Stonehenge

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Cuando uno evoca un bien cultural arquitectónico, por lo general, se te viene a la cabeza que esté mínimamente cuidado y alejado del mundanal ruido. Es un cumplido a los ancestros, es un rasgo de cultura a preservar, un hito de los que somos ahora. Pero esa idea es una sacralización que la realidad nos puede devolver con una zancadilla a nuestras ilusiones. Muchos de los bienes culturales, más si son declarados patrimonio cultural de la humanidad, andan un poco entre ruinas, con amenazas de pasar carreteras muy cerca, la construcción de hoteles entre otros monstruos y quimeras que alimentan los políticos de turno. De cuando en cuando hay amenazas así sobre Machu Picchu, de algún paraje de la floresta -en Brasil el gobierno había dado luz verde para la deforestación de una parte de la Amazonía, en Loreto (Perú) el gobierno regional con alegría negligente habla de construir carreteras a lo largo y ancho de la floresta. O de construir hidroeléctricas no para el beneficio local sino para producir electricidad y vender a otros países-. Esas ideas tan aberrantes y retorcidas no sé de donde lo sacan, pareciera ser el pensamiento retorcido de algún ingeniero del mal, de cuernos y tridente. Hace poco miraba la foto de Stonehenge, los famosos dólmenes situados cerca de Amesbury, en el condado de Wiltshire, Inglaterra, a unos quince kilómetros al norte de Salisbury. Es un antiguo testimonio pétreo de la humanidad. Es un legado no sólo para los ingleses sino para los humanos como los Centros de no retorno en África que nos señalan que la esclavitud de otros seres humanos no era el camino. Pero seguía viendo las imágenes de estos dólmenes y me resultaban realmente aterradoras y chirriantes. He escuchado testimonios de quienes estuvieron por ese legado de testimonio de la humanidad, señalan que escuchas como música de fondo el sonido de camiones y de coches a lo largo y ancho de las carreteras que pasan por allí- es una batahola de cuidado. Ese lugar idílico donde celebran el solsticio en el mes de junio en segundos deja de serlo. Hay una trampa que oscurece la fotografía de postal. Cuando nos presentan las imágenes de este celebrado lugar obvian lo que hay alrededor. Muy cerca están construidas carreteras y el tráfico es muy fluido. Pasa el transporte de alto tonelaje y al fondo se puede observar esos vestigios de cultura ¿es una metáfora del desarrollo que queremos?

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