Plácido Mallo y la conectividad

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Entre los cinco sacerdotes agustinos que llegaron a Iquitos en 1901, se encontraba un joven sacerdote español de nombre Plácido Mallo, nacido en Lazado. En ocasión de los 100 años de presencia de la Orden Agustiniana en nuestra región, y por gentil invitación del Centro de Estudios Teológicos de la Amazonía (CETA) que dirige el P. Joaquín García me tocó presentar la biografía de este misionero y explorador de la amazonía peruana escrita por el P. Tomás Gonzáles Cuellas, OSA.

“El libro del P. Tomás, más que una biografía, meticulosamente documentada, cobra aires de historia más amplia que de la mera historia de una vida cuajada de admirables peripecias, alentadas tras el velo transparente de la humildad evangélica; de una vida misionera que a la vez explora y rescata rincones del mundo de la marginación, mundos todavía ocultos con sus pueblos prepotentes que se enorgullecen de haber alcanzado alturas de progreso y bienestar”, dice el prólogo del libro biográfico.

El P. Mallo ejerció su ministerio apostólico en Pebas, entre los Yaguas; fundó la Misión de Leticia, en la margen izquierda del río Amazonas, cuando ésta era una localidad fronteriza entre Perú y Brasil y no había sido cedida todavía a Colombia, y, posteriormente, fundó la Misión de Nazareth en el río Yavarí donde incluso levantó una Casa Misión. El P. Mallo cumplió así, con creces, una extraordinaria labor evangelizadora y patriótica que contribuyó a gestar lo que hoy llamamos la identidad loretana como componente cultural de un concepto más amplio que es la peruanidad.

Recuerdo que cuando presenté el libro, una noche de febrero de 2001, hice una exaltación de su tarea misional, pero puse el énfasis en su grandiosa y poco reconocida labor de explorador de la amazonía peruana. En  efecto, a la par de su tarea evangelizadora el P. Mallo se impuso la empresa de conocer la zona donde debía misionar, recorriéndola en jornadas extensas por la intrincada selva, o navegando en endebles canoas o en balsas hechas de troncos sujetadas por lianas. Así es como se constituyó en el primero en unir la distancia que separa el río Amazonas del río Putumayo.

Seis días después de caminar la maraña boscosa desde Pebas en el río Ampiyacu, en su desembocadura en el Amazonas, llegó a una inmensa llanura -actualmente parte de la Zona Reservada Yaguas- que la andó en varias horas de caminata hasta que se encontró con las aguas del río Yaguas al que le navega aguas abajo, llegando a su desembocadura en el Putumayo tras una travesía de dos meses. En el trayecto, emulando sin proponérselo a varios exploradores, iba tomando notas, esbozando dibujos y trazando esquemas que fueron utilizados como valiosos insumos para trazar el mapa del río Yaguas, desconocido hasta entonces por la geografía oficial del Perú.

Traigo a colación esta rápida remembranza para confirmar que en la  historia de la amazonía, siempre estuvo presente la aspiración de integrarla, de conectar sus cuencas entre sí, de reducir sus distancias, por parte de quienes la pueblan ancestral o contemporáneamente, y también por los que llegaron aquí y avizoraron que una infraestructura de conectividad es vital para cuidarla. En tiempos antiguos esa infraestructura fue primordial: trochas y caminos que se hallan por doquier en el territorio de Loreto y que se usan desde cuando estuvieron aquí las primeras poblaciones, una sacarita que une las curvas sinuosas del río para ahorrar tiempo, o un manguaré que transmite mensajes saltando la espesura y la distancia de la selva.

En tiempos modernos esa infraestructura es básica: carreteras respetuosas del medio ambiente, puentes armonizados en su diseño con la naturaleza; hidrovías que economicen tiempo y costos, puertos y terminales para fortalecer el intercambio comercial que es lo que mueve al mundo, energía renovable y segura que transforme y añada valor a la producción de bienes y servicios, sistemas de transmisión de datos que nos pongan a la misma velocidad que exige la competitividad.

No sé por qué, para algunos, se torna difícil entender esto. Tengo la certidumbre que si el P. Plácido Mallo reviviera desde sus venerables huesos que nunca fueron encontrados, pensaría lo mismo que yo.

 

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