Todo un continente en Virginia

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[¡Más aplausos para la lluvia!]

ESCRIBE: Percy Vílchez Vela

El libro de portada verde se llamaba ¡Más aplausos para la lluvia! El título era un verso de Juan Carlos Galeano y ese color podía tranquilamente asimilarse a los frecuentes verdores de la interminable ruta que transitábamos. En mi mismo asiento del auto alquilado el libro iba hacia la antigua tierra de los sioux, los cheroquí, los iroquís y otros linajes ancestrales que desaparecieron o fueron confinados en reservaciones.

Todavía recordaba la emoción cuando recogí esa obra, caliente como un pan del horno que no se quemó, de la imprenta de Jaime Campodónico. Esa simpleza es siempre emocionante para este escriba. El que también, como es natural, se emocionó con el libro verde fue el autor de la antología poética amazónica, Jeremy Larochelle.


El consumo de libros fue muy importante para el teniente William Lewis Herndon antes de emprender el primer viaje de un norteamericano al Amazonas. Era el año de 1850 y la lectura, el conocimiento adquirido, le sirvió de mucho a ese uniformado en ese largo viaje que empezó en La Puerta de las Maravillas, lugar ubicado cerca al Rímac, para seguir luego a través de una escarpada ruta, cruzada por nevados, bosques y lugares hasta desembocar en el inmenso Atlántico, desde donde podía imaginar su lugar de nacimiento. El militar viajero era natural del estado de Virginia. Mucho tiempo después, otro virginiano, Jeremy Larechelle, revisó en bibliotecas, frecuentó lecturas y viajó hacia el grande río selvático para luego escribir un libro fundamental para entender la modernidad amazónica, donde las fronteras nacionales desaparecen para perfilar un continente de verdes aguas. O sea de bosques y ríos.


Desde varios lugares, ubicados al borde de la amplia e interminable carretera, el pájaro pequeño, algo nervioso, parecido al huanchaco del bosque selvático, que se llamaba cardenal rojo y que era el ave oficial de Jamestowm, El Viejo Dominio o la Madre de Presidentes o, sencillamente, Estado de Virginia, nos dio la bienvenida por adelantado y fuera de cualquier protocolo. Entonces, luego de haber abandonado Florida, dormido en un hotel de Savannah, estábamos oficialmente en el Sur. En el viejo, agrario, esclavista y mítico lugar que fue descrito en clave gracias al célebre condado inventado por el cada vez más inmenso William Faulkner. El citado, gracias a muchos de sus libros ya leídos, hacía tiempo que se había sumado a esa expedición de vértigo. Del maestro y de Oxford hablaremos en otro escrito. Todas las obras posibles podían caber entonces en ese momento. Hasta una obra de portada verde y, todavía, publicada por la editora de la iletrada Iquitos.

El libro de portada verde se llamaba ¡Más aplausos para la lluvia! El título era un verso de Juan Carlos Galeano y ese color podía tranquilamente asimilarse a los frecuentes verdores de la interminable ruta que transitábamos. En mi mismo asiento del auto alquilado el libro iba hacia la antigua tierra de los sioux, los cheroquí, los iroquís y otros linajes ancestrales que desaparecieron o fueron confinados en reservaciones. ¿No fue así siempre en el último mundo? Todavía recordaba la emoción cuando recogí esa obra, caliente como un pan del horno que no se quemó, de la imprenta de Jaime Campodónico. Esa simpleza es siempre emocionante para este escriba. El que también, como es natural, se emocionó con el libro verde fue el autor de la antología poética amazónica, Jeremy Larochelle. Él era y es un ecologista militante, oficio que hoy en día no es una profesión más o una pasión candente que impulsa a algunos a la defensa de la naturaleza amenazada o agredida. Es un aullido cerca al abismo, como el más largo grito de toda la historia humana.

Él mismo en persona nos recibió en el singular hotel imaginado y construido por la Universidad que lleva el nombre de la madre del primer presidente de los Estados Unidos, Mary Washington. El primer mundo volvió a nosotros. En ese claustro, hacía poco, concedió un recital poético Ana Varela que, por diversos motivos, no pudo estar en ese crucero sin precedentes. En uno de los lugares de dicho hotel está cautivo algo del proceloso Atlántico. El océano fecundado una piscina. Nosotros, cautivos de los libros, nos hemos preparado para decir unas palabras sobre esa obra de la portada verde que fue presentado oficialmente por el poeta Juan Carlos Galeano. El ambiente era académico, era estudiantil, era cultural desde donde se le mirara, algo que no ocurre con frecuencia en cualquiera de las universidades de la fronda peruana. Lo que destacó sobre las palabras de los presentadores, de las lecturas de poemas, fue la atención, el interés, de ese público joven y ávido por conocer algo, o algo más, de ese universo distinto y ubicado tan lejos, en otro lado del mundo por así decir. Editora Tierra Nueva volvía a presentar una obra primero en el extranjero y no en Iquitos, ni en Lima ni en cualquier otro lugar del Perú que insistía en su último lugar en comprensión de lectura. Antes ocurrió ello en Madrid.

El lugar donde se ubicaba la Universidad se llamaba Fredericksburg. El color verde le rodeaba, encarnado en los altos y esbeltos pinos. Era un sitio soledoso, aireado, donde era arduo adivinar donde estaba el centro, la plaza principal, los camiones recogedores de los desperdicios del día. El señor George Washington, en algún momento de su vida, estuvo en ese lugar. El citado era virginiano por los cuatro costados, no rechazaba los juegos de azar, gobernó durante dos gestiones el enorme país del norte y no sabemos qué era para él el color verde. Nosotros, sí sabemos lo que es para nuestra gente. Todo. En la antología de Larochelle ha desaparecido la línea de frontera, el trazo separatista, de ese inmenso territorio. Los que quedaron con el mando luego de las batallas de independencia contra el poder español, trazaron otra línea de dominio costeño y andino, marginando desde un inicio a ese territorio. En el libro de portada verde había y hay poetas de Perú, Colombia, Ecuador, Bolivia, Brasil. Eran o son los vates de todo un continente.

El continente siempre estuvo en su lugar. Es posible que el primero que lo recorrió navegando desde la desembocadura del Napo hasta la turbulenta salida al Atlántico, fue don Francisco de Orellana. Posible, porque un autor peruano sostiene que el primer europeo que recorrió esas aguas fue Alonso de Marcadillo. Sea como fuere, otros forasteros por lo general lo recorrieron de un punto a otro, saltando sobre las divisiones fronterizas, las demarcaciones ficticias. Lo mismo ha hecho Jeremy Larochelle, recordándonos que pertenecemos a un continente. En tiempos recientes, el más cercano antecedente de esa nueva comarca fue, justamente, el tantas veces citado Juan Carlos Galeano, quien es su poemario Amazonía nombra otras ciudades fuera de su propio país, como Iquitos y Manaos. Y, además, su libro Cuentos amazónicos es un recorrido por ocho países de la cuenca amazónica. De esa manera, la vida no solo puede tener el color rosa. También puede nutrirse del intenso verde amazónico. El lema oficial de Virginia dice que es un lugar para los amantes. En efecto, en la reunión cultural de la citada universidad, estuvieron los que aman a la florida maraña.

 

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