Shipibos en la selva de la ruin politiquería

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En julio del año 2000, con ocasión de la Marcha de los 4 Suyos, organizada por Alejandro Toledo, un grupo de 15 familias shipibas, aproximadamente, llegaron a Lima para apoyar aquella movilización contra el gobierno de Alberto Fujimori. Procedían de varios lugares, de Ahuaypa, Pauyan, Belén, Pachitea, San Francisco, de los márgenes del río Ucayali. Habían sido invitados por el entonces candidato presidencial opositor y su esposa Eliane Karp, y pagaban un sol por día de hospedaje. La promesa era que pronto volverían a sus lugares de origen.

Cuando Toledo llegó a la presidencia, el 2001, de un momento a otro, esas familias shipibas se quedaron sin el apoyo logístico. El traslado de las mismas a sus territorios había dejado de ser un asunto del nuevo gobierno, al parecer. La nueva primera dama persuadió para que les dieran un lugar, perteneciente al ministerio de Transportes y Comunicaciones, en el margen del río, frente al mercado de Flores del Rímac, invitadas como una suerte de “feriantes”. Se formó, entonces, la Ashirel, la Asociación de Artesanos Shipibos Residentes en Lima.

El lugar cedido estaba semi abandonado, destinado a ser un relleno sanitario. Dentro de ellos se construyeron sus viviendas, con tripley, a la intemperie, hacinado, con las condiciones mínimas de salubridad y sin servicios básicos, con baños públicos y a veces con el acopio de agua en pilones o cisternas para todo el lugar. Aquel fue el primer germen de lo que ahora es la comunidad shipiba de Cantagallo. Estas condiciones se han mantenido, con leves variaciones, hasta ahora.

La principal actividad de los shipibos es la producción de artesanías y pinturas. Son ellos mismos confeccionistas y vendedores de los trabajos que realizan, mayoritariamente de modo ambulante (por lo cual han tenido problemas a veces con los servicios de seguridad distrital). La iconografía básica del pueblo, llamada Kené, fue declarada patrimonio cultural inmaterial del país por la Unesco, es una de las más conocidas, complejas y sutiles del arte indígena amazónico.

Vivir en Lima no ha sido fácil para este grupo, que poco a poco ha crecido hasta extender su población a 265 familias. Las consideraciones de exotismo y los prejuicios han hecho difíciles las situaciones de asimilación y plena inclusión social y cultural. El sincretismo cultural permite, por ejemplo, que se siga escuchando el masha, canto shipibo tradicional, así como la cumbia y géneros musicales modernos. O que la mayoría de los adultos sean bilingües, pero que los niños de la comunidad solo hablen castellano en la actualidad, perdiendo paulatinamente la transmisión del idioma a través del linaje.

El Estado reconoce a Cantagallo como comunidad intercultural, y es la primera comunidad indígena establecida en Lima. Sin embargo, la pobreza, apatía y exclusión los habían colocado a ser vistos como unos pequeños ocupantes precarios, apartados a un lado.

Con la anterior gestión municipal, liderada por Susana Villarán, se planteó el proyecto Río Verde. Entre otras cosas, planteaba la reubicación de estas familias a un complejo multifamiliar en la zona de Campoy (la ribera del Rímac es zona intangible y por lo tanto no puede ser urbanizada). Además, se garantizaba la creación de este espacio como una forma de dinamización de su producción cultural y de encuentro con la ciudad para que esta los reconozca y valore como parte del mosaico de culturas y cosmovisiones que enriquecen a todos. El proyecto estaba a punto de ser ejecutado en su integridad.

Con la llegada de la gestión de Luis Castañeda, esta ordenó a la constructora del proyecto, dejar sin efecto el proyecto Río Verde. El dinero de ese fideicomiso se ha direccionado hacia la construcción de tres by-pass en las avenidas Arequipa, Arenales y Wilson.

De un porrazo, un espacio que estaba destinado, por presupuesto a recuperar un espacio público y a integrar a una población a otra es volado de un plumazo por la mano de Castañeda.

Los shipibos de Cantagallo, otra vez, se quedan a la intemperie, abandonados a u suerte, traicionados por una autoridad que aplica una revancha política para afectar a un gran grupo de ciudadanos.

Como si los shipibos, pueblo noble, importante, legendario no fuera más que un lastre.

Como si no fueran ciudadanos, o peor, como si fueran considerados ciudadanos de segunda categoría.

Triste y patético desenlace de las demandas de la comunidad de Cantagallo: sometidas a la selva demente de la ruin politiquería.

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