¡Repechaje en el país del Kiwi!

¡Repechaje en el país del Kiwi!

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Por: Moisés Panduro Coral

 

Fue un martes 2 de junio de 1970 cuando la selección peruana jugó su primer partido frente a Bulgaria en el Mundial de México 70, en el grupo que también conformaban Alemania Federal y Marruecos. En ese tiempo, la asistencia a la escuela era en doble horario, es decir, mañana y tarde. Durante la mañana, la conversación de profesores y alumnos era sobre el partido que Perú disputaría en la tarde.

La entrada en la tarde a la escuela primaria era a las 3 pm. Es decir, las clases colisionaban con la hora del partido. Todos estaban en sus aulas, pero la verdad es que los maestros se dedicaban a revisar libros o a escribir en sus agendas. Los alumnos tampoco estaban dispuestos a hablar de vida vegetal, ni de lenguaje, vida animal o religión. Los chicos solo hablaban de fútbol, todos se sentían émulos de Rubiños, Cachito Ramírez, del nene Cubillas, el cholo Sotil y Chumpitaz, el gran capitán, entre los más recordados.

En 1970, en mi tierra, no había televisor, ni siquiera en blanco y negro. Sabíamos que esa caja boba existía pero allá en la lejana, fría, creída y centralista Lima. La señal satelital era un sueño, como seguíamos creyendo todavía que era la llegada del hombre a la Luna el 20 de julio de 1969. Una antena de transmisión no estaba ni en nuestra imaginación. El único medio de comunicación por ondas hertzianas era radio Tropical de Tarapoto. Sin embargo, desde el otro lado de los andes, desde la capital de la República llegaba nítidamente radio Unión, una emisora que sintonizábamos obligadamente para escuchar el programa Pregón Deportivo que tenía unos locutores de primera como el legendario Oscar Artacho que narraba los partidos. Nos gustaba hasta la publicidad que hacían durante las transmisiones deportivas.

  • Oscar, te invito una lustrada, decía el locutor comercial.
  • Pero que sea con Kiwi, si no, no quiero nada, respondía Artacho.

La velocidad cambiante de la dicción según la jugada; el ritmo y el timbre de la narración, el énfasis puesto en las faltas; el tono y energía de la voz en el gol que es el objetivo supremo en el fútbol, se combinaba tan perfectamente con el sonido del ambiente en las tribunas, los silencios y las ovaciones en los momentos intensos de un partido, que hacía que nosotros vivamos el partido con gran intensidad. Oíamos, procesábamos y nos imaginábamos el recorrido de la pelota, las jugadas, los penales, las faltas, las voladas del arquero, las escapadas por las bandas, los despejes de cabeza, la barrida de los defensores, el dolor de un golpe. “Para golpes, músculos adoloridos y reumatismos, frotación Charcot”, decía el locutor comercial.

Dos días más tarde llegaba el periódico desde la Lima gris. Primero lo leía el viejo, por supuesto; nosotros leíamos después. Ser los últimos en leer el diario significaba tener dos ventajas: primero, porque nos permitía contrastar en la imagen como había sido esa volada de Rubiños, ese pase del cabezón Mifflin o ese despeje de Orlando de la Torre, y decir en el hondo de nuestro ser: ¡igualito como lo había pensado!; y segundo: porque podíamos recortar las imágenes de las mejores jugadas y pegarlas en la pared cercana a nuestra mesa de estudios. Así podíamos contemplarlas cuando queríamos para solazarnos con el fútbol y tratar de hacer lo mismo en un partido del colegio o del barrio.

Esa tarde, cerca de las 4 pm, llegó una orden del director de la escuela, el profesor Julián Marina Del Águila: se suspenden las clases. La algarabía fue general. No hubo formación para la salida.  Salimos de la escuela en desbandada total, corriendo directo a nuestras casas para escuchar el partido por la radio, ahí en la mesa de comer o en la sala.

Muchos años han pasado de este hermoso recuerdo de mi infancia. Y acaba de terminar el partido entre Perú y Colombia. Empatamos. Y ese resultado nos lleva a disputar nuestro cupo en Rusia 2018 en un repechaje ante Nueva Zelanda, un país de Oceanía, un continente extraño para nosotros. Yo estoy con varias copas de vino en mi organismo. Era justo y necesario para soportar este sufrimiento por ver a mi país nuevamente en un Mundial de Fútbol.

Debo cerrar este escrito porque me tomaré un par de copas más. Si sigo no responderé por lo que escribo. Sólo sé que soñaré con dos islas distantes, con Wellington, esa ciudad hermosa; y claro, con canguros, kiwis y ornitorrincos. ¡Arriba Perú!

 

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