Suplemento Especial

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Por Miguel Donayre Pinedo

 

La palabra exilio de acuerdo con los significados del Diccionario de la RAE, es la separación de una persona de la tierra donde vive o es una expatriación por motivos políticos. En ambos casos, es por un hecho o circunstancia que obliga a una persona salir del lugar donde reside. Es una decisión o una fuerza ajena a uno. En este piélago del destierro tenemos también la palabra expatriar, que significa y va en la misma dirección de exilio, la de abandonar la patria.

En el mundo del arte y de la vida misma, el exilio ha sido el marchamo de muchos artistas como por ejemplo el de Joseph Conrad, James Joyce – quien forzó el exilio por su vocación artística. En el ámbito de la plástica Kandisky fue obligado a salir de su Rusia natal, casi tenía una maleta lista en la puerta. O Antonio Machado que fue forzado a salir de  su patria “ligero de equipaje” por sus ideas políticas. Y entre los nuestros a Vallejo, quien murió en Paris.

Esta decisión de la partida (del viaje) se puede percibir de dos maneras. Primero, los viajes de formación, uno salía, se enriquecía pero retornaba al terruño. Y el otro, es el viaje de deformación. Se parte pero no hay vuelta atrás, se pierde o se difumina en el camino.

 

En este contexto de los viajes, tenemos que la Amazonía había sido pergeñada por los artistas locales y peregrinos que han estado de paso por estos pagos. De una parte a esta tenemos un hecho que no debe pasar desapercibido. Que muchos de los artistas amazónicos están viviendo y dibujando la floresta fuera del marjal. Son esos Odiseos o Odiseas posmodernos que están esparcidos por el mundo y fuera del pequeño país. Esta experiencia fuera del bosque es lo que intentaremos rescatar en las entrevistas que a continuación se publican.

A modo de pie de página: Para entrevistar a estos artistas amazónicos en diferentes partes del mundo: Europa, América del Norte y África lo que hemos hecho es elaborar unas preguntas y enviárselas a ellos. Tuvieron un plazo para las respuestas. Una vez contestadas la hemos editado y aquí mostramos esos frutos de la floresta. Esta vez los entrevistados son: Jorge Nájar, quien reside en París. Ana Varela, reside actualmente en San Francisco y Rafo Díaz, quien vive en Maputo, Mozambique. La secuencia de la entrevista irá en ese orden. La idea no queda aquí, pasa por entrevistar a otras amazónicas y amazónicos dispersos por el mundo.

Jorge Nájar

“Puedo decir que desde mucho antes de nacer yo ya estaba viajando, y no me jacto. Nacemos donde brota la luz”

Jorge Nájar (Pucallpa, 1946). Transcurrió su infancia y adolescencia en diferentes ciudades de la Amazonía. En 1964 se trasladó a Lima donde entró en contacto con la vanguardia literaria y singularmente con los jóvenes poetas que integrarían el Movimiento Hora Zero. Ha sido ganador del Premio Copé de Oro 1984 con su libro Finibus terrae. En 2001, con Canto ciego, ganó el Premio Juan Rulfo de Poesía convocado por Radio Francia Internacional. El Fondo Editorial de la Universidad Federico Villarreal ha publicado en el 2013 su Poesía Reunida. Ha seleccionado y traducido una antología de Poesía Contemporánea de Expresión Francesa (Pontificia Universidad Católica del Perú, El Manantial Oculto, Lima, 2003), Conocimiento del Este de Paul Claudel (PUCP, El Manantial Oculto, Lima, 2008), y la obra Narrativa Francesa de Ventura García Calderón (PUCP, Obras Esenciales, Lima, 2011). En narrativa ha publicado: Penúltima Odisea y otras ficciones, Ediciones San Marcos, Lima, 2007. Vallejo y la célula non plus ultra, Ediciones Altazor, Lima, 2010. El Alucinado, Editorial Summa, Lima, 2013. El Árbol de Sodoma, redición Editorial Summa, Lima, 2014. Es Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional de Ucayali. Reside en París.

  1. La decisión de iniciar un viaje tiene una doble connotación. De una parte, está quien inicia el viaje pero retorna, digamos, es el viaje en la versión moderna. Y la otra, quien una vez que está fuera no vuelve, sería la versión posmoderna del viaje, ¿en qué tipo de viajes te hallas?

Yo nací viajando, mi querido amigo. Mis abuelos, mis bisabuelos, mis tatarabuelos, todos han estado siempre viajando. Así, pues, puedo decir que desde mucho antes de nacer yo ya estaba viajando, y no me jacto. Nacemos donde brota la luz. Y yo llegué a la luz en un mundo lleno de ignominias y crueldades. Soy, por el lado paterno, el nieto de un cauchero moyobambino que abandonó a sus hijos y se extravió en las estradas jeberas del Brasil. Y por el lado materno, soy el nieto de un japonés refundido en la Amazonía, que hizo familia con una mujer de Iquitos, mi abuela. Soy pues el hijo de un maderero y de una nikkei. Los madereros de la época de mi padre eran los hijos de los trabajadores del caucho que se dispersaron en el llano amazónico cuando ese negocio cayó en ruinas. Era un mundo violento y de unos cuantos libros que circulaban de mano en mano, de puerto en puerto. Crecí pues como un miembro de ese universo y como un consumidor de la literatura de cordel, y tampoco me jacto.

Regresando a la idea de tu pregunta, te confieso que durante la infancia y la adolescencia he vivido en diferentes localidades por razones que tienen que ver con la política, el caucho, las maderas, las construcciones de aeropuertos y las carreteras, y, claro que sí, la poesía: Pucallpa, Iquitos, Contamana, Aguaytía, Atalaya, Huánuco, Huancayo, Huancavelica, La Victoria y los Barrios Altos limeños, son parte de mi repertorio existencial peruano. Mi padre fue uno de los tantos perseguidos apristas de esos años. Luego, cuando se hartó de la pobretería, nos regresamos a Pucallpa. Ulises que regresa a Ítaca, pelado pero lleno de ilusiones. Allí terminé la escuela primaria y la secundaria. Ante la carencia de bibliotecas, todavía me veo en los mercados matinales haciendo las sisas del caso para tener con qué pagar el precio del alquiler de las revistas que leía detrás de los paneles de exhibición de todas las tentaciones. Yo tendría trece años cuando mi padre, de regreso de algún rincón del bosque y dejó sobre la mesa, envuelto en la piel de un otorongo, una novela intercambiada por otra con algún lector de las orillas. Me veo todavía a la sombra del árbol del patio de casa adentrándome en la historia de Quasimodo y de Esmeralda por las callejas de la vieja Lutecia, provocando, al mismo tiempo, la preocupación de mi madre porque no me iba pelotear con los otros muchachos del barrio. Cuando tuve quince años me quedé de pensionista en la casa de unos familiares. En esa casa había una pequeña biblioteca que me dejó embrujado para siempre. Me acuerdo de El bello verano y La luna y las fogatas de Pavese. Allí me encontré con Luz de Agosto y Las palmeras salvajes de Faulkner. ¿Te das cuenta de lo que eso significa en plena adolescencia? Te puede trastocar la vida. Y yo me quedé embrujado por la literatura, tanto que ese año estuve a punto de repetir el tercero de media. Y no me ufano. Felizmente, durante nuestra existencia, renacemos en varias oportunidades. Y más que los afincamientos y las raíces, somos el fruto de esos renacimientos. Y del estar siempre en movimiento.

Acababa de cumplir los dieciocho años cuando llegué a los patios de la Universidad Federico Villarreal. Si comparamos la Villarreal con las otras universidades de esos años, ésta era la más popular del país. Ahí convergimos muchachos y muchachas venidos de todos los rincones del país: chunchos, shilicos, huancas, shucuyes, aymaras, filabotones, ashaninkas, aguarunas, shipibos, huitotos, charapas y uno que otro limeño. Durante algún tiempo viví en Lince cerca de Matamulas, en La Victoria cerca de Huatica, en el Rímac cerca del Parque de Aguas, en Zárate cerca del mercado, en la vieja Lima y en esa peregrinación tomé conciencia de lo que éramos: un país antiguo en permanente estado de renovación. Soy uno más de los peruanos que ha salido del distrito y ha viajado luego a la provincia y de ahí a la capital buscando primero donde estudiar y luego un lugar para vivir.

En Lima, en la Villarreal, sin grandes discursos, confrontado con la realidad yo aprendí con antelación a vivir en una realidad multifacética. Vivía rodeado de otros provincianos estudiantes de San Marcos, la UNI y la Agraria. Ocupaban nuestras conversaciones los problemas de la violencia en los Andes provocados por el latifundismo y el gamonalismo y, cómo no, el problema del petróleo. Eran los años del gobierno del primer Belaúnde. Nos llegaban los ecos de la revolución cubana. En Mayo de 1963 había ocurrido el asesinato de Javier Heraud. En junio de 1965 había estallado la guerrilla del MIR y del ELN. A finales de ese mismo año murió Luis de la Puente y fue capturado Héctor Béjar. En octubre de 1967 fue acribillado el Che Guevara. Cohabitar con el mito del guerrillero era parte de nuestro cotidiano. Se había incrementado la violencia en Vietnam. En los Estados Unidos crecía la insurrección de los afroamericanos. Y, en nosotros, el enfrentamiento entre los Black Panthers y el KKK se combinaba muchísimas veces con el canto andino. Yo he sido, desde siempre, un asiduo de los clubes andinos en Lima. Sentía que en esas fiestas de fin de semana el ritmo de mi corazón latía con más energía.

En agosto de 1967 viví como un verdadero acontecimiento el discurso de Mario Vargas Llosa al recibir el premio Rómulo Gallegos por su novela La Casa Verde: sacaba del olvido a Carlos Oquendo de Amat. Y la lectura de la novela en cuanto llegó a las librerías de Lima, para mí fue de lo más conmovedor. Yo provenía de ese mundo. El mundo de los caucheros, de los madereros, de los indios amazónicos y sus conflictos. En medio de la galería de personajes, identifiqué a Fushía como si fuera el doble de mi abuelo materno. Identifiqué al aguaruna Jum como reencarnaciones de los personajes ribereños víctimas de la explotación cauchera, maderera y petrolera. Y sobre todo, reconocí el cañamazo que unía a las jóvenes de los burdeles piuranos con los comerciantes, militares y monjas implicados en esa red de tráfico de niñas aborígenes con el argumento de “civilizarlas”. La novela de Varguitas parece ficción por la destreza formal, pero está profundamente anclada en la realidad.

En cuanto terminé los estudios en Lima me regresé a Pucallpa. Era diciembre de 1968, año del asesinato de Martín Luther King. Año de la caída de Belaúnde después del enfangamiento de su gobierno en las aguas turbias de unos viejos contratos petroleros. Y yo regresaba a la tierra donde había nacido para trabajar en la tierra, como se decía entonces. ¡Qué delirio! Y lo hacía con la idea de quedarme a vivir ahí para escribir en la intranquilidad de la provincia sin ningún afán protagónico.

En agosto de 1970, en Pucallpa, conocí al poeta Javier Dávila Durand. Con su complicidad y la de Juan Sánchez Pacheco vino al mundo Hora Zero Oriente. Toda una hazaña en aquella época, aunque ahora nadie se acuerde de eso. Habitados por la idea de la escritura, hicimos entre nosotros un “diagnóstico” de la literatura en Pucallpa. ¿Cómo diagnosticar el vacío? Cuando la revista salió, en 1971, se produjo en Pucallpa lo inesperado, pero de manera sorda y solapada. Hubo unos que comenzaron a considerarnos como iluminados y otros, los de la administración regional de educación, encontraron argumentos para acusarnos de subversivos. ¿Qué es ser subversivo en una sociedad inorgánica cuyo personal administrativo y político sólo sueña con llegar al fin de meses y empuñar el salario de la inepcia? Ese, me parece, era uno de los grandes problemas de la provincia: estaba llena de cegatos enquistados en la administración pública, de gente mal formada que se creía dueña de la verdad. Ya entonces, cualquier infeliz te podía acusar de lo peor y no pasaba nada. ¿Sigue siendo así? No sacudas el polvo empozado de los muebles porque te acusarán de agitador. No hables fuerte porque serás un delirante.

Pero yo era joven y tenía la vida por delante. Antes de retirarme de Pucallpa preparé la edición de Malas Maneras. Compulsé los materiales y “sacrifiqué” buena parte de ellos en la hoguera inquisidora levantada en la huerta de la casa. Con los sobrevivientes busqué que cohabitaran en sus glándulas lo ancestral y lo exógeno. No pude evitar, sin embargo, lo ostentoso y público, el mundo ancestral, el mundo de los viajeros extraviados, los afanes amorosos. Y una vez listo el manuscrito convencí a mi amigo Fernando Sánchez Vela, propietario y director del diario Ímpetu, que se lanzara a la edición. Aceptó a regañadientes porque sabía que iba a perder dinero. Malas maneras fue el primer libro de poesía que se editó en Pucallpa y, por supuesto, mi amigo perdió dinero.

De regreso a Lima preferí no alarmar a nadie con mi situación y comencé a trabajar en diferentes sectores de la administración pública. Como yo, muchos de los mí de generación vivíamos en la euforia provocada por las medidas socio-económicas del gobierno de Velasco Alvarado. Hemos sido, muchos, parte de un proceso que anhelaba afirmarse en el encuentro con lo nacional. Pero ese estado de euforia comenzó, de pronto, a lanzar malas señales, sobre todo dentro de las mismas instituciones militares. Y en febrero de 1975 se produjo el “tacnazo”. Morales Bermúdez traicionó a Velasco cuando éste se hallaba ya casi al borde de la muerte debido a la gangrena que le corroía la existencia. En todo el país no hubo ninguna protesta contra el golpe. En medio de eses silencio perturbador los mandos recién llegados emprendieron la cacerías de “brujas” y a “quemar” mucha gente. Hubo deportación de dirigentes políticos, sindicalistas, periodistas y hasta de poetas (José Rosas Ribeyro y Mirko Lauer). No se cuenta, entre los que se quedaron, el número de subrogados y cesados de manera intempestiva.

En esas circunstancias, sin orden ni concierto, muchos comenzamos a tomar distancias. Nos lanzamos a la aventura, pero no creas que lo nuestro era el exilio. Nos íbamos a vagar y no a lagrimear por nuestra situación. Yo me fui a vagar por Europa. Pero incluso así, y sólo para que te rías, entre los prototipos de viajeros y expedicionarios, el Phileas Fogg de Jules Verne o los personajes del Robinson Crusoe de Daniel Defoe, no dudo ni un segundo en escoger a Phileas Fogg, es mucho más divertido que aquel solitario refundido en una isla de caníbales.

  1. Teniendo en cuenta que esta decisión de la partida colisiona, muchas veces, con el capital simbólico (como es el caso del reconocimiento local en tu lugar de origen, relaciones sociales, amigos/as), la decisión de liar los bártulos y salir de la selva ¿te fue fácil?, ¿la expatriación obedeció a motivos personales, económicos o políticos?

Como no me identifico con la idea de los afincamientos, ya dije que desde siempre he estado yéndome con mucha facilidad. ¿La política como una razón de expatriación? Quienes tienen una verdadera vocación política no caen en esa patraña, o mejor, se distancian hasta que las aguas se calmen. ¿La economía? Ninguna importancia en mis decisiones; sé vivir con muy poco donde sea que me encuentre. ¿Reconocimiento local? Una monserga. No obstante, señalo algunos detalles. En 1963, una vez terminada la secundaria, en Pucallpa, había que lanzarse al mundo si uno quería ir más allá de la secundaria. Recuerdo a los compañeros de promoción que salieron disparados para ir a postular por un sitio en las universidades de Iquitos, Huánuco o Lima. Por mi parte, yo ya reunía las condiciones necesarias para convertirme en maderero: hijo de una familia sin recursos para financiar estudios fuera de la localidad. Como carecía cualidades futbolísticas no podía soñar con convertirme en empleado de alguna agencia bancaria o de la petrolera Ganso Azul. Otra alternativa de futuro era seguir estudios en la Escuela Normal para ser maestro en algún pueblo ribereño, casarme, llenarme de hijos y escribir poemas al chullachaqui o a la ayahuasca. Cabía también la posibilidad de dar los primeros pasos en el negocio de la cocaína, ser pichicatero o convertirse en regatón. Contraviento y marea  me lancé hacia Lima. Encontrar un sitio en la Universidad Federico Villarreal para mí fue como abrir la puerta hacia otro mundo.

¿Capital simbólico? Mira lo que te digo. Hace algunos años, aquí, en París, un joven profesor universitario me preguntó cuál era mi relación con Hora Zero, ya sabes, el movimiento poético y contracultural de los años 70. Respondí lo que ahora voy a repetir: Hora Zero es la célula madre. Hemos crecido juntos. La poesía por ser pasión consciente de la historia expresa los sentimientos históricos, culturales e ideológicos de una época, a condición que consiga escarpar del círculo de fuego de los conformismos. La poesía se aprende en la confrontación y en el desafío con ese círculo de fuego. Y en Lima y en la Villarreal me encontré con todos esos ingredientes. En sus patios y en sus aulas conocí a uno de los poetas más clásicos de mi generación. Clásico por la entonación y la factura. Revolucionario por sus apuestas fuera de lo común. Me estoy refiriendo a Antonio Claros, un poeta de obra breve y límpida, fallecido en España, y al que ahora tenemos prácticamente en el olvido. Por su intermedio llegué a la poesía de Mallarmé, de Pessoa, de Milosz, de Rimbaud y de Michaux mucho antes de navegar por la poesía entonces de moda: la norteamericana y la italiana. Con su entusiasmo y colaboración organizamos un periódico mural para publicar creación y crítica. Ahí exhibí unos poemas por primera vez. En el patio de la universidad también me encontré con Manuel Morales Peña, iquiteño, gran conocedor de la poesía de Nicanor Parra, de Cardenal, de Pound y de T.S. Elliot, un tipo campechano y navegante empedernido de la noche limeña. Reitero: Antonio Claros y Manuel Morales, poetas descreídos en las ilusiones políticas tan de moda por entonces, personas al mismo tiempo llenas de generosidad, fueron los dos grandes primeros compañeros de aventura poética. Pues bien, el joven poeta que fui, intelectualmente es vástago de todas las confluencias que acabo de señalar. De ahí me viene ese navegar por la madre de la palabra y por la ficción. Soy uno más de los muchachos que comenzó debatiendo de poesía y realidad en los patios universitario.

¿Por qué salí del país? La verdad sea dicha con todas sus letras. Aparte de lo que señalé anteriormente, valga la pena añadir que salí del país para darme una vuelta europea. Y en esa vuelta sigo navegando. No soy un expatriado. Voy y vengo cuando se presenta la oportunidad.

  1. Una vez asentado en tu nueva residencia ¿te fue fácil la incorporación a la sociedad receptora?, ¿qué fue lo más difícil?, ¿aprender un nuevo idioma?, ¿hubieron problemas con migración/burocracia?, ¿trabajo?, ¿te sientes fuera de lugar?

Mis primeras experiencias de Europa fueron en Barcelona, una sociedad siempre en conflicto consigo misma, siempre en la indecisión de no saber si darle prioridad a la particularidad o la universalidad. Ahí convergimos sin ningún acuerdo Oscar Málaga, Tulio Mora, y yo. Meses antes se habían instalado en la capital española del Mediterráneo, Vladimir Herrera, Enrique Verástegui y Carmen Ollé. Vladimir ha sido desde que lo conozco un gran amante de la noche y la bohemia. E idéntico a como lo conocí en Lima lo encontré en Barcelona. Guiados por Vladimir descubrimos las vibraciones del “Celeste” y los penúltimos estertores de la “gauche divine”. Noches de bohemia y larguísimas conversaciones en las calles del Barrio Gótico, en los patios de la iglesias, en los bares. Del mismo espíritu está hecho Óscar Málaga. Así y todo, conseguimos salir hacia Madrid. ¡Madrid! ¡Madrid! Me acuerdo perfectamente que los poetas Galvarino Plaza y de Félix Grande nos ayudaron a realizar gestiones para una eventual beca. Reuníamos las condiciones pero carecíamos de paciencia. Desde allí me di el salto a Francia y en París me encontré con muchos amigos que había conocido en Lima. Sin orden ni concierto casi toda mi generación había convergido en la Barrio Latino. Y allí inicié el descubrimiento de los altillos abandonados por la servidumbre. Allí aprendí a sobrevivir a salto de mata en la noche del Barrio Latino al tiempo que me nutría de antropología, música, cine, contracultura y política.

¿Queda algo de ese París? Claro que sí. Queda toda la belleza. Queda esa rosa urbana en medio del silencio de sus jardines y la algarabía de sus calles. Es cierto por tanto que muchas cosas han cambiado. No sólo Paris, Europa, el mundo en general ha asistido al surgimiento de otros polos generadores de estéticas revolucionarias, de propuestas sociales, de invenciones científicas e ideológicas. La caída del Muro de Berlín acabó con el mundo bipolar heredado de las guerras europeas. Ahora todos estamos confrontados ante lo multipolar, pese a los brotes de hegemonismos económicos e ideológicos. Tenemos ante nosotros las amenazas de los particularismos religiosos y lingüísticos, de los nacionalismos abstrusos, en detrimento de lo universal. Admitamos sin embargo que la misma Europa ha sido una de las principales creadoras de la multipolaridad en la que ahora vivimos. Admitamos también que perdura ese afán innovador, que no es poca cosa. Basta con quedarnos parados un cuarto de hora en cualquier parte de la ciudad para darnos cuenta de este fenómeno. Y de la enorme belleza urbana.

En París, contemplando innovaciones y bellezas, me enamoré, me casé y me enraicé. Regresé a la enseñanza y profesionalmente no me volví a mover de ahí. En esas condiciones comencé a escribir Finibus Terrae cuya célula madre Temblando en las Arenas de Lutecia publicó Antonio Claros cuando todavía él vivía en Madrid. En los meses iniciales de mi vida en París, por intermedio del poeta Armando Rojas –otro que tenemos en el olvido–, conocí a Claude Couffon, el traductor de Vallejo y Martín Adán entre otros. Couffon fue un caso muy curioso dentro de la poesía francesa contemporánea. Había traducido e introducido en el mundo del libro francés no sólo la poesía de García Lorca sino también la de Miguel Hernández, la de Rafael Alberti, la de Blas de Otero, la obra narrativa de Miguel Ángel Asturias, la ambición de Pablo Neruda y los cantos de Nicolás Guillén, entre otros. En las reuniones con Armando y Couffon saltó ante mis ojos la evidencia de que el personaje era dueño de un afilado sentido del humor, capaz de convertir en ángel al más pintado de los diablos. Desde entonces compartimos innumerables Talleres de Traducción en diferentes localidades de Francia, e incluso algunas aventuras de edición. Ahí me compenetré con la traducción. Hablo de esto porque el ejercicio de la traducción nos otorga una visión más rica del fenómeno literario. Tanto o más que el propio extrañamiento de la sociedad de origen. Así y todo, soy totalmente consciente de que mi alejamiento del país marca un punto de bifurcación entre la poesía escrita mientras vivía dentro y la materializada alejado de la sociedad peruana.

En París también me empeñé en la experiencia de crear una urbe amazónica: Mayushín, un espacio real e imaginario en que el convergieran los personajes con los que yo me hice al mundo, un espacio en el que se recreara la mitología amazónica y su entroncamiento con la modernidad. Así terminó cuajando El árbol de Sodoma. Me resulta ahora evidente que si durante los cuarenta años que vivo fuera del Perú he sobrevivido, ha sido gracias a la escritura. Escribir y escribir para sobrevivir. Así también nació Vallejo y la célula non plus ultra. En nombre, dizque, de la razón, los teóricos puros y duros, e incluso los blandos, se han opuesto a la poesía provocando la fractura entre novela y poesía. Sólo los novelistas alejados de la poesía, pretenden esos “pensadores”, se enfrentan con la realidad y son dignos de ella. Enceguecidos por la “razón” no son capaces de entender que la barbarie totalitaria y financiera se asienta en la carencia de poesía. En esa ambición de poesía y narrativa llegó al mundo El Alucinado. Mucho más que cualquier situación política, el equilibrio o el desequilibrio de los mercados, la ausencia de poesía es el ataque más radical contra el género humano. La operación verbal, como yo la entiendo, apunta hacia la creación de melodías, acuarelas, ritmos, prototipos humanos, caracteres, personalidades, capaces de amar, soñar, gozar o sufrir en el universo generado por la palabra. ¿Poesía y novela en el mismo combate? Pues sí. Se trata de combatir la tontería germinal que pretende oponer al poeta “soñador” contra el escritor o el intelectual “comprometido” en la búsqueda del milímetro de oxígeno necesario para la supervivencia en la tierra.

Aquí, en Francia, he conseguido verdaderos amigos, como Claude Couffon, de quien aprendí los desafíos de la traducción. Aquí conocí a Claude Michel Cluny quien puso en marcha la colección Orphée de poesía bilingüe, en todas las lenguas del planeta, dentro de la que incluyó mi poemario Lienzo escrito. Y, claro, la amistad del poeta Yves Prié, director de la casa editora Folle Avoine, dispuesto a publicar toda mi poesía.

  1. La decisión del viaje ¿la hiciste pensando que tendrías más tiempo para escribir, pintar?, ¿ha habido cierto florecimiento en tus quehaceres artísticos tras la salida?, ¿la distancia fue buena para tu labor artística?

No necesito muchas cosas materiales para escribir. Salvo tiempo. Buscar tiempo y conseguirlo ha sido, en realidad, la verdadera batalla. Y en esa confrontación apareció la hasta entonces postergada necesidad de la creación narrativa. La narrativa, como sabes, te exige tiempo y paciencia. Desde la primera juventud he vivido con la idea de escribir la novela que al mismo tiempo se iluminara con las cosmogonías de los pueblos oriundos y cerrara con el ciclo de las aventuras rurales. No volver a encarcelar a los indios como las únicas víctimas de la explotación cauchera. Trasladar a quienes habían concebido las cosmogonías originarias hacia la urbe. En las urbes calcinadas de la Amazonía estaban los seres de carne y hueso cuyas aventuras cósmicas y terrenales, cómicas y trágicas, pintorescas y cotidianas, algunas veces excepcionales y en otras ruines, yo pretendía recrear. Ese anhelo de no anclar las historias en el paisajismo vendría a ser con el correr del tiempo El Árbol de Sodoma. En la entrega del 2007 el árbol resultó demasiado frondoso. El árbol tenía demasiadas fibras, muchas hojas, algunas plantas parásitas y, por lo mismo, ciertos frutos poco visibles. Aun así dicha edición se ha agotado y ante la propuesta de volver a editarla, decidí corregir el tiro. En 2013, gracias a la Editorial Summa, la novela volvió a su concepción primigenia, un tríptico habitado por la ambición de un retablo sagrado: Un Buick de alerones cromados, La Compañía del Alto Putumayo, Nadie escucha el canto. Cada segmento, cada cuerpo, es independiente, pero hay hilos internos que los unen. En cada uno, el personaje masculino es el mismo. Y en cada uno el personaje femenino también. Son seres que van mutando por los efectos de la vida. Van mutando ellos y los personajes que los rodean dentro de los escenarios en los que se mueven: Lima, Iquitos, Mayushín, Madrid y Barcelona. Pero el escenario fundamental es Mayushín, tierra del diablo, en lengua shipiba. En el fondo subyacen las diferentes versiones del sacamantecas y sus implicaciones en el sombrío caso del tráfico de niños. En el fondo del conjunto resuena la voz del Yobe shipibo, es decir del maestro de ceremonias en los rituales shamánicos.

Todo esto a propósito de si la distancia es bueno para la creación artística.

  1. ¿Cómo percibes a la Amazonía desde tu nuevo lugar de residencia?

Creo que es uno de los más grandes espacios del planeta donde perviven sabores todavía no mundializados. ¿Te imaginas lo que podría dar como resultado una zarapatera a orillas del Ródano? O, si prefieres, a orillas del Tajo. Pero al margen de esa ilusión hay que admitir que la Amazonía está en peligro. Si bien es cierto que el futuro no espera para darnos sorpresas, también queda en claro que la población sí espera de sus dirigentes e instituciones proyectos concretos que generen empleo, que protejan los recursos, que generen ilusiones. Y eso, de momento, no se ve ni entre los dirigentes amazónicos ni entre los dirigentes nacionales. Y como prueba de esa carencia de liderazgo de cara al porvenir es lo que está ocurriendo en las zonas de influencia del oleoducto. No faltan sin embargo quienes sostienen que el asunto amazónico es un fenómeno de moda, como el ecologismo.

Me da risa la expresión. A mí no me preocupan las modas. Hay intelectuales que se han pasado la vida batallando por la Amazonía porque ella está en peligro. Si mal no recuerdo el único momento de mi vida en que la moda fue una preocupación para mí fue durante la adolescencia. Yo también he sido un adolescente cojudo como muchos, y no me ufano, pero como provengo de un sector social asediado por la pobreza nunca pude ponerme al día y, tal vez, de ahí emerja mi desdén por las modas. Mi preocupación por la Amazonía tiene que ver con el porvenir.

Ahora, en este momento, mañana, y en el horizonte del tiempo, la Amazonía está en peligro. Hay que tomar el asunto muy en serio. La Amazonía ha sido el pasto de la codicia desde siempre. En pos del oro se han realizado las mayores masacres en la Amazonía. En pos del oro amarillo. En pos del Oro verde: las maderas. En pos del oro negro: el caucho y el petróleo. En pos del oro blanco: la cocaína. Siempre movidos por la misma angurria: la codicia.

En la actualidad, las partes altas de la Amazonía, donde nace todo, están en peligro. Ahí tenemos el caso de Conga cuyo desarrollo pone en peligro la contaminación de las fuentes acuíferas no solo de la localidad, también de esa vertiente oriental de los Andes. Por Madre de Dios pasa la Carretera Transoceánica: Río Branco-Puerto Maldonado-Ilo. Esa mega-carretera une el mercado brasileño con el gran objetivo que es el mercado asiático. Y viceversa. En medio se halla el Perú y sus puertos marítimos, como un sánduche, sin industrias, sin centros de servicios, tan solo con la esperanza de vender queso fresco, papas y choclos a los transeúntes. Y otra vez la hemorragia de cazadores de fortuna que no dudan en destruir las fuentes de vida para conseguir unos cuantos miserables gramos de oro.

No se crea que por lo que señalo yo sea un regionalista ultramontano, un ecologista rabioso o algo así. Yo vivo nutrido por la idea de una Amazonía como la casa de todos. Esa es la Amazonía que yo quiero que perviva en mi. Y desde ahí, mirar hacia el futuro, un  futuro diferente a la pesadilla que se anuncia si como ciudadanos no tomamos consciencia de los peligros, si nuestros dirigentes no actúan para controlar la situación, si nuestros políticos no toman las decisiones pertinentes. Permanecer atentos ahora para evitar las calamidades anunciadas es parte de nuestra responsabilidad. Es responsabilidad de todos los amazónicos, no sólo peruanos. Es responsabilidad de todos los políticos, no solo peruanos. Es un desafío mundial.

No podemos seguir pensando en megas ciudades como Pucallpa o Iquitos, sin librerías donde adquirir por lo menos los libros que publican los ahí residentes. Sin bibliotecas. Sin autoridades que piensen en promover una verdadera ingeniería cultural. El destino amazónico pasa por una nueva concepción de la ruralidad en la que las pequeñas ciudades estén interconectadas, en los servicios de salud, transporte, educación, seguridad. Y el desarrollo socio cultural pasa a su vez por la emergencia de muchos ingenieros culturales capaces de conectar y activar esos diferentes mini polos de promoción cultural.

Ahora como en la época de la explotación cauchera, existe, sin duda, una reducida elite amazónica que milita y lucha por sustituir la mentalidad depredadora orientada a asegurar el ingreso del gran capital en la región a expensas de la vida de los más pobres. Esas élites no están en contra del gran capital, o eso espero. Están en contra de la carencia de normas que regulen dichas inversiones. Diría, para ser más estrictos, que existen unos cuantos líderes junto a algunos científicos sociales muy conscientes de la vulnerabilidad de los pueblos oriundos, tanto en el uso de sus propios recursos naturales como de su autonomía.

Es verdad que el avance de las necesarias vías de comunicación para la implementación de una nueva ruralidad no pasa necesariamente por más carreteras o vías férreas. Hace falta pensar en los corredores fluviales, es decir una implementación de puertos que faciliten la intercomunicación, es decir concebir una red de trasporte fluvial que no convierta a los ríos en botaderos de basuras. Hacen falta políticas de saneamiento de los cursos fluviales, así como la implementación de sistemas de vigilancia de la extracción forestal en orillas de los ríos, en las cabeceras y, sobre todo, en las nacientes. Los ríos constituyen la esencia misma del mundo amazónico y el sistema fluvial es el soporte de su desarrollo sustentable.

Pero el amazónico urbano en particular no está mirando hacia el mismo horizonte: el anhelo de una modernidad carnavalesca los tiene deslumbrados. No sé hacia dónde miran las poblaciones ribereñas o las de los hacinamientos periurbanos; sumidas en la pobreza, el horizonte se vuelve corto y las mantiene ajenas a las perspectivas de la nueva ruralidad, aun cuando ellos son y serán sus reales protagonistas. La idea de la ciudad los tiene embrujados. Junto al problema de la desnutrición de la infancia indígena, hay que reformar de manera frontal el sistema educativo y sanitario para protegerla de la explotación sexual, laboral, abandono y suicidios. Al mismo tiempo que los grandes discursos ecologistas, las organizaciones indígenas también tienen la obligación de proponer estrategias alternativas de un desarrollo generador de puestos de trabajo en las diferentes localidades.

Todos o casi todos estamos convencidos que no es suficiente una oposición “militante” ante los proyectos de desarrollo local venidos de la inversión extranjera. Constructivos y dialogantes, claro que sí, pero no opositores por sólo oponerse.

¿Te acuerdas de las llamadas Cumbres Amazónicas? Se realizaron entre el 2008 y el 2009, cada una en diferentes ciudades amazónicas justamente para debatir entre los representantes de diversas organizaciones sociales de Loreto, Huánuco, San Martín, Ucayali, Junín, Pasco y Ayacucho, el proyecto de ley conocido como la Ley de la Selva, fomentado por el autor del llamado “Síndrome del perro del hortelano.” En dichas cumbres salieron a luz los propósitos ocultos de dicho paquete legislativo: privatizar el bosque. ¿En qué ha terminado todo eso? No sé promulgó dicha ley. ¿Una gran victoria? ¿Qué ha surgido en vez de eso? Nada. Absolutamente nada.

Todas las ciudades en las que se llevaron a cabo las Cumbres Amazónicas, y otras más pequeñas, están marcadas por una fuerte ruralidad. En dichas regiones o zonas hay asentamientos que se relacionan entre sí y con el exterior, y en los cuales interactúan una serie de instituciones, públicas y privadas. El ejemplo más evidente es el corredor de las carreteras que salen de Tarapoto hacia Chachapoyas y la que va a Yurimaguas.

Dichos nexos son evidentes incluso en la esfera de las creencias y de las costumbres; por ejemplo, una idea generalizada hasta hace poco era que los Chullachaquis se valían de una serie de artimañas para extraviar en el fondo del bosque a los cazadores y madereros. Ahora, se dice, que esos chullachaquis se han trasladado a las urbes y allí siguen haciendo de las suyas dentro de los aparatos administrativos y judiciales; allí cohabitan entre los nativos de todas y cada una de las etnias amazónicas reconocidas en el Perú, allí se vuelven mestizos y llegan a los gobiernos regionales, algunos de ellos también para saquear las arcas públicas.

En la Cumbre de Yurimaguas y en la de Tarapoto se rechazó el objetivo del gobierno de privatizar el bosque y afectar el patrimonio nacional estratégico, violando derechos de comunidades nativas y andinas, tierras de agricultores y subastando la soberanía nacional, las reservas de petróleo y gas, los recursos forestales, agua, biodiversidad y servicios ambientales. En la última de estas cumbres se analizó el proyecto de Ley Marco de Desarrollo Sostenible de la Amazonía que abría, según los organizadores, una nueva oportunidad histórica para el desarrollo económico, político, social y ambiental de la Amazonía. ¿Qué ha pasado con esas propuestas?

En medio de dicha cumbre estallaron las balas en La Curva de Diablo. ¿Ha fracasado por eso la idea de engendrar una representación política indígena en los diversos niveles estatales? ¿La confrontación entre los diferentes estratos de la sociedad peruana en desiguales relaciones con los “patrones”, es una invariable en nuestra historia? ¿Los líderes de AIDESEP sometidos a procesos judiciales terminarán hundidos en el olvido como Jum de Urakuza, el héroe aguaruna de La Casa Verde? Evidentes similitudes entre la realidad y la ficción. Los personajes. Los escenarios. Las Instituciones. La violencia política del Perú.

  1. ¿Qué más te gustaría destacar sobre esta experiencia?

Las experiencias personales en literatura y en arte en general son totalmente individuales. ¿Nos ha servido de algo la experiencia del Inca Garcilaso en términos sociales? ¿O la experiencia de Vallejo? Hasta entonces o quizá hasta la generación de Vargas Llosa y Scorza se podía hablar de una línea de continuidad en la literatura peruana escrita dentro y la escrita fuera del país. Después de lo que he señalado con relación al terrorismo “blando” impuesto Morales Bermúdez y el terrorismo “duro” senderista, tengo la impresión que esa línea de continuidad se ha roto. En Lima y en el resto del país no hay sitio para los escritores y artistas que vuelven. Eso, a su vez, en realidad confirma que cuando nos fuimos lo hacíamos consciente o inconscientemente porque no respirábamos como queríamos en el espacio estrecho que nos dejaban.

París, febrero del 2016.

Ana Varela

Foto: Ted Merkel

“Migrar era, en esencia, una forma de sentirme libre y ejercer un derecho humano”

 

Nació en Iquitos, Perú. Integra con otros escritores el Grupo Cultural URCUTUTU de esta ciudad. Fue becaria del Programa Aschberg para artistas de la UNESCO en Mishkenot Sha’ananim, Jerusalén, en 1996.  Con su libro Lo que no veo en visiones (Ediciones Copé, Lima 1992) obtuvo el Primer Premio de la V Bienal de Poesía Premio Copé. Publicó los libros de poesía Voces desde la orilla (Urcututu Ediciones, 2000) y Dama en el escenario (Editora Regional, 2001). Emigró a los Estados Unidos en 2002 y estudia en el programa de doctorado de Literatura Latinoamericana en la Universidad de California, Davis. Sus poemas fueron incluidos en la antología En tierras del cóndor (2014) que reúne trabajos de poetas de Colombia y Perú. Una muestra de sus poemas se publicó en revistas de poesía en los Estados Unidos, entre ellas, Diálogo, The Dirty Goat, Literary Amazonia, Amazonian Literary Review y Lucero.

 

  1. La decisión de iniciar un viaje tiene una doble connotación. De una parte, está quien inicia el viaje pero retorna, digamos, es el viaje en la versión moderna. Y la otra, quien una vez que está fuera no vuelve, sería la versión posmoderna del viaje, ¿en qué tipo de viajes te hallas?

En 2002 empecé mi exilio voluntario. En mi caso no fue difícil aunque a veces puede ser problemático, forzado, doloroso y hasta involuntario. Mi esposo y yo  decidimos la iniciar la odisea. Él iba a regresar a su país y yo iba a iniciar una vida nueva. Mi Itaca iba a estar ubicada en una ciudad en el Anillo de Fuego del Pacífico. Y desde entonces, vivo en Berkeley, en el Estado de la República del Oso, California. La idea de emigrar siempre me había seducido, especialmente, desde mis viajes al extranjero. Mi permanencia por un tiempo fuera del país me había expuesto a otros rostros, lenguas, dialectos, geografías y contrastes. Migrar era, en esencia, una forma de sentirme libre y ejercer un derecho humano. Necesitaba ese éxodo. No sé si regresaré, pero siempre es una posibilidad. Dependerá de las circunstancias porque he cambiado como ha cambiado el Perú también. Quizás esa versión posmoderna de viaje es la que más se ajusta a mi vida hoy. El no retorno tampoco es definitivo. Hay otras formas de retornar, o mejor, de seguir viajando.

  1. Teniendo en cuenta que esta decisión de la partida colisiona, muchas veces, con el capital simbólico (como es el caso del reconocimiento local en tu lugar de origen, relaciones sociales, amigos/as), la decisión de liar los bártulos y salir de la selva ¿te fue fácil?, ¿la expatriación obedeció a motivos personales, económicos o políticos?

 

No fue fácil. Mudarme a California implicaba un desafío en todos los sentidos. Sabía que en Estados Unidos tenía que empezar prácticamente de cero porque antes de emigrar, tenía casi todo en el Perú: mi familia, amigos queridos, trabajo, cierto reconocimiento como escritora y profesora de la UNAP, etc. Pero las posibilidades de trabajar como profesora de español y literatura eran reales. Por otra parte, podía ser parte de una comunidad de emigrados de países de habla hispana. Y saber esto me ayudó para la transición. Mi castellano se transformó en una versión del “español” de Estados Unidos de la noche a la mañana. Pero esa adquisición léxica y/o nuevos giros enriquecieron mi perspectiva de la comunidad lingüística en California y de la capacidad de difuminación de los idiomas, especialmente del castellano. Escuchar mi lengua materna en mi nuevo hogar era un amortiguador para contrapesar los golpes de una lengua extraña que martillaba mis oídos. El español me adhería a una comunidad donde muchas culturas confluían en un crisol  de contradicciones y (des)encuentros. Pero el inglés me abría caminos para explorar otras realidades tan diversas como enriquecedoras.

 

  1. Una vez asentado en tu nueva residencia ¿te fue fácil la incorporación a la sociedad receptora?, ¿qué fue lo más difícil?, ¿aprender un nuevo idioma?, ¿hubieron problemas con migración/burocracia?, ¿trabajo?, ¿te sientes fuera de lugar?

Había sombras, pero veía una luz al final del túnel. Lo más difícil fue el interminable proceso de asimilación. Desde el arribo al aeropuerto internacional supe que mi lengua materna no sería suficiente en un país cuyo segundo idioma más hablado es el de Cervantes. Empecé a tomar clases de inglés y a usarlo en todas las circusntancias posibles. Nunca tuve problemas con la oficina de migraciones. Lo más importante era que mi tarjeta de residente y seguro social me daban derecho al trabajo. Lo único que no podía era votar en las elecciones. La burocracia tampoco fue parte del problema. Mi primer problema fue que mis trabajos (a tiempo parcial) no me ofrecían un seguro de salud.  Enfermarse en este país cuesta un ojo de la cara aunque hay mejoras en el sistema con el gobierno de Barack Obama. Y el segundo problema era la adquisición del inglés. Para mantener mi  sanidad y lucidez necesitaba ser fluida en inglés, gozar el sentido del humor, reír como lo hacían los demás, entender a mis amigos, colegas y mi familia. Pero poco a poco fui entrando al círculo social y me he familiarizado con eso y más, con los trenes, el metro, las líneas de bicicleta, mapas, cafés, mercados, etc. etc. Aquí como en Iquitos he encontrado variadas maneras de no sentirme fuera de lugar, de no sentirme de alguna manera desterrada, y eso lo atribuyo a mi capacidad de sobrevivir como toda buena amazónica. ¿Acaso no somos desterrados en nuestra propia patria?

  1. La decisión del viaje ¿la hiciste pensando que tendrías más tiempo para escribir, pintar?, ¿ha habido cierto florecimiento en tus quehaceres artísticos tras la salida?, ¿la distancia fue buena para tu labor artística?

En 2002, al emigrar no pensé si tendría más tiempo para escribir. Después de todo, en Iquitos no tenía suficiente tiempo para hacerlo, especialmente cuando trabajaba para la universidad como profesora (alternando con trabajos administrativos) y luego en el ex Instituto Nacional de Cultura. La burocracia, la política y la enseñanza ocupaban gran parte de mi tiempo. Cuando llegué a California, pensé que lo más importante era encontrar un trabajo, aprender inglés, ajustarme a las nuevas reglas y leyes. Extrañaba escribir, sí, pero tenía una agenda inmediata, prioridades en mi nuevo ambiente, y no morir en el intento. Sin embargo, esta odisea de aprender una lengua y familiarizarme con culturas nuevas no me alejaron de la literatura. Tomaba clases de literatura en español y leía por placer. Habían pasado casi diez años hasta que decidí escribir un libro pensando todavía en la Amazonía. Está casi terminado y espero que se publique este año. En general, no fue la distancia geográfica lo que influyó en esta demora. Yo estaba distraída, aprendiendo, meditando, llenando mi cabeza de nuevas cosas. Seguía siendo una desterrada pero eso no me definía ni me desalentaba. Cuando trabajaba como tutora de español en Berkeley City College, decidí postular a una escuela de postgrado. En 2010, cuando pasé los exámenes de inglés y teniendo los requisitos y documentos empecé una maestría en literatura y me envolví en otras lecturas que me acercaron a América (Latina) y a la Amazonía. Y me siento bien porque estoy logrando que se me publique, escribiendo una tesis doctoral, cuidándome más para envejecer con gracia y con algo de sabiduría. De paso y a donde voy, llevo puestos mis imaginarios lentes cóncavos y convexos que alterno en cualquier lugar para ver el mundo desde diferentes ángulos.

  1. ¿Cómo percibes a la Amazonía desde tu nuevo lugar de residencia?

La percibo como señala  el crítico literario, Pedro Maligo, quien al referirse a la representación de la Amazonía en la literatura de Brasil concluye que es “a land of metaphorical desires”, una tierra de deseos metafóricos. Esta representación amplia con sus matices  ha sido y es externa, focalizada en un imaginario construido por quienes no viven en ella. Lo ajeno se apropia de lo local y lo devora. Es la metáfora de los deseos de otros que más se ha difundido en la Amazonía. Hemos leído y visto esto en las páginas de los cronistas europeos, exploradores y expedicionarios,  científicos, etnógrafos,  la mirada centralista de los gobiernos del Estado-Nación. En la Amazonía como “zona de contacto” aún predominan los “ojos imperiales de la literatura de viajes y transculturación”, tomando prestadas estas ideas y  conceptos de Mary Louise Pratt. Estos ojos se clavan en los bosques, ríos y subsuelo con  un deseo colonial de poseer y controlar sus recursos. El Dorado, el paraíso mítico, el infierno verde, el pulmón del mundo, la maravilla del mundo, etc. no son más que representaciones que ocultan una inequidad y conflicto permanente. Los gobiernos nacionales y regionales no hacen más que perpetuar estas metáforas en sus discursos oficiales.

  1. Qué más te gustaría destacar sobre esta experiencia.

 

Que nunca es tarde para aprender y reinventarse. El reciclaje personal se puede hacer en cualquier lugar. Eso lo aprendí de mi abuela Ana quien, siendo aún adolescente, escapó de las correrías del Putumayo y reinventó su ciudadanía en Iquitos siendo huitota. Y lo aprendí de mi padre quien se reinventó como mestizo amazónico hijo de español y huitota en el Iquitos post-cauchero. Y finalmente, la gran enseñanza de mi madre quien a la muerte de mi padre, decidió terminar su secundaria y graduarse en la universidad como docente. ¿Por qué yo no podría reiventarme en otro lugar y en otro tiempo?


 

Rafo Díaz

 

 

Foto: Steven LeVourch

 

“Siempre supe que me iría, a pesar de adorar el Amazonas desde pequeño soñaba con irme y conocer el mundo”

Rafo Díaz (Iquitos – Perú. Marzo, 1971). Soy narrador de historias escritas y orales con varios libros publicados así como espectáculos en repertorio. He participado en diversos fórum, ferias de libro, encuentros y festivales de teatro y narración en diferentes países alrededor del mundo. En el año 2004 fui ganador del Tercer premio internacional de narradores orales en el 10º Festival Iberoamericano de Cuenteros en Colombia.

También soy actor formado en la escuela de Ikaro Teatro durante 4 años y artista plástico, he realizado nueve exposiciones individuales de pintura en el Perú, Nicaragua, Mozambique y los Estados Unidos. En el año 2000, fui ganador del Primer Premio del Salón de Arte Amazónico durante la II Bienal de Arte en Lima – Perú.

He publicado 11 libros de cuentos, algunas en versiones trilingües entre el Perú y Mozambique. Radico en el continente africano desde hace 11 años, tres años en Camerún y los últimos ocho en Mozambique en donde desarrollo proyectos de narración oral, animación a la lectura y espectáculos de teatro y cuentos en los diversos escenarios y centros culturales de la ciudad de Maputo. Fui invitado a escribir historias para el Informe Anual de UNICEF Mozambique en el 2014.

  1. La decisión de iniciar un viaje tiene una doble connotación. De una parte, está quien inicia el viaje pero retorna, digamos, es el viaje en la versión moderna. Y la otra, quien una vez que está fuera no vuelve, sería la versión posmoderna del viaje, ¿en qué tipo de viajes te halla?

Si nos referimos a Iquitos siempre está el sueño de volver, como cualquier “Charapa” soy muy ligado a mi tierra y a pesar de los años en los que he estado fuera, todavía sigo inspirándome en la grandeza de su rio, en la vida de su gente en el interior de la selva y en sus paisajes que me hacen “lagrimear” de solo recordarlo. Infelizmente la poca o nula vida cultural no es muy alentadora como para posibilitar un retorno, eso sin contar que tengo una familia, hijos y una esposa profesional que también necesitaría encontrar su lugar, probablemente estoy en la etapa postmoderna del viaje, o al contrario del personaje de la tira cómica del diario La república, “el hombre que no podía irse”, yo sería “el hombre que no podía regresar”.

  1. Teniendo en cuenta que esta decisión de la partida colisiona, muchas veces, con el capital simbólico (como es el caso del reconocimiento local en tu lugar de origen, relaciones sociales, amigos/as), la decisión de liar los bártulos y salir de la selva ¿te fue fácil?, ¿la expatriación obedeció a motivos personales, económicos o políticos?

 

Siempre supe que me iría, a pesar de adorar el Amazonas desde pequeño soñaba con irme y conocer el mundo, leía mucha historia universal y me dejaba llevar por las historias de los mundos vikingos, de los guerreros hititas, leí mucho sobre la vida de Gilgamesh el inmortal y tenía historietas sobre mitología griega y romana que leía y releía una y mil veces. Soñaba en conocer esos lugares y algún día ser yo quien crease historietas basados en esos personajes. Sabía también que para eso tendría que abandonar Iquitos, cuando me fui, tenía ganas de crecer profesionalmente como artista: como actor, como contador de historias, como pintor; lo quería hacer todo y buscaba el tiempo para ello, tuve mucha suerte y encontré gente creativa con quienes aprendí mucho, también hubo mucha gente apoyándome, empezando de mi familia.

 

No sé si soy conocido en Iquitos, ha pasado mucho tiempo desde que me fui y tampoco creo que haya hecho algo verdaderamente significativo, hay mucha gente reconocida en Iquitos viviendo en la miseria, así que no es lo que realmente me preocupa. Digamos que también he recibido decepciones y rechazos pero creo que eso es parte de la vida, esas decepciones y esos rechazos son parte del combustible de mi creatividad. Sé que soy un friki, un solitario, me gusta mi vida en familia y tengo pocos amigos. Sé que acabaré encontrando mi lugar en algún sitio.

 

  1. Una vez asentado en tu nueva residencia ¿te fue fácil la incorporación a la sociedad receptora?

Digamos que en cada país donde me ha tocado vivir en estos últimos años he tenido la suerte de encontrar gente que gustaba de mi trabajo creativo y que me invitaron a formar parte de sus actividades artísticas. En Nicaragua, en Camerún y en Mozambique, tuve la suerte de encontrar amigos con quienes habíamos coincidido en otros lugares y que sabían de mi trabajo y no tardaron en ponerme en contacto con productores y curadores de arte. Esto facilito mi estadía inmensamente.

¿Qué fue lo más difícil?

Acostumbrarme a ciertos hábitos que han llevado mis niveles de tolerancia a puntos que no conocía.

¿Aprender un nuevo idioma?

Digamos que me resulta más fácil sobrevivir en portugués que en francés.

 ¿Hubo problemas con migración/burocracia?

Inevitable, si quieres vivir en un país africano debes saber que la burocracia es igual o peor que en nuestros países.

¿Trabajo?

No me puedo quejar, desde que he llegado a Mozambique he trabajado con diversas organizaciones internacionales como UNICEF, MSF- Suiza, la Universidad Eduardo Mondlane, con la AECI y la Embajada de España, publicó mis libros con la Escuela Portuguesa y con una Editorial Mozambicana, además de hacer constantes exhibiciones de arte y presentaciones de cuentos en escuelas y teatros.

¿Te sientes fuera de lugar?

Me siento bien aquí, he conseguido ganar un público que consume mis productos pero sé que no pertenezco a este lugar y mis hijos ya están grandes, en algún momento tendremos que irnos.

  1. La decisión del viaje ¿la hiciste pensando que tendrías más tiempo para escribir, pintar?

La idea de venir a África fue de mi esposa y era originalmente para un año, en donde yo debía terminar los tres libros de cuentos amazónicos que publiqué el 2008, así como la de absorber todo lo que ofrece este continente, que a nivel de creatividad es simplemente fascinante e inagotable. Al final no solo encontré tiempo para escribir y pintar sino para muchas otras cosas.

 ¿Ha habido cierto florecimiento en tus quehaceres artísticos tras la salida?

Mucha, he crecido y he madurado no solo como persona sino como artista. No es fácil empezar de cero en cualquier país, menos enfrente de contextos culturales que son tan poderosos como los africanos. Pero creo que he sabido transmitir lo mío respetando lo que es suyo  y en su debido momento, he sabido dar el salto para incorporar lo suyo como lo mío.

 ¿La distancia fue buena para tu labor artística?

Llegado a este punto si, totalmente, si tuviera que volver a decidir de venir lo haría.

  1. ¿Cómo percibes a la Amazonía desde tu nuevo lugar de residencia?

Siempre será el lugar maravilloso donde nací, pero de cuando en cuando entro a la web para leer noticias sobre la Amazonia y sé que cada día es más difícil para sus habitantes, sé que algunas cosas no cambian y es inevitable no sentir angustia y hasta cierta frustración.

  1. ¿Qué más te gustaría destacar sobre esta experiencia?

La importancia de salir, de atreverse a dejar el cascaron, los amazónicos somos tan ligados a la familia y a los amigos que es difícil alejarse, pero si tienes sueños y tienes ganas de aprender profesionalmente, irte, conocer otros mundos, aprender de otras culturas es lo que te queda y si tienes suerte, encontraras el contexto y el ambiente propicio para desarrollarte.

***

Coda a un dietario de viaje

 

La odisea postmoderna es aquella experiencia vital del viaje en la que no se vuelve al lugar de origen. Sin embargo, nos deja muchas huellas hechas por sus propios protagonistas. Esta vez tenemos un piélago que abarca tres continentes: Europa, América del Norte y África. En verdad, una cartografía muy grande de las nuevas líneas de frontera de la floresta. Estas entrevistas son una primera fotografía que nos permite escrutar sobre los creadores amazónicos fuera de ella, de su hábitat. El primer momento trata sobre la decisión del exilio. Para unos era una opción voluntaria, para otros, es el ejercicio de un derecho humano o una opción aliñada por los motivos personales de la partida. A partir de ahí, cada uno pergeña su propio camino. En un segundo momento, se aprecia la recepción del país donde se ha inmigrado, quehacer que la mayoría de las veces no es fácil pero donde se aprende. Se advierte también que las situaciones difíciles no son un obstáculo para ellos y ellas, por el contrario, espolean su espíritu, no se doblegan. Además, los que han partido en este viaje tienen como signo en común que su lugar de origen, muchas veces, no resulta un lugar incómodo para la labor creativa. Intuitivamente son como las ranas que tienen que migrar cuando el clima se vuelve hostil. Esta es una primera aproximación de aquellos artistas que viven en el exilio y que nos muestran un lado diferente, y más ancho, de la Amazonía.

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