Papi

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Papi

Beto Ortiz
bortiz@peru21.com

LLAMADA Me llamo Humberto, como mi padre, pero nunca he usado su nombre. Nunca he firmado nada como Humberto. Si alguien grita Humberto en la  calle, no volteo. Humberto es èl, no yo. Tampoco lo he llamado Humberto como si fuera un amigo del barrio y no mi padre.

Siempre le dije papá. Nunca le dije papi. Mi mamá se refería a él como “tu papi” pero, aunque lo intenté muchas veces, nunca me salió llamarlo así. Nunca me han llamado papá porque no lo soy y, a estas alturas, es poco probable que lo sea. El hombre que amo, sin embargo, siempre me dijo papi. No me dirán que no es enternecedor. El hombre que amo es padre. Quiero a mi padre, desde luego, pero el hombre que amo no es mi padre. El hombre que amo es más mi hijo que mi padre. El hombre que amo es más mi hermano que mi padre. Un poco hijo, un poco hermano, un poco amante. Yo no tengo hermanos ni hijos. Y muy pronto, tampoco tendré padres. Seré otro miembro más de esa tribu secreta que va por el mundo aullando, como un rebaño de perros, de animales domésticos en repentina libertad. El hombre que amo no tiene papi. Perdió a su padre siendo muy niño y es quizás por eso que siempre me dijo papi. El hombre que amo es padre, pero no sé si sus hijos lo llaman papi o papá. El hombre que amo es padre, y sus hijos, por obvias razones, no son míos. No sé parir y, si pudiera aprender, creo que no querría. Aunque siempre me queda el premio consuelo de que los hijos del hombre que amo me llamen tío. Pero yo no puedo ser tío de nadie. Ni del hijo del primo ni del hijo del vecino. Estoy un poco cansado de ser el eterno padrino. El payino de niños ignotos que solo veré para sus santos y para Navidad. Me llamo Humberto y no tengo raíz, ni semilla, ni retoño, ni lirio, ni media naranja. No tengo a mi incomparable compañero; en consecuencia, no tengo perro que me ladre. Mi dinastía es de a uno. Soy el último eslabón de mi cadena. Mi fortuna reside en que nadie se disputará ninguna fortuna de mi testamento. Nadie se arranchará, a dentelladas, mis restos. Esa sí que es una simple bendición. Tengo la fe del agapanto que resiste humildemente en el agüita del florero. Tengo la certeza de que mi apasionante historia se acaba conmigo.

Para mi papá, el de hoy será, sin duda, el último día del padre. No la estoy haciendo trágica, es verdad. Conozco muy bien el rostro de ese mal que ensombrece mi casa desde hace veinte años y tengo muy claro que ha llegado a la recta final. Conozco muy bien el rostro cenizo de la muerte cuando asoma. Reconozco, a lo lejos, su música tristísima de fiesta patronal. Mi papá ya ha perdido la vista, la ilusión, las ganas, el equilibrio, la fuerza, la razón. Permanece tendido y aguarda la llegada de los que no vendrán. No me resigno al desenlace indigno. Me duele su pavorosa soledad. No me resigno, pero tampoco me rebelo. No me aferro, no me flagelo, no me abrazo a su pierna, no opongo resistencia, no lo fuerzo a quedarse contra su voluntad. Cuando sienta que debe irse, caballero ilustre, tenga usted por seguro que, con la discreción y elegancia que lo caracterizan, sin aspavientos, lo dejaremos ir entre flores amarillas. No estoy seguro de que morirse sea del todo malo, como no estoy seguro de que nacer sea, siempre, bueno. El hecho de que puedas reproducirte no significa necesariamente que debas hacerlo. A ver, ¿en nombre de qué extravagante ilusión de larga vida tienen hijos ustedes?, ¿de que pretencioso complejo de eternidad? ¿Tienen hijos por tener una réplica de ustedes mismos o por el puro miedo a quedarse solos del todo? Confiesen. ¿Tienen hijos para tener quién los cuide cuando envejezcan? Qué crueldad. Tengo una noticia de último minuto: todos ustedes están más solos que Dios. Tengo una noticia negra y definitiva: todos ustedes se están muriendo. Mi padre es mi único padre, yo soy su único hijo y seré su único huérfano. Mi madre murió hace cuatro años, mi padre se está muriendo y yo no necesito un análisis para saber de qué me voy a morir. ¿Y eso es malo o bueno? Simplemente es. Y hay que dejar que así fluya y así sea. El padre de mi madre murió el 14 de febrero de 1968. Catorce días más tarde nací yo. Nací en medio de un duelo, de trajes negros, de un océano de pena. No solo yo, todos lloraban cuando nací. El padre de mi madre era escritor y periodista, tenía la frente muy amplia, los lentes muy gruesos y el sentido del humor muy negro. A ese viejo yo lo quiero como si lo hubiera conocido, estoy seguro de que hubiera leído todo lo que yo escribo así como yo he leído todo lo que él ha escrito. No se hubiera perdido jamás mi noticiero. Tengo una foto suya, de joven, bastón y sombrero, en mi comedor. Una hermosa foto sepia que mandó como premio un señor aijino al que le gustó algo mío que leyó. Dicen las primas más viejas que el abuelo Max y yo caminamos exactamente igual, que nos reímos tan parecido que casi da miedo. Ah, las familias unidas. ¿Se sienten ustedes a salvo con su familión? La madre de mi madre tuvo diez hijos. La madre de mi padre tuvo nueve. Pero cuando mi madre y mi padre enfermaron, el bullicioso y reilón ejército de sus hermanos brilló, durante décadas, por su ausencia. Las excusas parten el alma: Es que no quisimos verlos así, no tuvimos el valor, sabrás perdonarnos, es que queríamos recordarlos hermosos y felices como antes eran. Oh, las familias felices. Cuando la enfermedad entre por tu puerta, tus hermanos saldrán corriendo por todas tus ventanas.

¿Estaré más solo yo que no tengo hermanos? Lo dudo. Ninguno de los ejemplares hermanitos de mi padre lo ha visitado más de una vez al año. Algunos de ellos no lo han vuelto a ver en seis o siete. Ninguno ha pasado una sola noche en vela para cuidarlo. Ninguno se ha sentado a darle de comer en la boca. Ninguno lo ha bañado, ninguno lo ha vestido, ninguno sabe los nombres de las pastillas que toma, ninguno le ha llevado un talco de regalo, ninguno le ha cambiado el pañal. A ninguno le importa que ese hombre se pase las noches y los días insomnes gritando sus nombres: ¡Bertha, Esperanza, Antonieta!, ¡Salomón, Salomón, Salomón! Y como quiera que estamos enfrentados en una estúpida y misérrima batalla legal por ellos iniciada (y que no tiene sentido detallar), pasarán los meses y los años mientras las apelaciones van de corte en corte y de aquí hasta el Tribunal Constitucional, y mucho me temo que la próxima vez que nos veamos las caras será en su funeral. Seguro que irán para expiar sus culpas y darse golpes de pecho. Desde ya les solicito la mínima delicadeza de no acercárseme ni a 100 metros, por el amor de Dios. Cuando mi madre murió, la dimensión absurda del dolor me impidió llorar. Recibí cientos de abrazos de pésame, impávido, impasible, sin derramar una sola lágrima. Estuve esperando callado la boca. Veinticuatro horas más tarde, cuando llegó el hombre que amo, cuando volvió de viaje el hombre que es papá, que no tiene padre y que quizá por eso me llamaba papi, yo estallé en sus brazos como un niño pequeño, indefenso, inconsolable. Voy a necesitarlo para llorar el día en que mi padre muera. Y probablemente también en todos los demás días de mi vida. ¿Acaso no somos todos, al final, unos niños perdidos buscando a sus padres en la oscuridad? (Tomado de peru21.com)

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1 Comentario

  1. Simplemente excelente.
    Si la muerte es el final, no lo se. Lo que si estoy totalmente segura es que es un principio.

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