las ciudades casi siempre está relacionada con el desarrollo de la novela. Una buena muestra de ello es “El juguete rabioso” de Roberto Arlt sobre Buenos Aires. En el caso de la floresta peruana, a consecuencia el boom del caucho, el epicentro burocrático y económico tuvo como protagonista a la ciudad de Iquitos. Pero como ya dijimos en estas crónicas, en otras ciudades de la selva la novela estaba en su punto de ebullición, que había y existen elementos para novelar, ya no centrado únicamente en un lugar de la maraña. Esa tensión de centro y periferia estaba y está generando fisuras, Iquitos ya no monopoliza como ciudad letrada. Se han abierto nuevos centros (literarios), como ha sido el caso de la novela del letraherido Jorge Nájar “El árbol de Sodoma”, donde la mirada se centra en otras ciudades fuera de Iquitos. Podríamos decir que Mayushín, comarca literaria y embrujada de Nájar, tiene su novelista. Aquí se funde el mundo urbano y el mundo rural, es el gozne de lo sacro y lo profano. Advertir también que Mayushín podría ser cualquier ciudad de la Amazonía. En la segunda novela de la trilogía de “El árbol de Sodoma”, en “Un buick negro de alerones cromados” se asienta la idea de retratar la ciudad (registrador de la memoria urbana) como señala una voz de la novela: “Ahora esta ciudad ya no es como antes”. Nájar se empeña en cincelar, cartografiar lo que fue y es la urbe que ha vivido a golpes de booms que la desquician: el caucho, el narcotráfico, el terrorismo y la corrupción. Cada oleada explosiva la ha zarandeado por uno y otro lado. Una abogada vuelve a Mayushín a ejercer de fiscal en el momento en que la ciudad estaba sumergida en una gran algarada contra la corrupción de una autoridad universitaria. ¿Por qué la protagonista vuelve a Mayushín? Como dice el narrador “vuelves a una casa, a una tierra embrujada en pos de un acto de purificación de los fantasmas del pasado”. En su proceso de expiación, personal y colectivo, la protagonista, Úrsula del Río, va deshilando la madeja de los líos de la corrupción y va entendiendo los meandros en la que está envuelta. A diferencia de la novela anterior, “La casa del Alto Putumayo”, en esta se nota más la presencia del narrador. Aquí, muchas veces, juzga, reflexiona, se embrida y explica con detalle situaciones que no se pudieran entender sin él. Hay un afán del narrador de contarlo todo. La novela se enmarca en el realismo mágico, como las apariciones de las mariposas azules y amarillas que revolotean en muchas escenas, emergen los mitos de la runamula, de los pelacaras. También en la novela se explora la sabiduría de las muchas plantas del palustre a través de uno de los patas de la protagonista, que es un curandero y herbolario. La selva no está vacía como suele decir ese soniquete superfluo y centralista. Mayushín es una metáfora y amargo oxímoron de cualquier ciudad de la Amazonía en los posos del fango.

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