Política y politiquería

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Política y politiquería

Moisés Panduro Coral

¿Hacer política es igual que hacer politiquería?. No. No lo es, ciertamente. Y no por una razón semántica simplemente, si no porque, aun cuando la pregunta suena a inocentada y a trivialidad, existe muchísima gente, sobre todo gente joven, que no ha captado aún la tremenda diferencia entre una y otra. He encontrado que a algunos les parecen palabras sinónimas, tal vez porque hay quienes se proclaman políticos pero en la práctica hacen politiquería, lo cual puede haber originado una confusión. Hay muchos, en cambio, que si bien es cierto rechazan la politiquería por nociva y demagógica, en tiempo de campaña terminan apoyando a politiqueros que hacen precisamente lo que ellos censuran. Y hay otros, a quienes el tema ni les va ni les viene, les da igual, “yo paso”, dicen.

Afirmar que la política es la ciencia y arte de gobierno, según lo concibieron los atenienses hace miles de años, suena, en nuestros días, a romanticismo. La política, en su concepción original es la de ciencia social, una ciencia que busca aproximaciones a la verdad, que abre el camino hacia la comprensión de lo real; una técnica que modela, esculpe, talla, pincela y compone los procesos humanos para el bien común; una rama de la ética que apresta al ser humano para actuar con decencia y servir a los demás. Todo esto, y más, definen la política como ciencia y como arte de gobierno.

¿Cuál de estos caracteres los tenemos en la politiquería dominante de nuestro tiempo?. Pues, ninguno, porque la politiquería es la negación de la política, es la antítesis en todos los tonos y estilos de la intención prístina de esta ciencia social, es en la práctica la privación de toda esa belleza teórica que debería encender de nobleza los actos de gobierno; es la tergiversación despótica de que los medios no pueden estar viciados, gangrenados, prostituidos para alcanzar el fin; es la versión opuesta e incompatible con el sentido de la participación ciudadana.

Los que no han entendido la genuina acepción de la política creen, por eso, que política es el oficio de llegar como sea a gobernar, a representar, a mandar. Si para eso es preciso gastarse millones, regalar artefactos, vehículos, dinero en efectivo; costear miles de almuerzos, comprar medios a discreción, no hay problema, eso se soluciona con billetes. Si para obtener los millones deben hipotecar los dineros de las entidades que aspiran dirigir, comprometiendo sus presupuestos, sobrevalorando obras, constituyendo empresas mediante testaferros, solicitando los porcentajes coimeriles, no les importa, así es el negocio. Si para obtener los votos tienen que ofrecer puentes aparecidos mágicamente, trenes e hidroeléctricas inviables o balón de gas a 12 soles, -por citar apenas tres ejemplos de las decenas que existen-, no tienen remordimientos, engatusan a los electores con todas las argucias a su alcance porque para eso es el marketing publicitario.

Si llegado el momento deben pagar sus culpas, la cosa es simple: los jueces o fiscales forman parte del sistema, y en tal condición son traductores del idioma metálico que tiene como eslogan la frase alegórica ésa que dice que “la que brilla es la moneda”. Ésos son los mismos que se ensañan con el pájaro frutero, con el empleadito del sencillo, con el chorito de dos por medio, pero son unas madres de convento, unas frágiles damiselas, unos pétalos de rosa con el poderoso del dinero. Son los que mandan a la reja por tres años al pobre médico por mil soles que utilizó en su comisión de servicios y que no rindió cuenta oportunamente, pero que le ponen bienvenidas de alfombra roja con florecitas multicolores a los coimeros más rankeados que en fugaces operaciones financieras se birlan varios millones. Aquel no puede ver a sus niños, a su familia, es un apestado. Éstos últimos andan libres, son honorables y están listos para su siguiente aventura electoral.

Como toda regla tiene su excepción, debo destacar, para intentar ser justo, las excepciones. Son excepciones excepcionales, como podría haber dicho Cantinflas en alguna de sus películas. Hay, -y conozco, los he visto, he tratado con ellos- personas –militantes y no militantes- que actúan de buena fe, con sentido  de servicio, con criterio sano, con alma plena. Es decir, todavía quedan razones para seguir creyendo que la política puede llegar a adquirir –bella utopía- la significación que Platón le dio cuando en su obra “La República” destaca que lo que define a un político no es su función, sino sus cualidades. Uno puede ser presidente, congresista, alcalde, lo que quiera, pero lo único que delimitará su categoría de político -auténtico- es su esencia, su naturaleza, su carácter, su capacidad. O que la política pueda prosperar en la exhortación que Aristóteles hace en su obra “La Política” cuando dice que la legitimidad del poder está dada por la razón y la justicia. Ergo, no por la irracionalidad, ni por la injusticia. No por la inconsciencia, sino por la conciencia.

“¿Cómo hacer conciencia?” se preguntaba Haya de la Torre, más recientemente. Y el mismo se respondía: “con ciencia”. Hay que crear conciencia con ciencia. A los atributos natos del político hay que sumar ciencia. En un político moderno, “puro y sincero”, la filosofía de Platón debe converger con el método científico de Aristóteles; el ideal del primero, el maestro, debe encontrarse con el realismo del segundo, el discípulo. Los ideales son bellos, pero la realidad es el acicate cotidiano que los cubre de persistencia. Es más o menos lo que quiero trasmitir en esta breve reflexión.

¿Se dan cuenta ahora de la abisal distancia que hay entre la política y la politiquería?.

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3 Comentarios

  1. Despues de escribir esto, solo te quedan dos caminos: o te suicidas o estaras condenado de por vida a ser un perro miserable.
    ¿cómo se te ocurre hacer una descripcion tan detallada de tu maximo jefe, el ladron y delincuente García? Esto no le va a gustar nadita.
    La unica explicacion que encuentro es que ya renunciaste a esa banda de malhechores o es que estas realmente loco o demente.
    Creo que ni el mas antiaprista lo hubiera hecho mejor.
    Espero que puedas salir bien de todo este lio.

    • Jajajajajaja. Ese Benjita!!! Un abrazo a la distancia hermanito. Y no seas tan duro con Moisés; soy antiaprista crônico también, pero no puedo negar que de todos los que escriben en este periódico (y digo todos, incluidos Jaime y Coqui), es el que mejor lo hace, con una pulcritud gramatical y sintáctica que sorprende y agrada (por no decir que casi asusta jejeje).

      Saludos.

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